La Familia | Andrés D’Angelo
«Mi hijo se ha alejado de Dios» 11 cosas que todo padre necesita
entender
Criar hijos es aprender a amar sin
poseer, acompañar sin controlar y confiar incluso cuando el corazón tiembla.
Muchos padres experimentan dolor al ver que sus hijos toman distancia de la fe,
de la familia o de los valores con los que fueron educados. Sin embargo, la
historia de la salvación nos recuerda que Dios también respeta la libertad de
sus hijos y nunca deja de esperarlos.
En este artículo, Andrés
D’Angelo de Catholic-Link, nos invita a mirar la parábola del Hijo Pródigo desde la perspectiva
de los padres: con sus miedos, sus preguntas y su esperanza.
Una reflexión que puede ofrecer
consuelo y luz a quienes aman profundamente y siguen esperando con confianza.
***
Toda historia de paternidad tiene
un comienzo marcado por la ilusión, los sueños y el deseo sincero de hacer lo
mejor por nuestros hijos. Cuando te enteras de que estás esperando un hijo, te
cambia la vida para siempre…
1. Luego los niños comienzan a crecer
Y te das cuenta de que… las
cosas no son tan sencillas. Los niños tienen una extraordinaria
capacidad de trabajar la paciencia de la gente mayor casi desde el primer día.
Por eso, Dios en su infinita sabiduría puso un papá y una mamá, para que tomen
turnos cuidando al pequeño.
Las mamás lo hacen instintivamente,
y los papás… no tanto, pero ¡podemos aprender! Cuando logramos hacer un gran
equipo, los niños se desarrollan plenos y felices.
2. Y entonces llega la temida adolescencia
No podemos creer que ese pequeño,
que era el sol de nuestras vidas, que tantas alegrías nos dio, de
pronto se convierta en un ser huraño, protestón, aburrido, peleón y muchas
veces tan tonto, que parece que no hay instrumentos para medirlo.
Nos busca, y generalmente nos
encuentra, y esos encontronazos no son siempre lindos. La relación se
desgasta, nos peleamos, nos amargamos y pensamos: «qué lindo será todo
después de la adolescencia, cuando mi hijo o mi hija se comporten como adultos serios y
responsables». Pero entonces… ¡Tampoco sucede!
Nos preguntamos: ¿Por qué esta
serie de desencuentros entre el hijo ideal que siempre nos imaginamos y la
realidad tan dura?
3. ¡Nuestros hijos son libres!
Así es, ¡Porque nuestros hijos son
seres libres! Dios no solo los creó libres: ¡los quiere libres! ¿Y por qué Dios
querría ese disparate? ¿Por qué no los hizo obedientes, buenos, sencillos,
manejables y dulces como siempre los imaginamos?
Porque Dios quiere hijos, y no
esclavos. El amor es una decisión libre, y por eso, la libertad es tan
importante para Dios. El problema es que nuestros hijos los «tenemos» nosotros,
y su libertad muchas veces choca contra nuestra idealización del hijo. Contra
nuestras normas de convivencia, y a veces ¡Contra el mismo Dios!
¿Cómo puede
ser que ese chiquitín o esa chiquitina que participó en su primera
comunión con
tanto fervor, de pronto no quiera ir más a Misa? Muchas veces esa revisión de «qué pasó», puede desembocar en una
acusación implícita o explícita a nosotros mismos, a nuestra misión como
padres.
¿Qué hice, o
qué hicimos mal para que este pequeño que era
tan dócil de pronto se convierta en un rebelde sin causa, que se revuelva
contra la autoridad de papá y mamá y quiera «hacer su vida» o que «lo dejemos
tranquilo»?
4. ¡No pasó nada, ni hicimos nada mal!
Nuestros hijos están
«haciendo» su camino, y para ello deberán dejarnos, por más que muchas
veces les duela a ellos y nos duela más a nosotros. Ellos necesitan resolver
sus problemas por sí mismos, porque es una herramienta que necesitan para
enfrentar la vida por sus propios medios.
Saben instintivamente que no vamos
a estar durante toda su vida, y necesitan enfrentar los problemas que generan
sus propias conductas en libertad. Podemos pensar en ellos como en pequeñas
plantas que hemos mantenido en un invernadero, y que debemos sacar a las
condiciones naturales para que se templen, y desarrollen su propias raíces y
follajes.
El invernadero estuvo muy bien
mientras fueron frágiles, ahora es tiempo de que prueben (y
especialmente que se prueben a sí mismos) en «condiciones reales». De
ese modo, cuando vengan las tormentas de la vida, ya tendrán herramientas para
enfrentarlas, porque dejamos que desplieguen sus alas y vuelen.
5. ¿Cómo comportarnos ante ese hijo desafiante?
Pero mientras tanto, mientras
todavía chocamos, mientras nos desesperan con sus actitudes y desafíos, tendremos
que saber cómo comportarnos. Qué cosas les ayudan en esta exploración,
qué cosas podemos hacer para otorgarles confianza, tal vez para hacer más corto
este «recorrido divergente» y este crecimiento, y en última instancia, para no
perder la paciencia y perjudicarnos mutuamente en esta etapa de su desarrollo.
Para ello me gusta mucho fijarme en
la parábola del Hijo Pródigo (o como le gustaba llamarla al papa Francisco, la
parábola del «Padre Misericordioso»). Viendo la actitud del padre, podremos ver
algunas pistas para saber qué hacer en estas circunstancias.
6. Tus hijos te van a «pedir la herencia»
Como vimos, tarde o temprano, tus
hijos van a pedirte «que no te metas más en sus vidas», que te hagas a un
lado y te apartes, que ellos necesitan «que los dejes en paz». Te lo garantizo,
la primera vez que te pase se te va a partir el corazón en pedazos.
No es fácil, no es lindo y es casi
seguro que va a suceder, más temprano que tarde. La tendencia natural sería de
decirles «mientras dependas de nosotros, cumplirás nuestras reglas». Pero el
Padre Misericordioso no hace eso. Al contrario, accede al pedido de su hijo y
lo deja ir con «su parte de la herencia» y probablemente con los pedazos de su
corazón destrozado.
Como te dije en la
introducción: ellos necesitan abrirse camino por sus propios medios,
necesitan equivocarse y golpearse para poder crecer. Puedes ofrecerle
a Dios esos pedazos de tu corazón, para que esa «ruptura» sea fructífera y no
tan dolorosa.
7. Tus hijos se van a ir a tierras extrañas
Cuando se vayan de casa, cuando se
vayan a estudiar lejos, o cuando comiencen su vida, habrá tiempos en los que no
querrán hablar con ustedes, y sentirás que el corazón se te cae de nuevo a
pedazos. ¿Cómo puede ser que no nos quieran llamar, que no quieran pasar su
cumpleaños con nosotros, que quieran alejarse voluntariamente de la casa que
los vio crecer?
Precisamente, porque necesitan
ampliar sus horizontes. Conocer gente nueva, experimentar otras formas de ver
el mundo, hablar de otros temas, crecer y conocer nuevas experiencias, tal vez
algunas que nosotros no nos animamos a su edad… Y también harán algunas cosas
que van en contra de nuestras convicciones y creencias.
Van a buscarse en tierras extrañas,
con la ilusión de descubrirse y encontrarse, pero también… con el riesgo de
perderse. ¿Qué hace el Padre Misericordioso?, ¿va a buscarlo?, ¿va a pedirle
que vuelva y que no haga lo que está haciendo? ¡No! El padre se mantiene a una
respetuosa distancia.
Respeta la
decisión de su hijo, a pesar de que probablemente haya tenido el corazón hecho
trizas. Se mantiene apartado, deja que su hijo busque lo
que quiera buscar, incluso con riesgo de que se pierda.
8. Puede ser que se equivoquen. Y mucho. Y muy feo
El Hijo Pródigo malgasta su
herencia en una vida libertina. Nuestros hijos pueden ser, que en esa búsqueda
de sí mismos, en esa exploración, se equivoquen. Y esas equivocaciones hasta
pueden tener consecuencias graves. La herencia del padre se perdió…
aparentemente.
El hijo, a raíz de sus decisiones
equivocadas termina alimentando a cerdos, y deseando comer las bellotas que
comen estos animales. Muchas veces, como consecuencia de sus decisiones
erróneas, nuestros hijos la van a pasar realmente mal. Nuestra
tentación como padres puede ir en dos direcciones, y (en mi opinión) ambas son
decisiones equivocadas.
En una primera dirección, podremos
resolverles el problema, diciendo: «mi hijo no va a comer bellotas de los
cerdos», e intervenir con nuestro dinero, recursos o «poder», para que nuestro
hijo «no sufra». La otra decisión equivocada sería enfrentarlo y recriminarle
por sus errores. «Te lo advertí», «Te lo mereces». La actitud correcta es la
del padre. Y ya veremos cuál es.
9. Puede ser que pierdan la fe
En el sentido simbólico de la
parábola, el derroche de la herencia y la vida con los cerdos significan la
pérdida de la fe. En esa búsqueda, puede ser que nuestros hijos también la
pierdan, y que dejen de practicar la oración diaria, la misa dominical, la
confesión.
¡Nos
desesperamos cuando pasa eso! ¿Por
qué, si nosotros les enseñamos bien?, ¿por qué si nosotros rezamos
constantemente por ellos?, ¿qué hicimos mal?, ¿qué podemos hacer? Mi querida
amiga Silvana Ramos escribió un artículo precioso al respecto, que puedes
leer aquí.
Pero te lo resumo rápido: la fe es
un don de Dios, y nosotros podremos pedirla para ellos, pero nunca podremos
reemplazarla forzándolos a hacer prácticas piadosas, por más que a nosotros nos
parezca que es lo que tenemos que hacer. Dios quiere hijos, no esclavos.
Y tal vez, si los forzamos a hacer
cosas contra su voluntad, empeoremos la situación. Paz, y ciencia. Es decir:
paciencia. Tengamos paz, sepamos que esto puede suceder y recemos al Buen Dios
por la fe de nuestros hijos, que Él nunca deja caer una lágrima de madre o
padre en vano.
10. El hijo recuerda cómo vivía en la casa de su padre
Una de las claves de la parábola es
que el hijo, antes de volver, recuerda con cariño la experiencia de su vida
como hijo amado. Ahí es donde tenemos que concentrar nuestras energías. El amor
de familia, el recuerdo del hogar son la verdadera herencia del Padre
Misericordioso.
Y eso se forja antes, mucho antes
de que nuestros hijos decidan seguir su rumbo. Por eso es tan
importante que durante su infancia y adolescencia nos enfoquemos en que su
experiencia filial sea lo más benéfica posible. Que sepamos que el
amor que les damos durante su infancia y adolescencia va a moldear su carácter,
su modo de ver la vida y su modo particular de amar en el futuro a su esposa e
hijos, o a sus hijos espirituales en el caso de que Dios suscite la vocación
religiosa o sacerdotal en tu hijo.
El amor de los padres es reflejo
del amor de Dios, y como tal también moldea la fe de tus hijos. No solo el amor
que los padres tienen a los hijos, sino el amor que los padres tienen entre sí,
así que ¡A cuidar a tu cónyuge, para beneficio de tus hijos!
11. El hijo que vuelve
Y un día, el hijo que se rebeló, el
que se fue a estudiar lejos, el que no quería saber nada con nosotros, el que
incluso nos despreció, vuelve. Me corrijo: no vuelve ese hijo, vuelve
una persona renovada, un nuevo hijo. Y generalmente, ese hijo templado
por las tormentas de su vida va a ser extraordinariamente mejor que el que se
fue.
Y tenemos que hacer como el Padre
Misericordioso: devolverle inmediatamente y sin preguntar nada, la dignidad de
hijo. Nuestro hijo sigue siendo nuestro hijo, pero con una ventaja: ya es un
adulto probado por la vida, y va a poder acercarse y comprendernos mucho mejor
a nosotros como padres.
Ya vamos a poder hablar de igual a
igual, de adulto a adulto, de persona fogueada a persona fogueada. Nuestro amor
de padres se va a ver engrandecido por lo que nuestro hijo logró por sus
propios medios.
www.catholic-link.com Catholic-Link


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