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    Este fuego que viene

    Apuntes Misioneros | Pedro Ruquoy, cicm 


    "Este fuego que viene" 

    En Bélgica y en casi todos los países de Europa, el verano fue marcado por un calor y una sequía indescriptibles. En varias partes del hemisferio norte, gigantescos incendios sembraron la desolación y la muerte. A pesar de todos los medios sofisticados puestos a su disposición, los cuerpos de bomberos y otros agentes de la protección civil se sintieron muchas veces impotentes frente a la amplitud de las catástrofes. En la memoria de muchos, el año 2018 quedará grabado como un año de fuego. A mitad de octubre, el nivel del mercurio en el termómetro estaba todavía muy alto cuando me tocó volver a estas tierras africanas después de unos seis meses de cuidados médicos y convalecencia en mi país. En Zambia, la temporada de las lluvias no había empezado, hacía más de ocho meses que una gota de lluvia no había caído y el calor estaba aún más sofocante que en Bélgica. Desde el aeropuerto de Lusaka (la capital de Zambia) hasta Mulungushi Agro, tomamos una pista que nos permitía evitar de cruzar las ciudades de Lusaka y de Kabwe. A lo largo del camino, El paisaje era tan árido que yo tenía la impresión de haber aterrizado en la luna.

    Después de cuatro horas de viaje, llegamos al centro de las “Flores de Sol” donde yo fui acogido con miles de gritos, canciones y bailes. Me costó integrarme de nuevo en esta realidad y, varias veces pensé que mis fuerzas me iban a fallar y que yo tendría que regresar definitivamente a mi tierra natal.

    Un día, alrededor del mediodía, yo estaba conversando con mamá Chantale, responsable de nuestras muchachas cuando, de repente, vimos una columna de fuego subir hacia el cielo detrás del comedor y oímos una corredera de gente movida por el terror. Con la velocidad de un relámpago, nos movimos hacia la cocina que ya se había transformado en una bola de fuego amenazante: Ya el techo del dormitorio vecino estaba en llamas y pensé que, en unos pocos minutos, todo nuestro centro se transformaría en un montón de cenizas. Pero era no contar con otro fuego: él de la solidaridad, de la fraternidad y del amor. En cuestión de segundos, todos los habitantes del orfanato se movilizaron: los pequeños, los grandes, las mujeres, los hombres… Hasta el pequeño Lastón de 3 años de edad se puso a cargar agua para apaciguar las llamas… me quedé paralizado frente al espectáculo trágico, pero también sorprendido por la cadena de fraternidad que los miembros de nuestra gran familia formaron de manera muy efectiva para parar el incendio e impedir la destrucción de nuestro hogar; el fuego de la solidaridad se mostró muy fogoso y nos empujó a establecer planes para construir juntos nuevos edificios en el transcurso del mismo mes.

    Este momento intenso me hizo pensar en un libro que me había motivado a salir de mi país para experimentar de cerca la fuerza y el calor del fuego latinoamericano. Este libro titulado “Este fuego que viene de América Latina” fue escrito en 1974 por Joseph Bouchaud, miembro de la Congregación de los Hijos de la Caridad. Tuve la oportunidad de encontrar a ese gran misionero en Iztapalapa, un barrio marginado de la gran ciudad de México. El acababa de formar una comunidad de jóvenes religiosos que se preparaban a vivir el Evangelio con los más pobres de América Latina. El estaba convencido de que los principales sujetos de la evangelización son los empobrecidos de la tierra y que para ser tocado por el fuego del Evangelio había que vivir con los de abajo y compartir todo con ellos.

    ¡El Fuego del Amor! Lo sentí de una manera muy especial el sábado 3 de noviembre pasado. Aquel día, me tocó bendecir el matrimonio de Patson y Paxina en una parroquia de la periferia de Lusaka.  Hacía más o menos diez años, yo había acogido a Patson en nuestra casa de Mulungushi Agro. Además de ser huérfano de padre y madre, él había perdido todos sus tíos y tías; esto significa que él me consideraba como su padre y que él veía a los niños y jóvenes de nuestro centro como sus verdaderos hermanos. Después del liceo, Patson había emprendido estudios de enfermería que él había con brío lo que le aseguró un buen trabajo en un hospital no muy lejos de Lusaka.

    Para la boda, una delegación de “Las Flores de Sol” me acompañaba. Fue algo muy especial de ser a la vez el padre del novio y el celebrante de la misa de matrimonio. Después de la fiesta, Patson y Paxina se montaron en la guagüita del orfanato y pasaron su luna de miel en nuestra casa. El fuego del amor soplaba con toda su fuerza. Después de una semana, la nueva pareja dejó nuestra familia para empezar su nueva vida. Unas horas después de su salida, yo pregunté a Junior: “¡Los dos están muy felices! Cuando la gente está feliz la muerte no tendría que existir… ¿Por qué debemos morir?” Y Junior me respondió sencillamente: “¡para dejar espacio a otros con el fin de que tengan también la misma experiencia de felicidad!”

    Esta respuesta me hizo pensar de nuevo en el Padre José Bouchaud quien escribió el poema siguiente en 1992 (él falleció en 2017 a la edad de 95 años). ADH 829

    Yo quisiera morir como un viejo roble que se cae por el suelo
    con el fin de dejar abierto el cielo a otros hermanos árboles que crecen a su lado.
     Quisiera morir como una flor del ramillete
    que sigue regando su perfume aun cuando su vida ha sido cortada
    Quisiera morir como un corredor del estadio
    arrojándose en la línea, con la esperanza de la victoria.
    Quisiera morir como un barco en el mar
    que se funde en el horizonte de un viaje infinito.
    Quisiera morir como cae un pétalo de una flor
    para que nazca la fruta y vivan las semillas.
    Quisiera morir, luego estallar de felicidad, cerquita de Dios.”

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