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    El Silencio de Dios

    Nuestra Fe | Osiris Núñez, msc.   El silencio de Dios
    Muchas veces cuando vemos alguna película sobre la pasión y muerte de Jesús, nos horrorizamos ante el sufrimiento y agonía de él en dichas películas. Ahora bien, debemos de preguntarnos, no a base de películas, sino a partir de nuestra propia interiorización de la pasión y muerte de Jesús, como la fue la muerte de él. ¿Cómo Jesús vive su martirio? ¿Qué experimenta al ver el fracaso de su proyecto del reino de Dios, al ver el abandono de sus discípulos y el ambiente hostil a su entorno? ¿Cuál es su reacción ante tan horrorosa muerte?
    La escena encoge el alma. Vemos a Jesús en medio de las sombras de la noche, adentrándose en el huerto de los Olivos y poco a poco va entristeciéndose, angustiándose, se aparta de sus discípulo como era su costumbre, busca el silencio, la paz; y el evangelio nos dice que cayó de rodillas. Y en esta soledad, eleva a su Padre esta oración: “Abba, Padre, todo te es posible: aleja de mi este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mc 14,36).
    Nos podemos preguntar ¿De dónde brota esa angustia de Jesús? Lo que le amarga es tener que morir pronto y de una manera atroz. La vida es el don por excelencia de Dios, y para Jesús, como para cualquier judío, la muerte era la mayor desgracia, pues con ella se destruye todo lo bueno que hay en la vida y se pasa a la existencia sombría del Sheol (lugar en donde iban los muertos, y en donde se perdía la memoria de su existencia). Pero lo más doloroso para Jesús, es tener que morir sin ver realizado su proyecto. Toda su vida la ha dedicado a anunciar e implantar el reino de Dios en el mundo, y ahora le toca morir, y la muerte horrorosa de la cruz. Va a morir como un fracasado.
    Y ante su muerte, ¿Quién se va a ocupar de continuar su proyecto? ¿Quién va a acoger a los pobres, pecadores, a los que sufren? La insensibilidad y el abandono de sus discípulos lo han sumergido en la soledad y tristeza. El comportamiento de los discípulos dejar ver el fracaso. Jesús que dedicó toda su vida a formar un pequeño grupo para que continuara su obra, ahora los ve partir, dejándolo solo; todo su proyecto se viene abajo. Y si ellos se han ido ¿Quién los va a reunir? ¿Quiénes van a vivir al servicio del reino de Dios?
    Su soledad es total. Su sufrimiento y sus gritos no son escuchados por nadie, Dios no le responde, su Padre no ha escuchado su clamor de seguir viviendo, y sus discípulos andan buscando su propia seguridad. Las personas de la ciudad de Jerusalén lo ignoran, pues hay afán en preparar los detalles de la cena pascual. Quizás algunos se paraban a observar por curiosidad, o para burlarse, despreciarlo y quizás algún comentario de lástima. Desde la cruz, solo percibe rechazo y hostilidad.
    Ya en la cruz, hay dos cosas que resaltar: la primera es el grito angustiado, quejándose del abandono de Dios: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Se siente totalmente abandonado en la cruz. Nadie, incluso su Padre, no está con él. Muere en soledad total. Condenado por las autoridades, el pueblo al que amó sin medidas no le ha defendido, sus discípulos huyeron, solo escucha burlas y desprecio; el Padre, a quien le suplicó en el huerto, no ha venido en su ayuda, sino que lo ha abandonado a una muerte infame. Jesús se queja de su silencio: ¿Dónde está? ¿Por qué hace silencio? ¿Por qué lo abandona en el momento que más lo necesita?
    La segundo que hay que resaltar es que a pesar del abandono y la angustia en la cruz, Jesús sigue confiando plenamente en su Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Nada ni nadie lo han separado de él. Al final de su vida, Jesús se entrega confiado a su Padre que ha guardado silencio ante su sufrimiento. Ahora todo está en las manos de él.