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    Juventud: ¿divino tesoro?

    Las razones del corazón | Manuel Soler Pal  á, msscc


    Juventud: ¿divino tesoro?  
    Diría el espectador poco avisado, o quizás crédulo, que la juventud es un paraje sembrado de flores y amenizado con música de violines. Una etapa radiante y feliz. Diría por supuesto el mencionado espectador que todo el mundo desea habitar en esta zona templada, llena de frescura y vigor, donde normalmente las enfermedades, todavía no han puesto pie.
    Diría todo eso y mucho más al observar cómo la industria se rinde a los pies de los jóvenes —ellos y ellas— a la hora de ofrecerles vestidos, diversiones, música y cosméticos. Multinacionales de gran envergadura mantienen la mirilla puesta en la juventud. Quieren ganársela al precio que sea. No ahorran esfuerzos para tal fin.
    Se da por sentado que es deseable gozar del talle ágil y esbelto de la juventud. De ahí que unos se impongan la obligación de mantenerlo y otros la de recuperarlo. Despierta envidia la elasticidad muscular de la época moza. Quienes han ido añadiendo años a su biografía parecen sentir nostalgia del rostro terso y lozano que, casi sin percibirlo, se metamorfoseó en una piel rugosa y áspera.

    Una etapa primaveral
    Al llegar la primera juventud quedan atrás los pensamientos mágicos de la infancia y el individuo todavía no siente la menor necesidad de hacer cálculos a propósito de su propia caducidad. En esta situación de privilegio —se piensa comúnmente— sólo existe el presente, el aquí y el ahora. Un espacio limpio de premoniciones y purificado de memorias desagradables.
    Hacia los años sesenta la sociedad occidental erigió a la juventud en punto de referencia en su afán de vivir en plenitud, de experimentar y saborear todo aquello que pudiera embriagar los sentidos. La mocedad se asociaba a una explosión de sentimientos gozosos, afectos desbordantes y de alegre porvenir.
    Luego la decisión se ha ido consolidando. Juventud, belleza, un cuerpo escultural: he aquí el acervo que se dice corresponde a la etapa joven y que los medios de comunicación y el mundo del espectáculo exprimen hasta la última gota en todas las variantes posibles.
    Sin embargo, podría darse que, al colocar en la peana a la juventud y sus valores, no se hayan verificado a fondo los datos. Porque esta etapa de la vida carga el peso enorme de la angustia, de la incertidumbre ante la futura profesión, de la ignorancia respecto a la futura —buena o mala— inserción en la sociedad. Los jóvenes se preguntan con temor si alcanzarán las expectativas que han ido alimentando.
    Por estas y otras causas ellos son frecuentes protagonistas de trastornos psicológicos. Se comprende que abunden en su expediente los conflictos de carácter, de personalidad y de ambientación. Resulta que el joven está construyendo lo que va a ser y vivir el día de mañana. Es presumible, pues, que las inseguridades, las frustraciones, las angustias y depresiones hagan su aparición una y otra vez.

    Los desafíos de la juventud
    A la larga lista de déficit en el haber de la juventud hay que añadir las dificultades para encontrar trabajo en los últimos lustros. También el notabilísimo incremento de la anorexia y la bulimia que han configurado un fenómeno social contemporáneo cada vez más precoz.
    Luego hay que contar con las explosiones de agresividad en forma de violencia colegial, familiar o callejera. En ocasiones las cotas se exasperan hasta la irracionalidad y hacen de los niños unos reales asesinos. Al respecto, echar un vistazo a algunos dramas ocurridos en Estados Unidos con niños como protagonistas.
    Todavía hay más lacras que inciden en la adolescencia y juventud de nuestro hoy. Preciso es señalar el creciente absentismo y fobia a la escuela, así como los comunes, conflictos familiares. Por cierto, numerosas son las familias desestructuradas que viven tales dramas.
    En algún momento un notable número de adolescentes han contaminado su pensamiento con la tentativa del suicidio. Las toxicomanías, el tabaquismo, las adicciones cibernéticas, el creciente consumo de alcohol, cada vez a edades más tempranas, hablan con elocuencia de las penas y tribulaciones que acechan al joven.
    Para redondear el asunto no está de más recurrir a las reflexiones de Ortega y Gasset. Estaba de acuerdo en hacerles objeto de su mirada, pero no le interesaba escuchar lo que decían. Su silueta, su agilidad y lozanía le alegraba la pupila. Pero no hallaba motivo para prestarles atención. Todavía los jóvenes no han pensado ni han experimentado. En todo caso no han tenido tiempo para realizar una síntesis. Sus discursos no suelen pasar del balbuceo ni ir más allá de la mera impresión.
    Miremos a los jóvenes con agrado, decía el pensador, pero obviemos escucharlos. Claro   que esta opinión es válida si la persona va meramente a la búsqueda de ofrecer un alimento para su intelecto o su sentido estético. Porque tampoco hay que negarse a la escucha en caso de que se les quiera tender una mano. Sea dicho sin tono paternalista.
    Y no deja de tener su lado positivo escuchar la voz del joven. Así el adulto no se distancia excesivamente de la realidad que, indudablemente, tiene también rasgos juveniles. ADH 817.

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