Reflexión | Alcedo A. Ramírez
Jornada
Mundial de Oración por los Enfermos
En el día de hoy, 11 de febrero, la Iglesia Universal
celebra una jornada completa a orar por los enfermos y discapacitados de todo
tipo, con lo cual se une a la espiritualidad cristiana de poner mucha atención
y cuidado a las personas aquejadas con problemas de salud, como ha sido la norma
desde que fue establecida por el mismo Jesucristo. León XIV ha establecido,
para esta ocasión, el lema de “La Compasión del Samaritano, Amor llevando el
dolor del Otro”, lo que resalta la belleza de la caridad y la dimensión social
de la compasión.
La compasión y la misericordia que aprendemos de Jesucristo
hacia el menesteroso y necesitado se ven realizadas en la práctica cuando nos
acercamos a dichas personas y les ofrecemos nuestra relación genuina y las
ayudas que podemos brindar, para contribuir a mejor sus vidas y existencia
problemáticas. No es una dadiva para salir del paso y calmar nuestras
conciencias, sino más bien la manifestación sincera de compromiso cristiano que
tenemos, como bautizados y miembros del Cuerpo de Cristo.
Aparte del sentimiento positivo del deber cumplido y la
ayuda prestada, este encuentro con los pobres, excluidos, enfermos y
necesitados constituye un verdadero regalo de Dios, la alegría de experimentar
la cercanía fraterna y la presencia efectiva en las vidas de otras personas a
quienes podemos socorrer y mejorar sus condiciones de vida, material y
espiritual. Esta circunstancia, por si misma, resulta suficiente para todos los
que se dedican a trabajar en las atenciones a los enfermos y a contribuir a que
sus cargas y penurias se mejoren.
Asimismo, a través de estas iniciativas, podemos hacer
realidad la vocación de una Misión Compartida en el cuidado de los enfermos.
Debemos integrar a otros en nuestro trabajo misionero en favor de los enfermos,
tales como amigos, familiares, relacionados y compañeros de Iglesia. De esta
manera podemos dar a la compasión una dimensión social y la realización de un
trabajo conjunto de la Iglesia, con la participación de sus fieles, laicos
comprometidos con el bienestar de sus prójimos. Así se convierte también en una
Acción Católica, que nos permite, a la misma vez, verificar la salud general de
la Sociedad.
Por otra parte, el Amor de Dios nos mueve a encontrarnos con
nosotros mismos y con los demás hermanos, para que juntos podamos emprender el
camino hacia el Reino de Dios. Servir al prójimo y amar a Dios en la realidad,
en la práctica, de hecho y en verdad. El amor fraterno viene a convertirse en
un remedio adecuado para sanar las heridas de la humanidad, producto de las
malas acciones de los hombres, y solución a muchos de los problemas
resultantes. Esta es una de las lecciones principales de la parábola del Buen
Samaritano.
El Amor Divino y la Misericordia de Dios son los factores
que nos conducen a entregar nuestras vidas y esfuerzos en favor de todos los
que sufren, enfermos, ancianos y afligidos. La vida que resulta de esta entrega
y compromiso cristiano es una oblación permanente al ideal humano de establecer
una Cultura de Amor en el mundo, preludio del Reino de Dios aquí en la tierra.
Pongámonos en acción y en marcha, hacia dicho objetivo,
orando a la Virgen de la Altagracia para que nos ayude en estas iniciativas de
atención a los enfermos, así como a todos los que cuidan de los enfermos,
trabajadores del sector salud, agentes de la Pastoral de Salud de la Iglesia, y
todos los que participan en esta Jornada Mundial del Enfermo. Amén, Ahora y
Siempre.


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