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    domingo, 14 de junio de 2020

    Valor del mes: Eucaristía

    Valor del Mes | P. Juan Tomás García, msc

     


    Valor del mes: Eucaristía

    Lema: Reconocieron a Jesús al partir el pan (Lc 24, 31)


    ¡Ay, ay, ay!, “Se fue el año”, ya estamos en junio, sexto mes de 2020. Este mes promovemos el valor de la Eucaristía. La Eucaristía es el momento eclesial que más nos reúne en la vida de la Iglesia Católica. Y en estos últimos meses, aunque impedidos de celebrar en comunidad reunida en los templos, hemos seguido animando las celebraciones desde las diferentes redes sociales y otros medios. Abramos nosotros corazones y dispongámonos a tratar el sacramento de la Eucaristía como un valor a redescubrir y retomar con más fuerza cada día. Celebrando la Eucaristía estamos viviendo la presencia de Jesús resucitado, quien no abandona a su pueblo, sino que lo alimenta íntegramente para que pueda perseverar en su seguimiento, afrontando las realidades terrenas, llenos de fe y esperanza.

    Aunque la Eucaristía sea definida conceptualmente como el centro vital que condensa, expresa y realiza todo lo que es la comunidad cristiana, existe el peligro de desvirtuarla, cuando los cristianos falseamos o deformamos su significado y la vaciamos de su contenido, hiriendo de raíz la vida entera de la Iglesia. Ponemos en peligro la Eucaristía cuando hacemos de ella una "evasión cultual", una huida de la vida real, una justificación y una garantía de nuestra salvación individual. Cuando la celebramos produciendo "una ruptura entre el sacramento del altar y el sacramento de la vida y del hermano".

     

    Signo de comunión

    La comunión con Cristo se transforma en misión fraterna en comunidad. Comulgar en la más estricta intimidad con Cristo sin desear y procurar comulgar con los hermanos; sin hacer nada para que se reparta el pan a los hambrientos y la ayuda y el consuelo a los que sufren; sin revisar y dejar que el Señor transforme nuestros egoísmos individualistas, nuestras cegueras culpables, nuestras apatías ante situaciones intolerables; sin alzarnos en favor de la justicia, de la paz y del amor para todos -empezando por los que más vulnerables-; sin tratar, día a día, de acabar con las divisiones, los abusos y los engaños...: todo eso "causa más daño que provecho...eso ya no es comer la Cena del Señor" (cf. 1 Cor 11, 17-34).        

    La eucaristía se puede convertir fácilmente en un "refugio religioso" que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes. El riesgo siempre es el mismo: comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.

    La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis ha de ser una experiencia de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad. No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año, el Evangelio de Jesús, sin reaccionar ante sus llamadasNo podemos pedir al Padre "el pan nuestro de cada día" sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

     

    Sacramento de amor

    El sacramento de la Eucaristía es el más valorado y deseado en nuestra Iglesia Católica, pero no estamos seguros de que lo vivamos como Jesús nos lo pidió. Posiblemente hayamos olvidado lo esencial, que es hacer presente en nosotros todo lo que significó Jesús con su vida de total entrega a los demás. “Asistimos” a misa porque está mandado y para no cometer un pecado mortal. Sin darnos cuenta que el verdadero pecado es “asistir” a misa sin que eso cambie en nada nuestra actitud vital.

    Cuando Jesús propone el mandamiento nuevo, está hablando de las consecuencias que debería tener en nuestra vida, el amor (ágape) del Padre. El fin último de la celebración de una eucaristía, es hacer presente con los signos, este ágape que nos fundiría con Dios y nos abriría a los demás, hasta sentirlos fundidos en Dios también.

    Es muy importante que tomemos conciencia clara de que el signo no es el pan, a secas, sino el pan partido y repartido, preparado para ser comido. El hecho de partir el pan forma parte de la esencia del signo. Jesús se hace presente en ese gesto. Si comprendiéramos bien esto, se evitarían todos los malentendidos sobre la presencia real de Jesús en la eucaristía. El pan consagrado hace siempre referencia a una fracción del pan, es decir, a una celebración eucarística. Sin esa referencia no tiene entidad ninguna. Lo mismo en la copa. El signo no es el vino, sino el vino bebido, es decir, compartido. “Reconocieron a Jesús al partir el pan” (Lc 24, 31).

     

    Hagamos memoria de Jesús

    Al narrar la última Cena de Jesús con sus discípulos (Eucaristía), las primeras generaciones cristianas recordaban el deseo expresado de manera solemne por su Maestro: «Hagan esto en memoria mía». Así lo recogen el evangelista Lucas y Pablo, el evangelizador de los gentiles.

    Desde su origen, la Cena del Señor ha sido celebrada por los cristianos para hacer memoria de Jesús, actualizar su presencia viva en medio de nosotros y alimentar nuestra fe en él, en su mensaje y en su vida entregada por nosotros hasta la muerte.

    Escuchando el Evangelio hacemos memoria de Jesús, su vida y su mensaje. Los evangelios han sido escritos, precisamente, para guardar el recuerdo de Jesús alimentando así la fe y el seguimiento de sus discípulos. Del relato evangélico aprendemos la manera de ser y de actuar de Jesús, que ha de inspirar y modelar nuestra vida. Por eso, lo hemos de escuchar en actitud de discípulos que quieren aprender a pensar, sentir, amar y vivir como él.


    ·       Hacemos memoria de la Cena: La memoria de la Cena: "Esto es mi cuerpo”: me entrego por ustedes. “Esta es mi sangre”: derramada por ustedes. Así me recordarán siempre. Los he amado hasta el extremo. Véanme en estos trozos de pan entregándome por ustedes hasta la muerte... Éste es el cáliz de mi sangre. La he derramado para el perdón de sus pecados. Así me recordarán siempre. Los he amado hasta el extremo.

    ·       Respuesta de fe: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús". Nos sentimos salvados por Cristo nuestro Señor. Antes de comulgar, pronunciamos la oración que nos enseñó Jesús. El respeto absoluto a Dios, la venida de su reino de justicia y el cumplimiento de su voluntad de Padre. Pan para todos, perdón y misericordia, superación de la tentación y liberación de todo mal.

    ·       La comunión con Jesús. Nos acercamos como pobres, con las manos tendidas; tomamos el Pan de la vida; comulgamos haciendo un acto de fe; acogemos en silencio a Jesús en nuestro corazón y en nuestra vida: "Señor, quiero comulgar contigo, seguir tus pasos, vivir animado con tu Espíritu y colaborar en tu proyecto de hacer un mundo más humano".


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