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    sábado, 29 de agosto de 2020

    «Americanización» selectiva: a propósito de Black Lives Matter

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella, sj

     


    «Americanización» selectiva: a propósito de Black Lives Matter

     

    Los dominicanos tienen una especial veneración por los Estados Unidos. Claro está, no por los Estados Unidos reales, de gran diversidad, grotesca opulencia y odiosas exclusiones, sino por una imagen de ese país que encaje con la propia ideología y confesadas expectativas.

     

    No hay que ser un observador fino para constatar que no son iguales los Estados Unidos en la mente de uno de los jóvenes de nuestros barrios populares, que en la de un egresado de uno de los colegios bilingües donde se educan de modo excluyente nuestras élites. Mientras un joven migrante pobre dominicano quizá sueñe con recorrer las calles del Bronx y ataviarse al estilo afroamericano popular, un miembro de la nueva generación de las élites dominicanas estará pujando por inscribirse en una universidad exclusiva de la Ivy League en espera de que llegue el invierno para ir a esquiar a la exclusiva zona turística de Vail, Colorado. La migración a Estados Unidos no necesariamente une a los dominicanos como miembros de una única diáspora, sino que puede profundizar la división de clase y racial que se vive en la isla. Los detalles de esta división pueden ser bien odiosos; evitémoslos, para entrar en materia.

     

    Con la migración a Estados Unidos se producen dos conductas opuestas con relación al tema racial. El encuentro con otros esquemas clasificatorios de las personas por su aspecto y origen sirve como detonante. Al viajar a este «país de blancos», la mayoría de los dominicanos, independientemente de su clase social, descubren que esos «blancos» no los consideran como uno de los suyos. Los propios esquemas caen por suelo. Entonces se producen dos reacciones fundamentales. Una parte de los migrantes, la más reflexiva, comienza un proceso de reconciliación con sus orígenes africanos y puede llegar a convertir este proceso de redefinición identitaria en el eje de un nuevo proyecto de vida. La otra parte, en contraste, se resistirá de manera visceral a ser considerado como un negro y se aferrará a otra clasificación usada en Estados Unidos: la de «latino» o la de «hispano».

     

    Lógicamente, estas dos reacciones básicas se posicionarán de modo diferente con respecto al racismo dominicano, que es en buena medida antihaitiano. El primer grupo emprenderá una cruzada antirracista, desmontando los lugares comunes de la historia dominicana, especialmente en lo que se refiere a las relaciones con Haití. El segundo grupo repetirá los mismos lugares comunes de la historiografía hispanófila, pero cargando de más agresividad sus palabras y retomando algunos de los lugares comunes del «American Dream», por ejemplo, el éxito individual a través del trabajo. La identidad dominicana imaginada, esa que ellos mismos ya no viven en su condición de migrantes, se refuerza con algunos trazos gruesos para que los blancos no los confundan con los negros norteamericanos.

     

    La reacción ante el movimiento social producido por la muerte violenta de George Floyd el 25 de mayo pasado, en manos de la policía estadounidense, viene a confirmar la peculiaridad de la comprensión del racismo dominicano. Por un lado, las cantantes populares Amara la Negra y Cardi B se pronunciaron en la primera dirección antes señalada. A principios de junio, Amara la Negra declaró en diversos medios que el racismo no era exclusivo de los Estados Unidos, afirmando: «Soy dominicana, pero primero soy negra y defiendo mi raza». Incluso llegó a afirmar en una entrevista en CNN que dentro de la misma comunidad latina hay racismo contra los negros. Por su parte, la presencia de Cardi B en las redes causó más revuelo porque se entendió que defendía la fusión del Estado haitiano con el Estado dominicano. En su Instagram publicó la foto de una protesta contra el asesinato de Floyd en el Alto Manhattan, en la cual aparecían personas portando la bandera dominicana junto a la haitiana. Las reacciones en su contra fueron tan virulentas que la intérprete de música urbana declaró indignada a mitad de junio que nunca volvería a pisar suelo dominicano, de lo cual luego se retractó. Como parte de sus argumentos dijo: «Ustedes [los dominicanos que la denostaron] no entienden lo que está pasando en los Estados Unidos». Previamente había dicho en sus redes sociales: «Ustedes están locos. Ustedes son estúpidos. Yo puse esa foto porque es un símbolo de paz, porque no es un secreto que los haitianos y los dominicanos no se llevan muy bien y, claro, yo me sé la historia, yo me sé mi historia. Pero eso es un símbolo de paz».

     

    Las críticas dirigidas a Amara la Negra se organizaron en torno a un argumento: el racismo que se vive en los Estados Unidos no existe en República Dominicana. Incluso un articulista de opinión escribió largamente dando una cátedra de historia social dominicana. Sobre la base de este argumento se dice que insistir en que existe racismo en Dominicana es no conocer su realidad. Las críticas dirigidas contra Cardi B fueron más duras. Se la trató de desconocedora de la historia dominicana y de una traidora de la soberanía y la identidad dominicana. La frase acusatoria era: «Ella quiere unir los dos países». El fantasma de la fusión se volvió a esgrimir en el debate. Si se revisa la prensa, se podrá constatar que el mismo enfrentamiento, con los mismos lugares comunes, pero con la policía dominicana de por medio, se produjo con ocasión de la actividad «Una flor para George Floyd», organizada por el movimiento Reconoci.do el 9 de junio en el parque Independencia. Nuevamente, Ana María Belique y otros activistas sociales han recibido amenazas de muerte por grupos ultranacionalistas sin que las autoridades dominicanas tomen medidas al respecto.

     

    Por otra parte, algunos de los dominicanos residentes en Estados Unidos reenviaron videos a través de WhatsApp mostrando la manera diferenciada en que se protestaba en los barrios clasificados como negros y en los barrios dominicanos del área de Nueva York. Igualmente, se enviaron videos mostrando cómo algunas bodegas habían sido asaltadas en medio de las protestas a favor de Floyd. Los comentarios de estos videos se referían a una especie de comportamiento primitivo propio de los negros e impropio de los dominicanos. En esta narrativa de las redes sociales, los dominicanos eran caracterizados como laboriosos, emprendedores y económicamente triunfantes, es decir, como los «blancos» exitosos.

     

    Como puede verse, el fenómeno de protesta en torno a la muerte de George Floyd, capitalizado por el movimiento Black Lives Matter, no transformó la comprensión del racismo dominicano. Antes bien, confirmó a las posiciones enfrentadas en sus creencias y razonamientos. La tarea queda pendiente. ¿Por dónde comenzar?

     

    Los académicos dominicanos de la diáspora están ayudando a transformar esta situación a través de la reescritura de la historia dominicana y el estudio de los cambios culturales de la dominicanidad en el extranjero. Su posición se acerca a la primera de las descritas anteriormente, es decir, a aquella que apuesta por una convivencia universal entre la diversidad de sujetos que componen las sociedades modernas. Nombres a destacar son: Silvio Torres-Saillant, Ginetta Candelario, Anthony Stevens-Acevedo, April Mayes, Lorgia García Peña, Milagros Ricourt, Edward Paulino, Lissette Acosta Corniel y Elissa Líster. A estos intelectuales no se les puede descalificar reactivamente, diciendo que no conocen la historia dominicana. Entienden que la paz social dominicana vendrá de un tratamiento diferente con Haití y con el reconocimiento más decidido del componente africano en la sociedad dominicana.  Esta nueva comprensión de la historia y la cultura dominicanas en el siglo XXI constituye un recurso clave para aminorar el peculiar racismo dominicano, eje transversal de la violencia estructural dominicana. ADH 847

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