Vida Religiosa | Tiziana Campisi
El Papa: Los consagrados son
fuente de paz. Muchos permanecen donde retumban las armas
En la Misa de
la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, celebrada en la BasÃlica de San
Pedro, León XIV explica que la vida religiosa, «con su sereno desapego de todo
lo transitorio, enseña la inseparabilidad entre el más auténtico cuidado de las
realidades terrenas y la amorosa esperanza en las eternas».
Ser profetas y
dar testimonio, mediante la profesión de los consejos evangélicos y las obras
de caridad, de que Dios está presente en la historia como salvación para todos
los pueblos: a esto están llamados los consagrados en el mundo actual, donde la
fe y la vida se distancian cada vez más. Un icono de su misión en la Iglesia y
en el mundo es la escena evangélica de la presentación de Jesús en el Templo,
donde Ana y Simeón lo reconocen y lo proclaman como el MesÃas. En la Misa
de la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, celebrada esta tarde, 2 de
febrero, en la BasÃlica de San Pedro, León XIV los anima a ser, cada uno en su
contexto, fermento de paz y signo de esperanza.
La misa
comenzó en el atrio con el encendido y la bendición de las velas, sÃmbolo de
Cristo, «luz para la revelación de los gentiles», como lo definió el anciano,
«hombre justo y temeroso de Dios, que esperaba el consuelo de Israel», en el
antiguo Templo de Jerusalén con la oración transmitida como «Nunc
dimittis». Precediendo al rito introductorio de la celebración eucarÃstica,
se realizó una procesión con personas consagradas y concelebrantes de entre los
5.500 presentes en la basÃlica.
El ejemplo de los fundadores y fundadoras
Retomando la
primera lectura, tomada del profeta MalaquÃas, en su homilÃa, León exhorta a
los consagrados, "mediante el sacrificio" de su existencia,
arraigados en la oración y dispuestos a "consumirse en la caridad", a
convertirse en "braseros para el fuego del Fundidor y vasijas para la
lejÃa del Lavandero", para que Cristo, presente "aún hoy entre los
hombres, pueda fundir y purificar sus corazones con su amor, su gracia y su
misericordia".
El Papa
recuerda el ejemplo de fundadores y fundadoras de congregaciones, órdenes y
familias religiosas, quienes "con fe y valentÃa se han dejado transportar,
a partir de la Mesa EucarÃstica", de diversas maneras: "algunos al
silencio de los claustros, otros a los desafÃos del apostolado, otros a la
enseñanza en las escuelas, otros a la pobreza de las calles, otros a las
fatigas de la misión", volviendo siempre "con humildad y sabidurÃa,
al pie de la Cruz y ante el Sagrario, para ofrecerlo todo y encontrar en Dios
la fuente y la meta de cada una de sus acciones".
Mujeres y
hombres, continua el PontÃfice, que “con la fuerza de la gracia se han lanzado
incluso a empresas arriesgadas”, se han convertido en “presencia orante en
ambientes hostiles e indiferentes, mano generosa y hombro amigo” donde habÃa
“degradación” y “abandono”, “testigo de paz y reconciliación” en medio de
“escenas de guerra y odio, dispuestos incluso a sufrir las consecuencias de
actuar contracorriente que los convertÃa en ‘signo de contradicción’ en Cristo,
a veces hasta el martirio”.
Las comunidades religiosas reclaman la sacralidad de
la vida
Y León
recomienda que recojamos "el testimonio" de quienes han puesto en
práctica la Palabra de Dios, porque, como escribió Benedicto XVI en
la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini , "la interpretación de
la Sagrada Escritura quedarÃa incompleta si no escucháramos también a quienes
han vivido verdaderamente la Palabra de Dios".
Con la
profesión de los consejos evangélicos y con los múltiples servicios de caridad
que ofrecen, están llamados a testimoniar, en una sociedad donde fe y vida
parecen alejarse cada vez más una de la otra en nombre de una concepción falsa
y reductiva de la persona, que Dios está presente en la historia como salvación
para todos los pueblos.
Las personas
consagradas están llamadas, en la práctica, a dar testimonio que los jóvenes,
los ancianos, los pobres, los enfermos y los presos están en el corazón de Dios
y que cada uno de ellos es un santuario inviolable de su presencia, ante el
cual nos arrodillamos para encontrarlo, adorarlo y glorificarlo. Signo de todo
esto son los protectores del Evangelio que muchas comunidades religiosas
mantienen en los contextos más diversos y desafiantes, incluso en medio del
conflicto, afirma el Papa.
No se van, no
huyen, permanecen —despojados de todo— para ser un signo, más elocuente que mil
palabras, a la sacralidad inviolable de la vida en su desnuda esencialidad,
haciéndose eco, con su presencia —también allà donde resuenan las armas y donde
parecen prevalecer la prepotencia, el interés y la violencia— de las palabras
de Jesús: «CuÃdense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque […]
sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre
celestial» (Los movimientos del amor de Dios y del hombre.
En el
encuentro de Jesús con Ana y Simeón, explica el PontÃfice, surgen dos impulsos
de amor: el de Dios que viene a salvar a la humanidad y el de la humanidad que
espera su venida con fe vigilante. Jesús, presentado en el Templo por una
familia pobre, muestra a Dios que se ofrece a la humanidad con pleno respeto
por su libertad y compartiendo plenamente su pobreza, sin coacción alguna y con
el único poder desarmante de su generosidad desarmada. Por parte de la
humanidad, Ana y Simeón representan la culminación de la espera del pueblo de
Israel, la cumbre de una larga historia de salvación, marcada por luces y
sombras, fracasos y recuperaciones, pero impregnada por el deseo vital de
restablecer la plena comunión de la criatura con su Creador.
En el Templo
de Jerusalén, continúa el Santo Padre, “la Fuente de luz se ofrece como
lámpara al mundo y el Infinito se dona a lo finito, de manera tan humilde que
casi pasa desapercibido”, destaca el PontÃfice, quien, recordando las figuras
de Ana y Simeón, recuerda la invitación del Papa Francisco a las personas
consagradas, en la Carta que les dirigió en 2014, a despertar al mundo “porque
la nota caracterÃstica de la vida consagrada es la profecÃa”.
“La Iglesia
les pide que sean profetas; mensajeros y mensajeras que anuncian la presencia
del Señor y preparan su camino”
Ser levadura de paz y signo de esperanza
Finalmente,
León se detiene en la oración de Simeón, de la que podemos aprender a tener la
«mirada fija en los bienes futuros», para proyectarla hacia la eternidad.
La vida
religiosa, en efecto, con su sereno desapego de todo lo que sucede, enseña la
inseparabilidad entre el cuidado más auténtico por las realidades terrenas y la
esperanza amorosa en las eternas, elegidas ya en esta vida como fin último y
exclusivo, capaz de iluminar todo lo demás.
El Concilio
Vaticano II reitera que el “cumplimiento” de la Iglesia es la “gloria
celestial”, cuando todo el universo “encontrará su definitiva perfección en
Cristo”, especifica el PontÃfice, concluyendo que “esta profecÃa también está
confiada” a las personas consagradas, que siguiendo más de cerca a Cristo,
pueden “mostrar al mundo, en la libertad de quien ama y perdona sin medida, el
camino para superar los conflictos y sembrar la fraternidad”.


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