Actualidad | Alcedo A. Ramírez
León
XIV y los jóvenes
En el Jubileo de la Juventud, del pasado año, el Papa León
XIV enfocó de manera especial el tema de la importancia de la amistad en la
vida de los jóvenes, así como su impacto en la sociedad, en general, y en los
mismos actores, por sus efectos positivos. El planteamiento fundamental
consiste en que la amistad auténtica puede realmente cambiar el mundo, tal y
como Cristo Jesús hizo a sus discípulos amigos, no siervos, con lo que
revolucionó por completo la Historia de la Humanidad.
De la misma manera, a final del mes de enero pasado, el
Arzobispo Coadjutor de Santo Domingo, Tomas Morel, se refirió a la Juventud
como un Tesoro que Dios les concede a la Familia y al País, por lo que tenemos
la obligación de velar por su seguridad, su adecuado desarrollo y maduración.
En este sentido, Morel hace una referencia implícita a las declaraciones del
Santo Padre, en el sentido de considerar la amistad entre los jóvenes como un
elemento esencial en su futuro crecimiento, la creación de puentes de
comunicación, derribando barreras y muros, que facilitan la apertura hacia los
demás y el debido servicio fraterno, para construir comunidades fuertes y
solidarias.
Los católicos tenemos que ver la amistad como una forma de
misión cristiana que podemos ejercer en todos los escenarios y lugares de
nuestras vidas, tales como la casa, la familia, el trabajo, la escuela, la
universidad, los sitios de prácticas de deportes y esparcimiento, entre otros,
con la cual podemos potenciar las vivencias fraternas de nuestros jóvenes, lo
que conduce a relaciones más firmes y duraderas.
También, la amistad sirve para acercarnos a las personas que
sufren, los excluidos y pobres de la sociedad, quienes son marginados por
diferentes razones. En nuestra experiencia y vivencia personales podemos
ratificar la efectividad y oportunidad de grupos de amigos dedicados a realizar
acciones y actividades en barrios marginados de nuestro pueblo, con la
finalidad de ayudar a sus habitantes a integrarse a los deportes, la educación
y la participación en actos religiosos y sociales. De esta manera, pudimos
contribuir a cerrar brechas, construir puentes de relaciones nuevas y la mejor
integración de sus jóvenes a las corrientes vivenciales normales de nuestra
sociedad pequeña.
Asimismo, somos testigos de la realidad y perdurabilidad de
las relaciones que se forman en los tiempos de la escuela primaria y
secundaria, antes de ingresar al mercado de trabajo o a la universidad, que
resultan en elementos catalizadores y pilares de cambios importantes y
significativos en la sociedad y en el mundo. Pruebas de lo expresado son los
casos de Jesús y los Apóstoles, Duarte y sus compañeros de la Trinitaria. En mi
caso particular, la amistad sincera con un amigo de la infancia tuvo una
duración posterior de toda la vida, ambos nos dedicamos a las Ciencias Físicas
y Matemáticas, para luego ser actores importantes en el establecimiento y
desarrollo de futuros profesionales en ambas disciplinas. Algo que hicimos de
manera separada, pero con contactos y retroalimentación constante y permanente.
Jesucristo inauguró la amistad como una revolución de amor y
cambios profundos en su medio ambiente y la sociedad de su época, con miras al
bien común de todas las personas y la salvación de sus almas. Los Cristianos
Comprometidos con sus Comunidades tenemos la obligación de imitar a Cristo en
estas iniciativas, trabajar con las juventudes de nuestras parroquias y barrios
aledaños, con la finalidad de garantizar su transformación en ciudadanos
cristianos, amantes de sus familiares, amigos y de toda la sociedad, para
construir la sociedad de amor que queremos y la antesala del Reino de Dios.
Igual comportamiento y compromiso deben seguir los Católicos
Jóvenes de todo el País, para crear espacios de amistad, bienestar y relaciones
fraternales, que permitan motorizar cambios importantes en todos los barrios,
comunidades, pueblos y la nación entera, dirigidos y guiados por sus
respectivos pastores parroquiales, con lo cual estaremos ejerciendo nuestras
funciones bautismales, con alto sentido de Iglesia y efectiva Sinodalidad. Así
podemos volver hacer realidad la exhortación de Jesucristo, de ser Levadura,
Sal y Luz para los demás, en el estado y sociedad que nos ha tocado vivir, con
Dios.


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