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    martes, 15 de septiembre de 2020

    La gran mayoría de los que blasfeman no creen en Dios

    Miradas cristianas | José Ignacio González Faus  

     


    "La gran mayoría de los que blasfeman no creen en Dios, no pretenden ofenderle"

     

    Por supuesto que existe un derecho a blasfemar. Con la única condición de asumir todas sus implicaciones. Veámoslas por pasos.

     

    1.- De ayer… La blasfemia ha cambiado de significado desde mi niñez. Antes era un arrebato de ira, rabia o desesperación que buscaba un desahogo. Una vez, a mis 14 años, cuando jugábamos a policías y ladrones en los Viveros de Valencia, detrás del escenario donde iba a esconderme, vi un letrero que decía: “la blasfemia se castiga con el despido”. Recuerdo que algo en mí se molestó: como si pensara que ya bastaba con que el blasfemo se fuese a confesar y le impusieran una penitencia. Pero en seguida reaccionó mi educación de entonces que me decía más o menos que aquello estaba muy bien porque había que defender el catolicismo. Todo pasó rápido porque había que buscar un buen escondite: pues la regla del juego era que después de contar hasta 50 los “polis” venían corriendo a buscarnos. 

     

    2.- A hoy: Hoy la blasfemia tiene otro sentido: la gran mayoría de quienes la profieren no creen en Dios y, por tanto, no pretenden ofenderle. Buscan más bien herir los sentimientos más íntimos de aquellos para quienes Dios es lo más sagrado de sus vidas.

     

    Y además, si alguien pretende ofender a Dios blasfemando ignora que eso en el más allá que llamamos cielo solo provoca una sonora carcajada por esa pretensión, ridícula y chulesca, de llegar hasta el más allá con una pobre palabra nuestra: ya he dicho otras veces que quien tira una piedra al cielo debería saber que la piedra no llegará hasta allí (y a lo mejor le cae a él en la cabeza). He ahí la razón de esa sonora carcajada celestial. Aunque, de todos modos, esa carcajada va acompañada por un rictus de pena: porque el que llamamos Padre nuestro piensa: ¡qué desfigurado está este pobre hijo mío!

     

    En cualquier caso lo decisivo es que, el que blasfema hoy, no pretende ofender a Dios sino herir los sentimientos más profundos de algunas gentes y “que se aguanten porque él tiene derecho a eso”.

     

    3.-Y a mañana. Pero claro, los derechos o son universales o no son derechos. Y eso significa que el otro tiene derecho también a herir tus sentimientos más grandes y mejores. Tiene, por tanto, derecho a decirte que tú eres un hijo de la gran puta y él se caga en tu puta madre, aunque seas el mismísimo sr. Macron. O si, por ejemplo, tu patria es para ti algo tan sagrado como puede ser Catalunya para los independentistas o España para los de Vox, él tiene pleno derecho a ensuciarte verbalmente esa patria. Y si tus mejores y más hondos sentimientos se dirigen a tu pareja, él tiene derecho a decirte que tu amor y tus hijas, si las tienes, son “izas, rabizas y colipoterras” (Cela dixit).

     

    No quiere esto decir que todos vayan a ejercitar ese derecho sino que tú has de saber que lo tienen, y que ahí está precisamente la gracia de los derechos humanos.

     

    En conclusión: el derecho a blasfemar vale tanto de la blasfemia religiosa como de la blasfemia laica. Más simple no puede ser…

     

    4.- Postdata inesperada. Por si fuera poco, en los días en que redacto estas líneas me encuentro con esta sentencia de Manuel Valls (el antiguo primer ministro francés), en una entrevista en Onda Cero: “El derecho a ofender es un derecho en nuestras sociedades democráticas”. Más claro agua: lo de la blasfemia es un derecho a ofender. No a ofender al cielo (que ya vimos que eso es imposible) sino a ofender en la tierra. Y está claro que lo verdaderamente ofensivo no es una crítica veraz sino un insulto como el de los ejemplos que antes he puesto.

     

    Pero aquí se complican las cosas: porque, al menos para un cristiano, el mandamiento decisivo es el de amar a todos los hombres. Parece pues que, para el señor Valls, un cristiano no puede ser demócrata, al menos con esta democracia nuestra. Quizá por eso nunca hubo en Francia partidos de democracia cristiana, como en Alemania y en Italia. Y mirando a España, lo que me sorprende más es que exista ese derecho a insultar en un país donde nuestros políticos tienen el derecho (¿?) a ser tratados de “su señoría”. Le preguntaría al señor Valls si ese otro derecho tan extraño no podría ser sustituido a veces por el de ser tratados de “su felonía”…

     

    Ante estas complicaciones, y sin ánimo de ofender, me temo monsieur Valls, que aquello lo dijo Usted en defensa de las famosas caricaturas de Mahoma publicadas por la revista Charlie Hebdo. Y si es así, tenemos ahí otra prueba de hasta qué punto nos vuelven ciegos los chovinismos: porque aquellas caricaturas fueron una bajeza moral indigna de un país que se considera civilizado. Aunque por supuesto, fuera mucho peor la brutal y bárbara respuesta terrorista, que vino a confirmar lo que otra vez llamé “la sinrazón de la razón”: demasiadas veces los humanos, cuando tenemos razón, la perdemos por el modo como usamos esa razón.

     

    Y si somos tan poco racionales ¿quién podrá aclarar razonablemente este derecho?...

     

     

     

     

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