Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
Enviados a enseñar y predicar
(Lunes
13 de julio 2026. Decima quinta semana tiempo ordinario, lecturas: Isaías
1,11-17. Salmo 49,8-9.16-17.21-23. San Mateo 10,34-11,1)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de este día nos invita a reflexionar sobre nuestra misión como
discípulos de Cristo. Jesús no nos llama simplemente a creer en Él, sino a
seguirlo con decisión y a convertirnos en enviados para enseñar y predicar
el Reino de Dios. Las tres lecturas nos muestran que el anuncio del
Evangelio solo tiene credibilidad cuando nace de un corazón convertido y se
traduce en obras de justicia y amor.
1.
Primera lectura: Dios quiere un culto acompañado de una vida santa (Isaías
1,11-17). El profeta Isaías transmite un mensaje fuerte de parte de
Dios. El Señor rechaza un culto vacío, una religión reducida a ceremonias y
sacrificios externos mientras el corazón permanece lejos de Él.
Dios
no desprecia el culto, sino la incoherencia entre lo que se celebra y lo que se
vive. Por eso dice: "Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus
malas acciones." Este llamado sigue siendo actual para nosotros.
Algunos
elementos para nuestra vida:
-
Nuestra participación en la Eucaristía debe
impulsarnos a vivir con mayor honestidad, justicia y caridad.
-
No basta rezar mucho si continuamos guardando
rencor, injusticias o indiferencia hacia el necesitado.
-
Dios nos invita a defender al débil, ayudar al
pobre, proteger al huérfano y acompañar a quien sufre.
-
La verdadera conversión comienza cuando dejamos
que Dios transforme nuestro corazón.
-
La mejor ofrenda que podemos presentar al Señor es
una vida coherente con el Evangelio.
2.
El Salmo: El sacrificio que agrada a Dios es una vida agradecida y obediente
(Salmo 49). El salmista continúa el mismo mensaje del profeta.
Dios
recuerda que no necesita nuestros animales ni nuestras ofrendas materiales,
porque todo le pertenece. Lo que espera de nosotros es un corazón sincero. El
salmo concluye diciendo: "El que me ofrece acción de gracias, ese me
honra."
Esto
significa que:
-
La mejor manera de glorificar a Dios es vivir
agradecidos.
-
Debemos cumplir nuestras promesas al Señor.
-
Nuestra oración debe ir acompañada de una vida
recta.
-
Dios bendice a quien camina por el sendero de la
fidelidad.
El
verdadero culto comienza cuando salimos del templo y vivimos como hijos de Dios
en nuestra familia, en el trabajo y en la sociedad.
3.
El Evangelio: Jesús envía discípulos valientes para enseñar y predicar (Mateo
10,34—11,1). El Evangelio puede parecer duro cuando Jesús afirma: "No
he venido a traer paz, sino espada."
No
significa que Jesús promueva la violencia. La "espada" representa la
decisión que cada persona debe tomar frente al Evangelio. Seguir a Cristo exige
optar por Él incluso cuando esa decisión provoque incomprensiones o
sacrificios. Jesús también afirma: "El que no toma su cruz y me
sigue, no es digno de mí."
Ser
discípulo implica:
-
Amar a Cristo por encima de cualquier otro
interés.
-
Permanecer fieles aun cuando encontremos dificultades.
-
No avergonzarnos de nuestra fe.
-
Cargar cada día nuestra cruz con esperanza.
Finalmente,
el Evangelio termina diciendo que Jesús fue por los pueblos enseñando y
predicando. Ese es también el programa de toda la Iglesia.
Todos
hemos sido enviados:
-
Los padres enseñan la fe a sus hijos.
-
Los catequistas anuncian el Evangelio.
-
Los sacerdotes predican la Palabra.
-
Los jóvenes evangelizan con su testimonio.
-
Cada bautizado puede anunciar a Cristo mediante
sus palabras y, sobre todo, con su ejemplo.
La
mejor predicación sigue siendo una vida transformada por el amor de Dios.
Para
nuestra vida. Hoy el Señor nos deja varias preguntas:
-
¿Mi fe es solo de prácticas religiosas o
transforma mi manera de vivir?
-
¿Mi participación en la Eucaristía produce frutos
de caridad y justicia?
-
¿Estoy dispuesto a cargar mi cruz por amor a
Cristo?
-
¿Estoy anunciando el Evangelio con mi testimonio
diario?
Pidámosle
al Señor que purifique nuestro corazón, haga coherente nuestra vida y nos
convierta en verdaderos discípulos misioneros, capaces de enseñar y predicar
con nuestras palabras y con nuestras obras.
Que
la Santísima Virgen María, primera discípula y primera misionera, nos acompañe
para que, allí donde vivamos, seamos testigos fieles del Reino de Dios.
Amén.


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