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    El mensaje y el mensajero

    Las razones del corazón | Manuel Soler Palá, msscc



    El mensaje y el mensajero  
    Los periódicos no sólo informan, sino que opinan sutilmente en el mero hecho de titular la noticia. La televisión no sólo informa, también opina solapadamente a través de la mueca del locutor. Las emisoras de radio opinan también según el tono y el horario reservado a la noticia. Opinan, por supuesto, las revistas cuando ilustran la noticia con precisas imágenes. Y cuando la colocan en el apartado de sociedad, curiosidades, farándula, etc.
    Tiene mucho que ver en todo este proceso la orientación política y económica de los dueños de cada medio, sus intereses, y el de los consumidores habituales. Por lo demás, factores como la proximidad de la noticia, su actualidad, su espectacularidad, su morbosidad, etc., influyen de manera decisiva. Lo confirman los manuales a propósito de cómo gestionar la información.

    Los códigos de la comunicación
    La Buena Noticia no puede escamotear este proceso alegando que se sitúa en otro plano. En primer lugar, porque los evangelizadores son —quiéranlo o no— materia noticiable. Y de nada sirve su alegato de que no les interesa la atención pública, que sólo pretenden ser hombres de Dios. Viven en la sociedad y ésta tiene unas leyes que ya están inventadas. A ellos se les trata con los criterios generales aplicables a la prensa escrita o hablada.
    De lo cual derivan resultados más bien negativos para la causa de la fe. Las iglesias y sus ministros aparecen por los motivos que más interesan al público, el cual suele cebarse en lo menos edificante que llevan a cabo los protagonistas religiosos.
    Prestos a evitar ambigüedades, a difundir la buena noticia y armados con las mejores intenciones, de pronto unos creyentes piensan dar con la solución. Van a crear sus propios medios de difusión, a los que darán un toque de unción y un amplio contenido evangélico. Se acabaron los condicionamientos y las limitaciones.
    Pero olvidan que los medios de comunicación exigen un lenguaje peculiar, un lenguaje periodístico, adaptado a cada medio. Y, aun cuando se consiga, los oyentes tenderán a cambiar el dial, la revista o el periódico, pues el mismo hecho de que ostente un determinado sello religioso ya impulsa a considerar su contenido como mera propaganda. Lo cual resta credibilidad a la noticia. De antemano, en la misma raíz, el hecho noticioso recibe una ráfaga de minusvaloración en pleno rostro.
    Interesan los hechos, mucho más que el sesgo que le dan las emisoras religiosas. Los   creyentes que convencen por su autenticidad son noticiables. Y las cámaras van tras ellos. En cambio, los acontecimientos que se fuerzan para engrosar los noticieros religiosos suelen tener mucho menos eco. Siempre albergan la duda de si se trata de un producto genuino o si se ofrece un gato vestido de liebre…
    La Iglesia debe reconsiderar su lenguaje. Cierto ropaje, determinadas vestimentas, tanto en el templo como en la calle… ¿ayudan a la sensibilidad moderna a captar la fibra última de la buena nueva? ¿No obedecen más bien a tradiciones, ideologías o tomas de postura cuyo nexo con el evangelio resulta débil y lejano, cuando no contradictorio?
    ¿Cómo juzgar determinadas expresiones, gestos y planteamientos que se desprenden de muchos predicadores en el púlpito? El hombre de hoy es especialmente sensible a ciertos tics de tufo clerical que rechaza visceralmente.

    Encontrar los registros adecuados
    ¿Han encontrado los obispos el lenguaje adecuado para transmitir sus mensajes a través de cartas pastorales u otros documentos? Ellos lamentan que frecuentemente son manipulados por los medios de comunicación, pero no caen en la cuenta de que quizás dan pie a ello cuando usan y abusan de términos abstractos, decimonónicos e impenetrables para el ciudadano medio.
    Algunos grandes pastores del pasado reciente de América Latina supieron inyectar credibilidad a su lenguaje, que por lo demás, ya andaba respaldado por la vida. Lo que decían no sonaba a hueco, se escuchaba con atención. Sabían qué decir y cómo decirlo al hombre de hoy. La emisora o el periódico confesional no siempre ayuda. En ocasiones obstaculiza los buenos propósitos.
    Hay que felicitarse porque ahora mismo en la sede de Pedro hay un Papa que habla el mismo lenguaje que la gente a la cual se dirige. No es un hecho común. La comunicación del Papa Francisco tiene un tono de cercanía y de autenticidad que bien podrían imitar otros pastores.  Claro que no es sólo cuestión de palabras, sino que ello tiene que ver con el trasfondo de la propia vida. El comunicador del evangelio tiene que superar prejuicios, huir de frases hueras y de afirmaciones tópicas, pues que todo ello lastra profundamente los sermones, homilías o conferencias que ofrecen al público. 
    Numerosos pastores dirigen el dedo acaloradamente hacia la cultura viciada de nuestra sociedad y le achacan haber perdido el norte, olvidar los valores cristianos. De muy escasa ayuda resultará seguir increpando a sus responsables. Sería más positivo pasar de una actitud polémica y defensiva —tal vez impulsada por el temor— a una postura de diálogo sincero. Una postura que ha ido dejando muchos jirones por el camino.
    Comunicar equivale a expresar, a difundir, a amar. Efectivamente, en la relación amorosa son suficientes pequeños detalles —la mirada, la sonrisa, la caricia— para decirlo todo. El amor es la cumbre de la comunicación. Pues toda comunicación sincera y honesta es un acto de amor porque es un acto de solidaridad social, de transmisión de la verdad (o de una verdad, o de mi verdad, para ser más cautelosos). Es un acto de amor, a menos que la comunicación resulte secretamente impulsada por el afán de dominar, dictaminar y avasallar.
    A la hora de tomar la palabra, la pluma o el teclado, hoy día, un cristiano no puede permitirse el lujo de ignorar los códigos culturales en los que se desenvuelve. Debe acudir a la semántica que sus congéneres entienden. Para ello, es necesario que se sumerja en la cultura y sensibilidad de nuestro tiempo. Que logre ser hombre o mujer de su momento histórico y no le falte la habilidad para comunicarse con sus semejantes. Adquirir el lenguaje de los grandes medios de comunicación le será dado por añadidura, fluirá por sí mismo. No será sino una técnica de fácil aprendizaje. ADH 818

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