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    La unidad de la Asamblea


    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc  
    La unidad de la asamblea litúrgica
      
    «El pueblo de Dios, que se congrega para la Misa, lleva en sí una coherente y jerárquica ordenación, que se expresa en la diversidad de ministerios y de acción, mientras se desarrollan las diversas partes de la celebración… Todo esto, que debe también constituir una unidad íntima y coherente, a través de la cual se vea con claridad la unidad de todo el pueblo santo» (OGMR 294).

    Amables lectores, iniciamos el nuevo año y desde la liturgia y la Palabra de Dios, estamos invitados a vivir el misterio de Cristo a lo largo de todo este 2015. A la vez, les animo a continuar dirigiendo nuestra mirada a la asamblea litúrgica, como ya habíamos iniciado el mes anterior. Esta vez les propongo centrarnos en la unidad de la asamblea celebrante.
    El Misal (n.294) afirma que la asamblea congregada para la Eucaristía debe constituir una unidad íntima y coherente. Al hablar del canto de entrada también afirma: “El fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido e introducirles en el misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta y acompañar la procesión del sacerdote y los ministros” (n.47).
    Desde esa perspectiva nos hará bien volver sobre cómo entendemos y cómo asumimos la asamblea litúrgica. Puede resultarnos muy útil lo que el profesor Romano Guardini en El espíritu de la liturgia escribió hace unos años:
    «La liturgia no parte del yo, sino del nosotros, salvo en los casos en que el individuo, como unidad humana, figure necesariamente en el primer plano de la acción, como por ejemplo, en ciertas decisiones personales o en determinadas oraciones que pronuncia el obispo, el sacerdote, etc.
    No es el individuo el sujeto de la liturgia, sino la comunidad, la masa de los creyentes. Lo que constituye la comunidad no es la suma numérica de los congregados en el tiempo y en el espacio, dentro de un recinto o santuario, como tampoco una determinada comunidad, dentro de un convento.
    La colectividad de que aquí se trata rebasa los términos de un espacio confinado y abarca en su radio de acción a todos los creyentes del mundo; e, igualmente, desborda los límites del tiempo, pues la comunidad orante, en peregrinación por este mundo visible, está unida con estrechos vínculos a la comunidad triunfante de la gloria, para la que el tiempo no existe.
    Pero el yo de la liturgia, el sujeto que actúa en la oración litúrgica, no es tampoco la escueta totalidad de seres hermanados en la misma fe: lo será sí, la totalidad de los creyentes, pero sólo en cuanto constituyen unidad orgánica, que, en cuanto tal, es independiente de la multitud de individuos que la integran: el sujeto, el yo, de esa comunidad es, en una palabra, la Iglesia.
    Los creyentes, para formar esa gran colectividad orgánica, tienen que estar vinculados, unidos entre sí por un principio real de vida que les sea común. Ese principio es la realidad viviente de Jesucristo. Su vida es nuestra vida; estamos injertados en Él; vivimos incorporados a su misma vida; somos miembros de su mismo cuerpo, el Corpus Christi Mysticum (cfr. Rom 12,4ss; 1Cor 12,4ss; Ef 1,4; Col 1,15ss).
    Un mismo principio, poderoso y real, informa toda esta gran unidad viviente, incorporando los seres individuales, haciéndoles participantes de una misma vida común y manteniéndolos dentro de ella, que es el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo. Cada creyente, individualmente considerado, es una célula animada de esta unidad vital, un miembro de este cuerpo.
    En la vida litúrgica el individuo no se sitúa ante Dios como un ser aislado, independiente, sino como un elemento, un factor constitutivo de esa gran unidad de que venimos hablando. Quien se dirige a Dios es la unidad, la colectividad: el creyente no hace más que prestar su cooperación, y por eso se le exige que se dé perfecta cuenta de su calidad de miembro integrante, y por lo tanto, de su responsabilidad». ADH786.

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