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    jueves, 24 de junio de 2021

    Enderezar el árbol torcido


    Actualidad | María Emeterio Rondón

     




    Enderezar el árbol torcido

     

    El primer semestre del año 2021 está siendo, para República Dominicana, de un gran despertar y un estremecimiento tanto en el orden de la justicia como en el orden de las ejecutorias de incumbentes del presente gobierno. El despertar viene por el avivamiento del Poder judicial con señales que constituyen una alerta contra la depredación del erario público. Vemos a un Ministerio Público llegando a intocables: militares de rangos, y a civiles de gran prestancia económica del pasado gobierno. Muchos de los que hoy guardan prisión se beneficiaron de la impunidad durante varios períodos donde hubo una práctica sin vigilancia, un dejar hacer y dejar pasar acciones dolosas contra el patrimonio colectivo.

     

     

    En la historia de la Literatura dominicana, el escritor y periodista César Nicolás Penson incluye, en su obra narrativa “Cosas Añejas”, un episodio titulado La muerte del Padre Canales cuya intención moralizante nos sale al encuentro en diversos períodos de la sociedad dominicana. En el citado episodio Juan Rincón, personaje protagónico, había cometido varios crímenes e incluso el de una mujer que estaba embarazada, pero nunca recibió condena alguna. Finalmente mató al padre Canales, y fue ahí cuando se rebosó la copa.

     

     

    En la escena del juicio, varias veces se le preguntó a Rincón sobre quién había dado muerte al padre Canales, mas él repetía siempre lo mismo: la justicia dominicana, y argumentó su respuesta diciendo que, si cuando cometió el primer crimen lo hubieran castigado, no hubiera matado al padre Canales. Lo citado es un episodio de ficción que retrata lo que es hoy una dura realidad en República Dominicana donde, por no aplicar a su tiempo los correctivos que demandan las violaciones a las normas, se siguen cosechando los peores resultados y consecuencias. La responsabilidad de la justicia es mayor que la del individuo en falta, pues esta es quien recibe un mandato de la sociedad a la que se debe, y no puede justificar pasividad ni indiferencia en el cumplimiento de su deber.

     

     

    La idea central de la narrativa citada es hacer visible la impunidad, mal que se ha enraizando como un pecado original del que se desprenden otros males cuyos efectos son de similar gravedad. Uno de estos es que al crecer sin freno, la corrupción y la impunidad van creando zonas de poder y de complicidad habitual, y un ejército de lealtades y aduladores que estimulan a quienes se benefician de las inconductas. Tan convencidos están de que su práctica debe seguir hacia adelante, que cuando alguien le cuestiona, suelen verlo como un intruso al que hay que derribar, y así viven cómodos en su mundo delictual.

     

     

    Un segundo efecto de la impunidad y corrupción rampante es que estos sujetos se tornan en adictos compulsivos hacia lo ajeno, tanto así que ni mirando el fuego que calcina la casa de al lado, creen que la suya se quemará, y este es el estremecimiento que vive la sociedad dominicana en la actualidad. El presidente Luis Abinader ha hecho un llamado ético a su equipo de gobierno para que, sabiendo que no habrá impunidad, no incurran en actos de corrupción, pero el llamado no ha tenido gran resonancia. La mente ya torcida, movida por el “disfrute de las mieles del poder”, está impidiendo ver y leer el momento que vive el país, ya hastiado de tanta corrupción e impunidad.

     

     

    Ya son demasiado los funcionarios/as del presente gobierno que no han podido resistir la tentación de asaltar el erario público. Llueven por doquier los actos de corrupción y malversación de fondos en tan poco tiempo del presente gobierno. Y es que en su misma cara estampan la corruptela llegando a extremos, como en el caso de la Lotería Nacional, de ensayar la perversidad como si fuera una obra de teatro. De seguir esta tendencia, la corrupción del pasado gobierno se quedará muy corta, a menos que el presidente se llene de valor y acelere, sin temor, las destituciones de quienes sean señalados, hasta por el rumor público, como corruptos.

     

     

    Muchos funcionarios/as actuales no quieren verse en el espejo de aquellos. Quizá piensan que lo que está pasando es una película, que nada tiene que ver con ellos/as. No se quieren dar cuenta de que ha llegado el momento, ojalá que así sea, en que la naturalización del robo y la impunidad, como adición compulsiva para tomar lo que no es suyo, está llegando sino al final, al menos a buen inicio para ir enderezando el árbol torcido.

     

     

    Esta estructura gansteril a que hemos estado asistiendo aún tiene fuerza y apoyo. Es como un árbol torcido al que hay que enderezar, y si el presidente Abinader ha incentivado el repudio social hacia la corrupción, y a la vez confianza en la justicia, no debe mostrar debilidad, pues el respaldo social lo tiene. Que continúe el desmantelamiento de toda estructura corrupta, así como toda mentalidad proclive al robo. De cualquier modo para el pueblo dominicano, ansioso de cambios verdaderos, le conviene apegarse al pensamiento de Antonio Machado en el sentido de que “Tras el vivir y el soñar está lo que más importa: despertar”.

     


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