La Familia | LFI
Cómo
acompañarnos en familia después de una tragedia
Después de un acontecimiento que nos llena de
miedo o incertidumbre, la familia puede convertirse en el lugar donde volvemos
a sentirnos seguros. ¿Cómo acompañar a nuestros hijos tras un terremoto
o cualquier otra tragedia y recuperar juntos la calma?
Hay acontecimientos que llegan sin avisar y nos
recuerdan, de manera inesperada, que no tenemos el control de todo. Una
tragedia puede dejarnos con miedo, preguntas, incertidumbre e incluso con una
sensación de vulnerabilidad que no desaparece simplemente porque el momento más
difícil ya pasó.
Después del terremoto
ocurrido en Colombia, muchas familias están
intentando volver poco a poco a la normalidad. Los adultos procesamos lo
sucedido mientras tratamos, al mismo tiempo, de responder a las preguntas de
nuestros hijos y ayudarles a sentirse seguros.
Pero no todas las familias están viviendo lo
mismo. Algunas están lidiando con el miedo y la incertidumbre; otras
pueden estar enfrentando algo mucho más doloroso: la pérdida de un familiar, un amigo, un vecino, un profesor o un compañero de clase, o incluso
la pérdida de su hogar, su negocio y tantas cosas que habían construido con
trabajo y esfuerzo.
Y es precisamente ahí donde la familia tiene un
papel fundamental. No podemos evitarles a nuestros hijos todos los
momentos difíciles de la vida. Pero sí podemos acompañarlos para que sepan que,
incluso en medio del miedo o del dolor, no están solos.
Los niños
también necesitan tiempo para procesar lo ocurrido
Cada niño reacciona de una manera diferente ante
una situación que le produce miedo. Algunos hacen muchas preguntas. Otros
prefieren guardar silencio. Puede haber niños que quieran estar constantemente
cerca de sus padres y otros que continúen jugando como si nada hubiera pasado.
También es posible que las emociones aparezcan después: dificultades para dormir, pesadillas, irritabilidad, mayor necesidad de compañía, miedo a quedarse solos o preguntas que se repiten una y otra vez.
No todos reaccionan de la misma manera, ni al mismo tiempo. Por eso, más que esperar una reacción determinada, necesitamos observar, escuchar y estar disponibles.
A veces un niño puede parecer tranquilo durante los primeros días y expresar sus emociones más adelante. Lo importante es que encuentre en nosotros un espacio seguro para hacerlo.
Cuando también
hay una pérdida
Para algunas familias, lo ocurrido no terminó
cuando pasó el terremoto o la emergencia. Ahora tienen que aprender a vivir con
la ausencia de alguien querido.
Puede tratarse de un padre, una madre, un abuelo, un hermano o un amigo. Pero también puede ser un compañero de colegio, un profesor, un vecino o alguien con quien el niño tenía un vínculo especial.
Los adultos podemos subestimar algunas de estas pérdidas porque no conocemos la profundidad de ese vínculo. Para un niño, sin embargo, perder a un compañero de clase o a un amigo puede ser profundamente doloroso.
En estos casos, es importante hablar de la muerte con claridad y de acuerdo con la edad del niño, utilizando palabras que pueda comprender. Evitemos expresiones que puedan confundirlo, como decir que alguien “se fue” o “se quedó dormido”.
También debemos darle permiso para vivir su duelo a su manera. Puede llorar, hacer muchas preguntas, sentirse enojado, guardar silencio o incluso querer jugar poco después de recibir la noticia. No hay una única manera correcta de vivir el dolor.
Y no necesitamos tener las palabras perfectas para acompañarlo. A veces, simplemente estar, escuchar y abrazar es ya una forma de consuelo.
Tampoco debemos apresurar el duelo. Para una familia que ha perdido a alguien, volver a la rutina no significa necesariamente volver a ser como antes. Hay una ausencia que permanece y un proceso que necesita tiempo, comprensión y acompañamiento.
Hablar con
ellos, pero de acuerdo con su edad
Ante una tragedia, es natural que queramos explicarles todo para tranquilizarlos. Sin embargo, los niños no necesitan recibir toda la información que conocemos ni estar expuestos constantemente a las noticias.
Necesitan respuestas claras, sencillas y adecuadas para su edad. Podemos preguntarles qué saben, qué han escuchado y qué les preocupa. A partir de ahí, responder únicamente lo necesario, evitando detalles que puedan aumentar su angustia.
Lo importante no es tener todas las respuestas,
sino transmitirles que pueden acudir a nosotros cuando tengan miedo o necesiten
hablar.
No minimicemos
sus emociones
A veces, con la intención de tranquilizar a nuestros hijos, podemos decirles: “Ya pasó, no tengas miedo”, “No fue nada”, “Tranquilo, no pienses en eso”.
Pero para un niño que está asustado, su miedo sí es real. Podemos acompañarlo mejor cuando primero reconocemos lo que siente: “Entiendo que tengas miedo. A mí también me asustó. Estoy aquí contigo”.
Validar una emoción no significa alimentar el miedo. Significa ayudar al niño a ponerle nombre a lo que está sintiendo y enseñarle que puede expresarlo sin sentirse juzgado.
Y cuando existe una pérdida, también podemos decir: “Sé que extrañas a esa persona. Puedes hablar de ella conmigo cuando quieras”.
Hablar de quien murió, recordar momentos
compartidos y expresar lo que sentimos también puede formar parte del proceso
de duelo.
Cuidemos lo
que ven y escuchan
Después de una tragedia, las noticias, las redes sociales y las conversaciones de los adultos pueden convertirse en una fuente constante de información.
Los niños pueden volver a ver imágenes, escuchar relatos o recibir mensajes que aumenten su temor, incluso cuando el peligro inmediato ya ha pasado.
Por eso es importante cuidar su exposición a este tipo de contenido, especialmente cuando son pequeños.
También debemos recordar que los niños escuchan, aunque parezca que no están prestando atención. Las conversaciones de los adultos, los comentarios al teléfono y las imágenes que dejamos abiertas pueden influir en cómo interpretan lo ocurrido.
Informarnos es necesario. Pero estar
permanentemente expuestos a las noticias no siempre nos ayuda a sentirnos
mejor, ni a nuestros hijos.
Volvamos poco
a poco a las rutinas
Después de un acontecimiento difícil, recuperar las rutinas cotidianas puede ser una fuente importante de seguridad.
Volver a dormir a la hora habitual, comer juntos, ir al colegio cuando corresponda, jugar, hacer las tareas, salir a caminar o compartir un momento en familia puede ayudar a los niños a sentir que poco a poco la vida vuelve a tener un orden.
Recuperar las rutinas no significa fingir que
nada pasó. Y para quienes han perdido a alguien, mucho menos. Se trata de
encontrar poco a poco una nueva manera de continuar, respetando el tiempo que
cada persona necesita para procesar lo sucedido.
No olvidemos
el poder de un abrazo
Cuando no sabemos qué decir, muchas veces nuestra
presencia dice más que nuestras palabras:
- Un abrazo.
- Una mano que sostiene.
- Sentarse junto a ellos.
- Escucharlos sin mirar el celular.
- Acompañarlos a dormir.
- Preguntarles cómo se sienten.
Son gestos sencillos, pero para un niño pueden
significar muchísimo.
Tu calma, tu presencia y tu
abrazo son su refugio.
Y esto no significa que los padres tengamos que ser fuertes todo el tiempo ni esconder nuestras propias emociones.
Nuestros hijos pueden vernos preocupados, tristes
o incluso asustados. Lo importante es que puedan experimentar que los adultos
también sentimos emociones, pero sabemos hablar de ellas, pedir ayuda y buscar
maneras de afrontarlas.
Los padres
también necesitamos ser acompañados
A veces nos preocupamos tanto por cuidar a nuestros hijos que olvidamos preguntarnos cómo estamos nosotros.
Podemos necesitar hablar, llorar, descansar, rezar o simplemente tener un momento para procesar lo ocurrido. Cuidarnos no es ser egoístas. También es una forma de cuidar a nuestros hijos.
No podemos ofrecer serenidad desde un lugar en el
que estamos completamente desbordados. Por eso, si sentimos que la angustia, el
miedo o el dolor persisten y están afectando de manera importante nuestra vida
cotidiana, buscar apoyo también es una buena decisión.
Después de una
tragedia, volvamos a lo esencial
Hay momentos que nos recuerdan, de una manera
dolorosa, que la vida es frágil. Y quizás, sin necesidad de buscarle una
explicación a lo ocurrido, podemos permitir que esa conciencia nos lleve
nuevamente a lo esencial:
♥️A estar más presentes.
♥️A abrazar un
poco más.
♥️A decir “te
quiero” sin esperar una ocasión especial.
♥️A llamar a
quienes queremos.
♥️A perdonar.
♥️A agradecer.
♥️A sentarnos
juntos a la mesa.
♥️A escuchar de
verdad cuando alguien nos cuenta cómo estuvo su día.
Porque la seguridad que necesitan nuestros hijos no depende de que podamos garantizarles que nunca ocurrirá nada malo. Eso no está en nuestras manos.
Depende, en buena medida, de saber que cuando
lleguen los momentos difíciles, habrá alguien a su lado para sostenerlos,
escucharlos y caminar con ellos.
La familia es
un refugio
Hay heridas que no se resuelven con unas palabras ni desaparecen porque pasen unos días. Algunas pérdidas nos acompañarán durante mucho tiempo. Pero tampoco tenemos que atravesarlas solos.
Podemos hacer de nuestro hogar un lugar donde haya espacio para el miedo, para las preguntas, para las lágrimas, para el duelo y también para la esperanza.
Nuestros hijos quizá no recuerden todas las palabras que les dijimos después de un momento difícil. Pero sí pueden recordar nuestros brazos, nuestra presencia y la seguridad de saber que no estaban solos.
Cuando la vida nos sacude, la
familia puede ser ese lugar al que volvemos para encontrar consuelo, compañía
y, poco a poco, esperanza.


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