Vista | Federico Aznar Fernández-Montesinos*
Las claves de la situación geopolítica
actual
El orden internacional, el conformado por el balance de
poderes entre naciones, está cambiando su equilibrio.
No obstante, es muy difícil medir el poder de un Estado y, más aún, compararlo.
Un indicador claro es el económico, aunque hay diferentes formas de medirlo. En
paridad de precios y en 2023, según el Banco Mundial, China tenía 34,643
billones de dólares (18,76 % del PIB mundial); Estados Unidos, 27,36 (14,8 %);
la UE, 27,125 (14,68 %) y Rusia, 6,452 (3,49 %). El mundo suma 184,653. La suma
de los actores citados apenas excede el 50 % del PIB mundial, mientras la de
Estados Unidos y la UE es del 29,48 %. Por el contrario, la suma de los países
africanos y asiáticos recién independizados que, en 1955, se reunieron en
Bandung (Indonesia) ha pasado del 8 % del PIB mundial a más del 40 %. Solo los
BRICS o emergentes suponen el 37 %.
La coevolución chino-norteamericana (donde Estados Unidos
aportaba mercados y tecnología, y China mano de obra barata) explica tal transformación, sobre todo, a partir de
2001 con la entrada de China en la OMC. Este proceso ha beneficiado
proporcionalmente mucho más a este país. Su PIB en 1994 era inferior al
español.
Así, la Pax Americana ha hecho posible el ascenso de los demás
países al crear
y redistribuir la riqueza del planeta. Podrán discutirse las cifras de esta
convergencia, pero la pérdida de poder relativo de Occidente es evidente.
No obstante, hay más aspectos. Está el armamentístico, en el que la ventaja de Occidente es
clara —y eso cuando el maquiavelismo de la estrategia confunde fuerza con
poder—. O su poder cultural. O que las
instituciones internacionales estén a su hechura diplomática.
En cuanto a tecnología e innovación,
que determinan el futuro, China rivaliza con Estados
Unidos mientras Europa se encuentra desplazada. Las diferentes
tecnologías se encuentran entrelazadas y sus efectos se potencian entre sí. En
consecuencia, una puede provocar un cambio de paradigma. Estamos en una cuarta
revolución industrial en clave de inteligencia artificial.
La guerra de Ucrania puso abruptamente de manifiesto
la pérdida de poder de Occidente. Así, en la Asamblea
General de la ONU, aunque hubo una condena mayoritaria de la agresión
rusa, 35 países se abstuvieron y doce no participaron, la mayoría de ellos
africanos o asiáticos. Y el seguimiento de las sanciones a Rusia fue muy
insuficiente. Esta guerra, junto con las de Gaza, Azerbaiyán
o Irán, señala el cambio de orden. No en vano, la guerra es una
reordenación abrupta y sangrienta de las relaciones geopolíticas, no como causa
sino como síntoma de la consolidación de un proceso en marcha.
Paradójicamente, las alianzas que sirven a la
vertebración de Occidente —como la OTAN— se debilitan. Estados
Unidos parece replegarse sobre su hemisferio. Esta primacía de las políticas
regionales es el resultado de su pérdida de poder global. Antes el poder que
ostentaba sobre el resto del mundo dejaba a Latinoamérica a su socaire. Pero
ahora ya no, como acredita la presencia china en el continente, y le obliga a
detraer recursos de otras áreas para volver a su patio trasero, que se amplía
para incluir al Ártico. Con todo, China no se confronta con Estados Unidos sino
que ocupa los espacios que este abandona, por ejemplo, en Oriente Medio.
De hecho, la alteración del status
quo se nota en espacios como el Ártico, donde lo han
alterado el cambio climático, la aparición de nuevas rutas marítimas y una
mayor accesibilidad a los recursos, pero también la creación de nuevas
fronteras. Se han trasladado a este espacio, hasta ahora marginal, las
incertidumbres del cambio de orden mundial. Así China puede escapar de la ruta
del estrecho de Malaca —Taiwán sigue siendo la clave del control de su acceso
al Pacífico— y lograr una entrada directa a Europa.
En fin, la Primera Guerra Mundial nos recuerda los peligros de la
multipolaridad. Dicha guerra fue, a la vez, una profecía autocumplida y un sinsentido.
El debilitamiento del multilateralismo y el retorno a políticas de poder no
modifica un proceso en marcha. Las reglas no pueden contener la alteración del
equilibrio geopolítico, aunque si modularla. Prescindir de ellas acelera tal
alteración con el riesgo de que, además, esta descarrile en mayor violencia.
* Analista del Instituto Español de
Estudios Estratégicos
El autor desarrolló este tema en la
Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, el 5 de marzo.


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