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    lunes, 31 de agosto de 2020

    Valor de la Palabra

    Valor del mes | P. Juan Tomás García, msc


    Valor de la Palabra

    “Sólo tú tienes palabra de vida eterna” (Jn 6, 68)

    El Mes de la Biblia 2020, lo vivimos de manera muy especial. Casi seis meses después de iniciarse entre nosotros la epidemia del coronavirus, nos encontramos sumidos en una profunda crisis sanitaria y económica que desestabiliza todas las áreas de la vida, en algunos lugares agravadas, por el paso de fenómenos como tormentas y huracanes que aportan inundaciones de agua y destrozos con los vientos. Las personas se nos acercan buscando consuelo, haciéndonos preguntas, hurgando las causas de lo que está pasando en el mundo. La vida no va bien, las personas se nos están muriendo de manera inesperada y no podemos ni siquiera darle una digna sepultura en familia, ni en comunidad.  Ante esta gigantesca crisis generalizada, ¿cuál nuestra reacción cristiana? ¿Seguimos creyendo, abandonamos nuestro seguimiento de Jesús, sucumbimos ante tantos problemas? ¿Dónde buscamos sostén para no derrumbarnos?

    Ojalá nuestras vidas se vuelvan hacia la Palabra de Dios, hacia los evangelios. El “mes de la Biblia”, es una invitación a valorarla y promoverla, personal y comunitariamente. El evangelio de Juan ha conservado el recuerdo de una fuerte crisis entre los seguidores de Jesús. No tenemos apenas datos. Solo se nos dice que a los discípulos les resulta duro su modo de hablar. Probablemente les parece excesiva la adhesión que reclama de ellos. En un determinado momento, “muchos discípulos suyos se echaron atrás”. Ya no andaban con él.

    Es entonces cuando Jesús pregunta a sus Apóstoles, en medio de su crisis, y a nosotros dentro de la nuestra. ¿También ustedes quieren abandonarme? (Juan 6, 67) “Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, algunos de ustedes no creen” (Jn 6, 63). Las palabras de Jesús parecen duras, pero transmiten vida, hacen vivir pues contienen Espíritu de Dios. Así que Pedro pronuncia su acertada confesión de fe: “Señor, ¿a quién iremos?, tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Su actitud puede todavía hoy ayudar a quienes con fe vacilante se plantean prescindir de toda fe. No tiene sentido abandonar a Jesús de cualquier manera, sin haber encontrado un maestro mejor y más convincente: Si no seguimos a Jesús, si no escuchamos y obedecemos su Palabra, nos quedaríamos sin esa grandiosa experiencia. Pedro siente que las palabras de Jesús no son palabras vacías ni engañosas. Junto a él han descubierto, él y sus compañeros, la vida de otra manera. Su mensaje les ha abierto a la vida eterna. ¿Con qué podrían sustituir el Evangelio de Jesús? ¿Dónde podrán encontrar una Noticia mejor de Dios?

    Encontrarse con Dios y Promover su Palabra

    Por muy dolorosa que nos parezca, la crisis actual será positiva si los que nos formamos las comunidades cristianas, en la Iglesia, nos vamos convirtiendo en discípulos de Jesús, es decir, en hombres y mujeres que vivimos de sus palabras de vida. La palabra de Jesús es diferente. Nace de su propio ser, brota de su amor apasionado al Padre y a la humanidad. Es una palabra creíble, llena de vida y de verdad. Se entiende la reacción espontánea de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna».

    Muchos hombres y mujeres de hoy no han tenido nunca la suerte de escuchar con sencillez y de manera directa sus palabras. Su mensaje les ha llegado, muchas veces desfigurado y distorsionado por demasiadas doctrinas, fórmulas ideológicas y discursos poco evangélicos. Uno de los mayores servicios que podemos realizar en la Iglesia es poner la persona y el mensaje de Jesús al alcance de los hombres y mujeres de nuestros días. Ponerles en contacto con su persona. La gente no necesita escuchar nuestras palabras sino las suyas. Sólo ellas son «espíritu y vida». Es sorprendente ver que, cuando nos esforzamos por presentar a Jesús de manera viva, directa y auténtica, su mensaje resulta más actual que todos nuestros discursos.

    Leer la Biblia, palabras de vida eterna

    La Biblia puede ser leída desde perspectivas e intereses muy diferentes. El creyente, por su parte, busca en ella la Palabra de Dios, pues considera que, a través de sus páginas y de la historia que en ellas se recoge, el misterio de Dios se nos manifiesta de forma decisiva. Pero hay muchas maneras de leer la Biblia, y no siempre ayudan a escuchar la Palabra de Dios. Hay algunos que leen la Biblia desde una actitud fundamentalista y arcaizante. Piensan que el texto es claro y evidente. Basta, por tanto, interpretarlo al pie de la letra, sin tener en cuenta la distancia cultural que nos separa de los autores bíblicos y sin escuchar las aportaciones de la exégesis científica. Por este camino, es fácil llegar a interpretaciones que no tienen nada que ver con el sentido original del texto.

    Otros consideran que la Biblia es una especie de depósito de verdades de donde se puede extraer en cada momento lo que más conviene para probar una doctrina u otra. Esta manera de leer los textos, aislándolos de su propio contexto vital, puede llevar a deformar gravemente el mensaje que en realidad encierran. Hay también quienes leen la Biblia partiendo de la realidad de hoy para encontrar en el texto bíblico una luz orientadora. Este procedimiento es legítimo, pero tiene el riesgo de caer en la subjetividad para buscar en la Biblia las recetas que interesan.

    Como se puede ver, acercarse a la Biblia de forma correcta no es sencillo, pero, en cualquier caso, hay que tener en cuenta un principio que ha sido establecido de manera clara por el Concilio Vaticano II: «Dios habla en la Escritura por medio de seres humanos y en lenguaje humano; por tanto, el intérprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir y lo que Dios quería dar a conocer con dichas palabras.»

    No hemos de olvidar que Dios, habla siempre a través del lenguaje humano de Jeremías o Isaías, de san Marcos o san Lucas. Y, por tanto, lo primero que se ha de hacer es conocer bien lo que ellos han querido decir, acudiendo para ello a los procedimientos necesarios para entender su cultura, el contexto vital en que escribieron o los géneros literarios que emplean.

    Solo entonces podremos escuchar, encarnada en ese lenguaje humano, la Palabra de Dios que hemos de actualizar hoy para iluminar nuestra vida, orientar nuestra conducta o reafirmar nuestra esperanza. Para escuchar a Dios no bastan, sin embargo, los métodos exegéticos. Es necesario, además, abrirse a su Palabra con corazón limpio, fe humilde y una docilidad grande. Esa actitud de Simón Pedro ante Jesús: «Señor ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.» El que se deja transformar por el evangelio, comprende enseguida que toda su vida debe convertirse en palabra y anuncio de Jesucristo.

     

     

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