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    miércoles, 28 de abril de 2021

    La Declaración de los derechos


    Peregrinando a campo traviesa | Manuel Pablo Maza Miquel, SJ.





    La Declaración de los derechos
    del hombre y del ciudadano

     

    La Declaración fue objeto de largos debates, en parte debidos a la resistencia del clero a la aprobación de la completa libertad de pensamiento y culto (William Doyle, 1989: 118). La Declaración insistía en que “la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las desventuras públicas”. Los nobles pidieron que se incluyese también una “declaración de deberes” para que al pueblo llano no se le fueran a la cabeza estos derechos. Al parecer, los nobles no habían cometido excesos.

     

    McPhee ve en esta expresión “la esencia del liberalismo: la libertad consiste en poder hacer todo lo que no dañe a otro”. Solamente la ley iba limitar los derechos de libre expresión, asociación, religión y opinión. De un golpe, los franceses pasaban de ser súbditos de un rey, a ser ciudadanos, todos iguales ante la ley con las mismas obligaciones públicas. Según Doyle, la ley es la clave de la Declaración: nueve de sus diecisiete artículos la mencionan.

     

    Así moría la Francia absolutista, señorial y corporativa del siglo XVIII, pero no se decía nada de los franceses sin propiedad, los esclavos y las mujeres, ¿gozarían de “la igualdad política y legal? ¿Cómo se garantizaría “el ejercicio del propio talento a aquellos que carecían de educación o propiedades?”

     

    Algunas mujeres de la Francia de finales del XVIII denunciaban los abusos que padecían, McPhee recoge su testimonio: “Ya sea por razón o por necesidad, los hombres permiten que las mujeres compartan su trabajo, que cultiven el suelo, que aren los campos, que se hagan cargo del servicio postal; otras em­prender largos y arduos via­jes por motivos comerciales… Nos han dicho que se está hablando de liberar los negros; el pueblo, casi tan es­clavizado como ellos, está recuperando sus derechos… ¿Seguirán los hombres insistiendo en querer hacernos víctimas de su orgullo e in­justicia?” (en un Cuaderno de quejas de las mujeres de Caux, región al norte de París, primavera de 1789).

     

    Estos decretos de agosto de 1789 presumían de que en adelante todos los ciudadanos tendría los mismos derechos y estarían sometidos a las mismas leyes. Cualquier podía proseguir cualquier carrera o aspirar a cualquier cargo bastaba poseer el talento necesario (Ver, Peter McPhee, 2002:73 – 76).

     

    Manuel Pablo Maza Miquel, S.J./ mmaza@pucmm.edu.do

    El autor es Profesor Asociado de la PUCMM

     

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