La Iglesia Hoy | Edoardo Giribaldi
Cupich: la sinodalidad, el
«baile» de la Iglesia contra la «tiranía del presente»
En una
reflexión compartida con los medios de comunicación del Vaticano, el cardenal
arzobispo de Chicago recuerda la naturaleza del «kolo», una danza folclórica
croata que practicaba en su juventud, como guía para el camino de la comunidad
eclesial. Esta está llamada a pasar «de la ejecución personal a la armonía
colectiva», escuchando la «melodía divina» que anticipa el movimiento y la
acción, siempre consciente de los espacios y los tiempos que la rodean
Una
respiración, el aire agitado por las primeras notas de la melodía, y luego el
primer movimiento. Un desplazamiento entrelazado con el tiempo, atento a las
dimensiones del escenario en el que se exibe. Si la Iglesia fuera un cuerpo de
baile, hoy debería preguntarse: «¿De qué manera nuestra danza rinde homenaje al
coreógrafo original y cómo transmite la coreografía de manera fiel a la próxima
generación?». Sinodalidad y danza, una postura y una acción aparentemente
incompatibles, unidas por el ejercicio común de la armonía colectiva que surge
de la ejecución personal, según señaló el cardenal arzobispo de Chicago, Blase
Joseph Cupich, en una reflexión ofrecida a los medios de comunicación del
Vaticano.
«Kolo», en círculo
El texto parte
de una anécdota personal, en la que el cardenal recuerda que su contacto con la
danza no se produjo a través de la cultura estadounidense de su época, la de
los años 50 y los primeros pasos del rock and roll en forma del baile informal
del sock hop. Más bien, aprendió a bailar al ritmo de la música folclórica
croata junto a sus compañeros de la parroquia, los miércoles por la noche.
Específicamente, se movía al ritmo del kolo, que significa «círculo» debido a
la naturaleza de los movimientos: los bailarines, de hecho, se unían tomándose
de las manos o de la cintura, a menudo con pasos sincopados, formando una línea
curva o una cadena. Un medio de socialización, un «lugar de encuentro» donde
hombres y mujeres se conocían. Lo mismo puede decirse del camino de sinodalidad
emprendido por la Iglesia. Un término que esencialmente significa «caminar
juntos», invitando a toda la comunidad a asumir la responsabilidad de avanzar
al unísono, atentos al Espíritu Santo y unos a otros.
De la escucha a la acción
En la danza,
observa Cupich, «el movimiento nunca comienza en el vacío; comienza con la
música». Se hace silencio, cada uno interioriza el ritmo y el estado de ánimo
de la pieza para actuar en la misma frecuencia. Así se mueve también la
sinodalidad: no hablando ni promulgando políticas, sino escuchando en lo
profundo, sobre todo a quienes están en los márgenes, pues «así como un
bailarín que ignora la música se desvincula del grupo, los miembros de una
comunidad que no escuchan dejan de actuar de manera sinodal». Además, toda
coreografía requiere roles distintos, pero el movimiento es al unísono. Guiar,
en el baile, no significa «dominar», sino «crear un espacio seguro donde los
demás puedan brillar». Y así, la jerarquía eclesiástica fusiona sus carismas sin
achatarlos, sino entrelazándolos. Al igual que en la danza, su belleza «depende
de que el movimiento de que es necesario el movimiento de cada bailarín para
que toda la presentación funcione».
No pisarse los pies, estar atentos a los espacios y
los tiempos
Las
características de todo baile incluyen también una buena dosis de creatividad y
adaptabilidad. Los artistas deben superar la atracción de la gravedad
levantando los pies, adaptarse al peso y al impulso de su pareja y ajustarse
«cuando hay un paso en falso». Se sale a escena, continúa el cardenal, pero no
se sabe cuál será el resultado. No hay nada predeterminado, al igual que en el
diálogo de la Iglesia, que puede enfrentar tensiones y desacuerdos. Estos, sin
embargo, no deben llevar a «abandonar el escenario», sino a utilizar los roces
para «girarse, adaptarse y encontrar una nueva forma de seguir adelante
juntos», sin pisarse los pies. Además, para evitar pasos en falso, hay que ser
consciente del espacio del escenario. Debe haber espacio para todos, para
evitar que alguien caiga entre bastidores, choque con la orquesta y termine «en
la oscuridad, donde el movimiento pierde su forma y su significado».
Paralelamente, la Iglesia está llamada a «ampliar la carpa», exigiendo que
quienes están acostumbrados a estar en el centro den un paso atrás, para que
todos puedan seguir el ritmo.
Bailar siguiendo las huellas del pasado
Hacer espacio
significa también reconocer sus límites: «los pilares estructurales y un límite
arquitectónico específico han sido diseñados por otros», nivelados y
perfeccionados por los artistas que nos precedieron. Una conciencia que no
limita la creatividad, sino que constituye una condición que también atraviesa
la sinodalidad: «Lleva adelante el diálogo no solo con los contemporáneos, sino
también con los vivos, los muertos y aquellos que aún están por nacer». Es un
enfoque que Cupich define como «diacrónico», no sometido a la «tiranía del
presente». Así, la comunidad eclesial debe asegurarse de que las voces de los
santos, de los Padres y de las Madres de la Iglesia tengan voz en el
discernimiento actual, evitando que la comunidad local caiga en una «moda
cultural pasajera que rompe la unidad histórica». «Cuando una comunidad sinodal
contemporánea respeta los límites de la pista, preparada y utilizada por
otros», escribe el cardenal, «deja de desperdiciar energía tratando de derribar
las paredes del teatro. En cambio, descubre una inmensa libertad dentro de esos
límites, encontrando formas nuevas, creativas y pastorales de expresar verdades
atemporales a un mundo moderno».
Una actuación no improvisada
Se identifica,
por lo tanto, una tensión necesaria entre la dimensión «sincrónica» y la,
precisamente, «diacrónica», para no caer en la tentación de ver la sinodalidad
como un «ejercicio para reescribir las reglas desde cero», al igual que un
cuerpo de baile que quisiera «ampliar la pista a su antojo o abandonarla por
completo». Nos movemos «en la pista», dentro de los límites establecidos «por
la Escritura, los dogmas y los concilios históricos», que no son «jaulas
restrictivas», sino «parámetros estables que dan a nuestros movimientos
actuales contexto, seguridad y legitimidad». En resumen, según el cardenal, la
Iglesia debe estar atenta a los bailarines de hoy y «igualmente atenta a la
pista histórica que se extiende bajo sus pies». Así, al moverse, el camino
sinodal deja de ser «una improvisación convulsa y aislada» y se convierte en
parte de una «presentación épica e ininterrumpida», donde «los pasos del pasado
guían los movimientos de hoy».
Abrazar «la danza de la sinodalidad»
El arzobispo
de Chicago identifica el valor de este paralelismo en el rechazo a «la árida
burocracia, los comités y el papeleo», que pueden caracterizar a la
sinodalidad. Se trata de redefinir el «viaje común», conscientes de que el
aprendizaje aún está en curso y se forma en la «escucha constante de la melodía
divina, que honra los pasos únicos de cada participante y avanza en un
testimonio al mundo maravillosamente coordinado». El objetivo no es terminar la
presentación lo más rápido posible, sino alabar y comprender más plenamente, en
última instancia, el misterio de la Trinidad que la Iglesia está llamada a
anunciar. No es casualidad que los primeros Padres de la Iglesia, al describir
el misterio de la Trinidad, hablaran de pericóresis, literalmente «una danza
alrededor». Con esta imagen se referían a la necesidad de que las tres Personas
divinas de la Trinidad estén una en la otra. «Y así, la Iglesia refleja el
misterio trinitario de manera cada vez más eficaz cuanto más abraza la danza de
la sinodalidad».


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