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    jueves, 25 de febrero de 2021

    La Oblación (F)


    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc

     



    Oblación (F)

     

    «… La Iglesia pretende que los fieles no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos…» (OGMR 79).

     

    Llegamos al final de este 2020, con lo que ha significado en todos los niveles. A la vez, iniciamos el Adviento y con él un nuevo Año Litúrgico, el Ciclo B. Seguimos nuestro recorrido por la Plegaria eucarística y su siguiente elemento que es la Oblación.

     

    El término “oblación”, “oblata” viene del latín “offerre”, de “ob-ferre” y significa llevar, presentar, donar, y “oblatus”, ofrecido. La oblación es el acto de ofrecer, y “oblata” u “oblatas”, los dones que se ofrecen en la Eucaristía.

     

    El Misal, siguiendo al Concilio, presenta la oblación en estos términos: «La Iglesia, especialmente la reunida aquí y ahora, ofrece en este memorial al Padre en el Espíritu Santo la víctima inmaculada. La Iglesia pretende que los fieles no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos, y que de día en día perfeccionen, con la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios lo sea todo en todos».[1]

     

    Nos invita a ver la oblación que Cristo hizo de su vida en la cruz, sobre la cual la comunidad eclesial hace su oblación memorial, de manera especial en la Plegaria eucarística, en cada Eucaristía del mismo sacrificio de Cristo y también de la oblación que somos invitados a hacer de nuestras vidas, quienes tomamos parte de la Eucaristía.

     

    En varias de las Plegarias eucarísticas podemos ver, con gran claridad, cómo la comunidad está llamada a hacer su propio ofrecimiento, no sólo del sacrificio de Cristo. La comunidad se solidariza y se hace contemporánea del sacrificio pascual de Cristo, auto-ofreciéndose por él y con él. Un claro ejemplo nos lo ofrecen las siguientes:

     

    -“que él (el Espíritu) nos transforme en ofrenda permanente” (III); - “seamos víctima viva para tu alabanza” (IV); - “acéptanos también a nosotros, Padre Santo, juntamente con la ofrenda de tu Hijo” (II de la Reconciliación); - “acéptanos a nosotros juntamente con él” (I de niños); - “él se ha puesto en nuestras manos para que te lo ofrezcamos como sacrificio nuestro y junto con él nos ofrezcamos a ti” (II de niños); - “te pedimos que nos recibas a nosotros con tu Hijo querido” (III de niños).

     

    Reflexionando estos elementos de esas plegarias, el P. Aldazábal considera: «Esta autoofrenda se enlaza con la invocación que se hará al Espíritu sobre la comunidad celebrante. La finalidad de la eucaristía va a ser precisamente ésta: que no sólo se transformen el pan y el vino en la realidad de Cristo, sino que toda la comunidad se transforme en su cuerpo, que vaya siendo su cuerpo único y lleno de vida y, por tanto, también ofrecido al Padre en continuada ofrenda “viva” y “permanente”. Y, por eso pedimos –sobre todo en el contexto del canon romano– a Dios que se digne aceptar esta ofrenda, de Cristo y nuestra».[2]

     

    Aquí radica una de las dimensiones más profundas de la Eucaristía, que Cristo, siendo el Oferente supremo, nos invita a unirnos a su Ofrenda. Y nosotros acogemos su invitación, ofreciéndole a él y ofreciéndonos nosotros mismos en él y con él. Este sacrificio de Cristo atrae a la Iglesia, que se ofrece y es ofrecida por Cristo al Padre.

     

    San Agustín nos ayuda a profundizar esta realidad, ya que él la entendió muy claramente: «Cristo se entregó una vez para que nosotros nos convirtiéramos en su cuerpo. Pero de esta entrega suya quiso que hiciéramos un sacramento cotidiano en el sacrificio de la Iglesia, que así por el hecho de ser cuerpo de Cristo cabeza, aprende a ofrecerse a sí misma en él, y así se realiza cada vez el mejor sacrificio, o sea, nosotros mismos, ciudad de Dios, cuando en nuestra oblación celebramos el sacramento del sacrificio».[3] ADH 851.



    [1] OGMR 79.

    [2] Aldazábal, José. Eucaristía. CPL Barcelona. 1999.  p. 249.

    [3] De Civ. Dei 10,6.

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