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    lunes, 11 de enero de 2021

    Vocación y la fragilidad de la vida

    Vocacionales | P. Osiris Núñez, MSC



     

    La vocación y la fragilidad de la vida


    Cuando pensábamos que los avances alcanzados por la humanidad eran capaces de responder a todas las situaciones que se presentan en la vida del ser humano, se nos ha presentado una situación que ha desmontado la visión mesiánica de la ciencia y, sobre todo, nos ha hecho tomar conciencia, que ya estaba un poco olvidada, de la fragilidad de la vida.


    La pandemia del Covid-19 cambió tanto la dinámica de la vida humana, hasta la madre naturaleza recobró nuevas fuerzas ante la inactividad humana (pensemos como se limpiaron los canales de Venecia ante la ausencia humana, o ciudades que bajaron el índice de contaminación). Se nos ha obligado a un cambio de la dinámica de vida, un cambio obligado y que se va realizando en la improvisación, pues nadie tenía esto programado.


    El quehacer de la vida eclesial ha cambiado también, ahora debemos improvisar sobre la marcha. Por ejemplo, la pastoral vocacional que se basa en el acompañamiento y el encuentro continuo para compartir experiencias de fe y motivar el compromiso de hombres y mujeres de diferentes edades que son llamados por Dios a una misión concreta.


    Cuando evaluamos la pastoral vocacional, nos decíamos: “cuando nos sabíamos todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas”. Ahora diríamos: “cuando teníamos un esquema establecido, nos cambiaron el sistema”. ¿Como acompañamos a distancia? ¿Como presentamos los modos de vida cristianos en la virtualidad? Son situaciones nuevas que nos ha creado la pandemia.


    El compromiso cristiano se asume en la acción, respondiendo a realidades muy concretas. ¿Cómo articulamos una propuesta desde la virtualidad que implique un compromiso en la realidad palpable de carne y hueso? Primero debemos superar el miedo personal que nos provoca la pandemia; identificar realidades en las que el Señor nos pide respuestas y acciones. El texto del leproso a quien Jesús toca sin miedo, puede ser una motivación:


    Cuando Jesús bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto se acercó un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres puedes limpiarme. El extendió la mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio” (Mt 8,1-3).


    Si el acompañamiento es a distancia, podríamos proponer un programa definido, donde el vocacionado reciba formación que le ayuden a profundizar sobre el compromiso cristiano y el modo de vida que desea asumir o que se le está presentando; pero también se debe exigir un compromiso concreto en la comunidad eclesial, de manera que la formación recibida desde la virtualidad-distancia, se materialice en compromisos reales dentro de su comunidad. La misma comunidad eclesial debe velar para que la persona manifieste en su compromiso el deseo de asumir el modo de vida cristiana a la que se siente llamado.


    No podemos permitir que la dinámica de la continuidad del ministerio de evangelización se vaya reduciendo a la virtualidad; obviamente vivimos una situación real de pandemia, pero el llamado que Dios hace a la persona sobrepasa y por mucho, el mundo de las interconexiones. Este tiempo de pandemia también es un tiempo en el que Dios nos llama a vencer nuestros miedos personales y comprometernos en el servicio a los demás, a pesar de los riesgos en el camino. El testimonio del P. Damian de Molakai, es un ejemplo de una persona llamada por Dios que fue capaz de sumergirse en una realidad contaminada por la enfermedad y darse por completo al servicio de los afectados, hasta morir a causa de la misma.


    El religioso o religiosa que es llamado por Dios, no es un médico por naturaleza, algunos se hacen en el camino, pero eso no implica que nos recluyamos en la comodidad de nuestros hogares para acompañar virtualmente a quienes pastoreamos. Dios nos pide un compromiso en el que nos sumerjamos en la realidad y así como Jesús, ser capaces de acompañar y dar a conocer el amor de Dios que se manifiesta a su pueblo a través de la presencia del llamado.


    Cuando pensábamos que los avances alcanzados por la humanidad eran capaces de responder a todas las situaciones que se presentan en la vida del ser humano, se nos ha presentado una situación que ha desmontado la visión mesiánica de la ciencia y, sobre todo, nos ha hecho tomar conciencia, que ya estaba un poco olvidada, de la fragilidad de la vida.


    La pandemia del Covid-19 cambió tanto la dinámica de la vida humana, hasta la madre naturaleza recobró nuevas fuerzas ante la inactividad humana (pensemos como se limpiaron los canales de Venecia ante la ausencia humana, o ciudades que bajaron el índice de contaminación). Se nos ha obligado a un cambio de la dinámica de vida, un cambio obligado y que se va realizando en la improvisación, pues nadie tenía esto programado.


    El quehacer de la vida eclesial ha cambiado también, ahora debemos improvisar sobre la marcha. Por ejemplo, la pastoral vocacional que se basa en el acompañamiento y el encuentro continuo para compartir experiencias de fe y motivar el compromiso de hombres y mujeres de diferentes edades que son llamados por Dios a una misión concreta.


    Cuando evaluamos la pastoral vocacional, nos decíamos: “cuando nos sabíamos todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas”. Ahora diríamos: “cuando teníamos un esquema establecido, nos cambiaron el sistema”. ¿Como acompañamos a distancia? ¿Como presentamos los modos de vida cristianos en la virtualidad? Son situaciones nuevas que nos ha creado la pandemia.


    El compromiso cristiano se asume en la acción, respondiendo a realidades muy concretas. ¿Cómo articulamos una propuesta desde la virtualidad que implique un compromiso en la realidad palpable de carne y hueso? Primero debemos superar el miedo personal que nos provoca la pandemia; identificar realidades en las que el Señor nos pide respuestas y acciones. El texto del leproso a quien Jesús toca sin miedo, puede ser una motivación: “Cuando Jesús bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto se acercó un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres puedes limpiarme. El extendió la mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio” (Mt 8,1-3).


    Si el acompañamiento es a distancia, podríamos proponer un programa definido, donde el vocacionado reciba formación que le ayuden a profundizar sobre el compromiso cristiano y el modo de vida que desea asumir o que se le está presentando; pero también se debe exigir un compromiso concreto en la comunidad eclesial, de manera que la formación recibida desde la virtualidad-distancia, se materialice en compromisos reales dentro de su comunidad. La misma comunidad eclesial debe velar para que la persona manifieste en su compromiso el deseo de asumir el modo de vida cristiana a la que se siente llamado.


    No podemos permitir que la dinámica de la continuidad del ministerio de evangelización se vaya reduciendo a la virtualidad; obviamente vivimos una situación real de pandemia, pero el llamado que Dios hace a la persona sobrepasa y por mucho, el mundo de las interconexiones. Este tiempo de pandemia también es un tiempo en el que Dios nos llama a vencer nuestros miedos personales y comprometernos en el servicio a los demás, a pesar de los riesgos en el camino. El testimonio del P. Damian de Molakai, es un ejemplo de una persona llamada por Dios que fue capaz de sumergirse en una realidad contaminada por la enfermedad y darse por completo al servicio de los afectados, hasta morir a causa de la misma.


    El religioso o religiosa que es llamado por Dios, no es un médico por naturaleza, algunos se hacen en el camino, pero eso no implica que nos recluyamos en la comodidad de nuestros hogares para acompañar virtualmente a quienes pastoreamos. Dios nos pide un compromiso en el que nos sumerjamos en la realidad y así como Jesús, ser capaces de acompañar y dar a conocer el amor de Dios que se manifiesta a su pueblo a través de la presencia del llamado. ADH 852



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