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    Espiritualidad del Corazón, según nuestro fundador

    Espiritualidad del Corazón | P. Marcos Plante, msc 


    Espiritualidad del Corazón, según nuestro fundador
    Un día, me preguntaron cuál era el carisma de mi Congregación MSC y dije simplemente que consistía a ir allí dónde el Sagrado Corazón nos mandaba. Poco satisfecho de mi respuesta, busqué informarme y encontré este documento del Padre Hackman MSC, especialista de Cor Novum: el carisma del Fundador Julio Chevalier acentúa tres elementos: Una pasión; una visión y una misión.
    1° Una pasión que nace con su gran deseo de difundir el Reino de Dios.
    2° Una visión que le descubre, en la devoción al Corazón de Jesús, la gran misericordia de Dios para con la humanidad.
    3° Una misión que lo impulsa a repeler los males de los tiempos modernos.
    Tomando una a una estas tres características, se esclarece cuál es el carisma del Fundador de la Familia Chevalier en vista a la espiritualidad del Corazón. En realidad, la espiritualidad del Corazón se deja encauzar en este camino abierto por el carisma del Fundador.

    Un deseo ardiente
    La base de toda espiritualidad conlleva un deseo vivo de difundir el Reino de Dios. Sin este deseo profundo nuestra tarea misionera se opaca en una simple filantropía por el mundo. En su primer discurso, Jesús proclamaba: Ya se cumplió el plazo señalado; el Reino de Dios está cerca; crean en esa Buena Nueva. (Mc 1,15) Conocemos bien el ideal del Reino de Dios: un reino de justicia; un reino de amor incondicional; un reino de compasión; un reino de paz verdadera. Una paz que vence todas las violencias y trae consigo el perdón.
    En las Escrituras, se anuncia una tierra nueva y un cielo nuevo. Ya desde el Antiguo Testamento: Isaías lo anunciaba: “Miren, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva los cuales durarán para siempre” (Is 65,17; 66,22); luego en el Nuevo Testamento, Pedro advierte: “Nosotros esperamos el cielo nuevo y la tierra nueva que Dios ha prometido, en los cuales todo será justo y bueno”  (2 P,3,13); y al concluir en Apocalipsis 21,1: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, y también el mar” (símbolo del caos primitivo de Gn 1,1-2). Esta tierra nueva que facilita el cielo nuevo constituye nuestra tarea como creyentes.
    El Padre Chevalier denunciaba en su tiempo los males que impedían este mundo nuevo. En estos tiempos modernos vemos, más allá de la indiferencia que mencionaba el Fundador, la violencia con sus guerras, la injusticia que soporta una gran parte de la humanidad y las corrupciones a todo nivel. El gran deseo consiste en propagar el mandato del Mesías divino: El Reino de Dios requiere que la voluntad de Dios despunte en todas las almas; y esa voluntad de Dios es el remedio a todos los males.

    El descubrimiento de la misericordia de Dios
    En la espiritualidad del Corazón se promueve la misericordia. El Padre Fundador se sintió iluminado, cuando seminarista, durante un retiro sobre el Corazón de Jesús, al descubrir en la devoción al Sagrado Corazón cómo Jesús ama entrañablemente a los pecadores al punto de dar su vida para salvarlos. Leyendo en la primera carta de Juan 4,8-11: “Todo el que ama conoce a Dios, pues, Dios es Amor”. Y sigue explicando Juan: “Dios mostró su amor hacia nosotros al enviar a su Hijo único al mundo para que tengamos vida por él. Y el amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo, para que, ofreciéndose en sacrificio, nuestros pecados sean perdonados. Queridos hermanos, si Dios nos ha amado así, nosotros también debemos amarnos unos a otros”. Estas palabras llenaron el corazón del fundador Julio Chevalier y siguió profundizando en el Amor divino que promueve un mundo nuevo. Un amor incondicional que es perdón, misericordia y compasión hacia todo lo humano.
    Esa misericordia, en efecto, se manifestaba en compasión frente a las desgracias de la humanidad. Así, en el evangelio, lo vemos expulsando a los demonios (Mc 1,23-28); sanando a los enfermos (1,32-34); perdonando a los pecadores (Jn 8, 1-11); y enseñando el Reino de Dios con parábolas (Mt 13,1-50).
    Una parábola especial muestra la insondable misericordia del Padre Dios: (Lc 15, 11-31): Un Padre que da plena libertad a sus hijos, hasta repartirles su herencia estando aun en vida. El menor de sus hijos malgasta esa herencia en una vida disoluta en vicios. Pero, estando en desgracia, este decide volver donde su padre quien lo reconoce desde lejos y se echa a su cuello, escuchando a penas la disculpa del desgraciado. Aun más, el Padre le devuelve sus derechos de hijo simbolizados en las sandalias ajustadas a sus pies y en el anillo que le pasa al dedo. No quiere la vuelta de un esclavo sino la conversión de un hijo a su casa. El Padre Chevalier vio en este gesto del Padre la acción misericordiosa de Dios hacia los pecadores. Es lo que le mundo necesita descubrir también.

    La misión de enfrentar los males de los tiempos
    Es la misión que nos incumbe. ¿Cuáles son los males que tenemos que reprimir en estos tiempos turbios? Dense cuenta de que la lucha no se emprende contra los pecadores sino contra los pecados, las injusticias, las violencias, las venganzas y las corrupciones.
    Entre les males de nuestros tiempos está, en primera urgencia, la injusticia entre dos mundos: el de los satisfechos y el de los excluidos del banquete de la vida.
    “Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en él, tengan vida, nos lleva a asumir desde la perspectiva del Reino de Dios las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos en bien del ser humano. El amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en todas sus dimensiones, requiere que socorramos las necesidades urgentes, al mismo tiempo que creamos estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para todos. Igualmente se requieren nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impida la prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales.” (DA 384)
    En otras palabras, la Iglesia “no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (DCE 28).
    Al nivelar toda esta misión a nuestra humilde aportación, se presenta la vida diaria de nuestros entornos que nos ofrece la ocasión de remediar a estos males. Cualquier obra de atención a las personas de nuestro pueblo es un grato comienzo y la esperanza de nuestros pobres. Place recordar las obras emprendidas por los compañeros de la Familia Chevalier en beneficio de los necesitados, pues, por allí hay que empezar a dar testimonio del Corazón de Dios. Por allí se esboza la espiritualidad del Corazón. ADH 835.

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