Jóvenes | Sebastián Sansón Ferrari
Desde el Vaticano, América
Latina abre un diálogo sobre las drogas
El encuentro
internacional promovido por el CELAM, la CAL y la OEA del 25 al 27 de agosto
pone en común experiencias de prevención, recuperación e integración y plantea
una respuesta basada en la comunidad, la fe y la corresponsabilidad ante las
adicciones y el reclutamiento criminal de jóvenes. El desafío, coinciden sus
protagonistas, no es solamente recuperar a quienes han caído, sino construir
comunidades capaces de impedir que sean abandonados a su suerte.
No se trata
solamente de hablar de drogas. Tampoco solamente de hablar de quienes consumen.
En el Vaticano, el diálogo internacional sobre la respuesta basada en la fe a
las drogas y al reclutamiento criminal de jóvenes puso sobre la mesa una
cuestión más profunda: qué tipo de comunidades son necesarias para que un
adolescente o un joven encuentre allí pertenencia, cuidado, dignidad y un
proyecto de vida antes de que otros ocupen ese lugar.
Del 25 al 27
de agosto, representantes de América Latina y el Caribe, junto a experiencias
provenientes de Asia, África y Europa, participan en el encuentro
"Respuesta basada en la fe a las drogas y al reclutamiento criminal de
jóvenes: un diálogo desde América Latina y el Caribe hacia el mundo",
promovido por la Pastoral Latinoamericana de Acompañamiento y Prevención de
Adicciones (PLAPA) del CELAM y la Comisión Interamericana para el Control del
Abuso de Drogas (CICAD) de la OEA. A través de la metodología de las
Conversaciones en el Espíritu, se generan espacios de escucha, reflexión,
resonancia y discernimiento colectivo para identificar desafíos comunes y
posibles respuestas. El congreso finalizará con una audiencia con el Santo
Padre León XIV, a quien presentarán las conclusiones de este evento.
La iniciativa
hunde sus raíces en una experiencia nacida en Argentina durante el período en
que Jorge Mario Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires: la Familia Grande del
Hogar de Cristo, orientada a recuperar a jóvenes afectados por las adicciones y
acompañarlos en su reintegración social. Desde allí, la experiencia comenzó a
proyectarse hacia América Latina y, posteriormente, a articularse con la OEA.
El resultado de ese camino es un método de acompañamiento que ahora busca
ampliar su alcance mediante un manual elaborado colectivamente.
Para Emilce
Cuda, secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina, el punto
decisivo está en comprender que la recuperación no termina cuando una persona
deja de consumir. El desafío es evitar la recaída y reconstruir los vínculos
que permiten volver a vivir en comunidad.
"Lo que
salva es la familia", explica. Cuando una persona atraviesa una adicción,
muchas veces su propia familia la considera enferma, la castiga o se avergüenza
de ella. Por eso, el "método" busca que los centros de acompañamiento
puedan convertirse también en una familia para quien ha perdido la suya. Y
después aparece una segunda dimensión: la integración social. Recuperar la
confianza y la autoestima, capacitarse y acceder a un trabajo forman parte de
un mismo proceso, porque, como subraya Cuda, el trabajo contribuye a afirmar la
dignidad de la persona.
La diferencia
respecto de otros abordajes no está en negar el aporte de la medicina o de la
ciencia, sino en sumar otra dimensión. El método que se presenta en Roma se
define como una respuesta basada en la fe: comienza por acercarse a la persona,
ganar su confianza, ponerse a su lado y acompañarla en una comunidad.
"La Iglesia tiene que entender que esto le
compete"
El padre
Carlos Olivero, coordinador de la Red Eclesial de Comunidades Organizadas
(RECOR) del CELAM, de la que forma parte la PLAPA, formula el desafío desde una
perspectiva pastoral. La Iglesia, sostiene, está llamada a ser "familia de
los que están más rotos", de quienes quedaron "tirados al costado del
camino", y a cuidar a sus jóvenes para que no sean arrancados de sus
manos.
Por eso, para
Olivero, una de las principales resistencias que hay que superar es la idea de
que las adicciones constituyen exclusivamente un asunto para especialistas.
Neurocientíficos, psicólogos y psiquiatras tienen, naturalmente, un papel
fundamental. Pero la Iglesia tiene otro: ser comunidad, abrazar la vida y
acompañarla.
El reto
implica, en sus palabras, una "conversión pastoral": comprender que
el Evangelio no se reduce al culto o a la moral, sino que toca todas las
dimensiones de la existencia, incluida la manera en que se organizan las
comunidades.
Uno de los momentos del encuentro, guiado por el padre Carlos Olivero.
Y hay una
segunda palabra que atraviesa su reflexión: sinodalidad. "Nadie se salva
solo", repite. Una parroquia que descubre que antiguos jóvenes de su
catequesis están consumiendo drogas o incluso han sido captados por grupos
criminales necesita de otras organizaciones, de otras comunidades y de otras
experiencias para responder. Caminar juntos, aprender unos de otros y
sostenerse mutuamente aumenta la capacidad de afrontar una realidad que ningún
actor puede resolver por sí mismo.
El manual de
la PLAPA, elaborado mediante un proceso que involucró a más de 300 personas de
18 países de América Latina y el Caribe, pretende precisamente ofrecer un
lenguaje y un marco común. Olivero lo considera a la vez punto de llegada y
punto de partida: un mapa amplio que integra dimensiones espirituales,
eclesiales, comunitarias, psicológicas y neurobiológicas para que quienes
trabajan en distintos territorios puedan caminar en una misma dirección.
El objetivo es
también actualizar un precedente. En 2001, se presentó el manual «Iglesia, droga y toxicomanía», elaborado entonces por el
Pontificio Consejo para la Salud. La propuesta latinoamericana busca ahora
abrir un proceso de actualización y colaboración internacional que permita
contar con herramientas prácticas frente a una realidad que ha cambiado.
La paz se construye con todos
Desde México,
Ana Paula Hernández Romano, coordinadora nacional del Diálogo Nacional por la
Paz, lleva al encuentro una convicción que atraviesa toda la iniciativa: nadie
puede delegar en otro la responsabilidad de construir las condiciones que
protejan a los jóvenes.
La Iglesia
debe asumir lo que le corresponde; el Gobierno, su responsabilidad; las madres
y los padres, la propia; pero también las universidades y las empresas.
"De manera corresponsable" deben participar todos los sectores,
plantea.
En un país
atravesado por la violencia y el narcotráfico, la construcción de paz y la
protección de los jóvenes no pueden pensarse como intervenciones puntuales.
Son, dice Hernández Romano, una "carrera de largo aliento".
Por eso
considera especialmente valioso que el encuentro de Roma pueda generar lazos
regionales estables, con reuniones periódicas y objetivos concretos.
Identificar factores de riesgo individuales, familiares, comunitarios y
estructurales y, desde allí, construir respuestas comunes aparece como uno de
los caminos posibles.
La experiencia
mexicana, añade, nació como un proceso sinodal dentro de la Iglesia y fue
creciendo gracias a su capacidad de vincularse con otros sectores. Esa
apertura, afirma, permite que la Iglesia pueda incidir de manera más
contundente en la realidad.
De la droga al reclutamiento: el territorio como clave
La perspectiva
de Jimena Kalawski, jefa de Reducción de la Demanda de Drogas de la CICAD de la
OEA, ayuda a situar el diálogo en un proceso que comenzó hace años. Desde 2018,
la OEA y representantes de la Iglesia fueron construyendo una colaboración que desembocó
en materiales de formación y en un curso implementado en 14 países de la
región.
El punto de
encuentro está en el territorio. Las comunidades pueden llegar a personas y
familias que muchas veces quedan fuera de los servicios estatales. De allí la
importancia de fortalecer redes que combinen conocimiento técnico y
acompañamiento comunitario, así como un diálogo entre fe y ciencia.
Pero el
desafío se ha ampliado. Ya no se habla solamente del consumo de sustancias,
sino también de los mecanismos mediante los cuales las organizaciones
criminales buscan a los más vulnerables.
Las bandas de
narcotráfico, explica Kalawski, tienden a buscar a personas expuestas a
factores de riesgo similares a los que aparecen en las problemáticas de
consumo. En territorios atravesados por la violencia o el desplazamiento, niños
y jóvenes necesitan un lugar seguro y un espacio de pertenencia. El crimen
organizado puede presentarse inicialmente bajo esa apariencia: prometer
protección, cuidado, dinero o una vida mejor. Después, salir puede convertirse
en una cuestión de supervivencia.
Por eso la
respuesta, insiste, exige comunidad. Y también presencia: estar allí donde se
encuentran quienes sufren, conocer de primera mano las realidades del
territorio y poner al servicio de esas personas los recursos personales,
espirituales y profesionales disponibles.
Un sacerdote que conoció la adicción desde dentro
Entre los
testimonios escuchados en Roma, el del padre Roberto Delacruz introduce una
dimensión especialmente personal. Sacerdote de la Archidiócesis de Manila y
responsable de Sanlakbay -"Un solo camino"-,
un programa comunitario de acompañamiento a personas con dependencia de
sustancias, conoce la adicción no solamente desde el ministerio pastoral.
Antes de su
conversión, él mismo estuvo involucrado en el consumo y el tráfico de drogas.
Fue encarcelado en varias ocasiones y pasó por diferentes programas de
rehabilitación. La experiencia, cuenta, le enseñó a mirar de otro modo a
quienes atraviesan una dependencia: desde la empatía.
Sanlakbay
nació en 2016, en un contexto marcado por la violenta campaña contra las drogas
emprendida entonces en Filipinas. Ante el elevado número de personas que se
entregaban a las autoridades, el cardenal Luis Antonio Tagle le pidió que
pusiera en marcha un programa comunitario. Su propia historia estaba detrás de
esa elección.
Delacruz
sostiene que la fe puede desempeñar un papel fundamental en una verdadera
transformación. No se refiere solamente a abandonar una sustancia, sino a
cambiar la mirada sobre Dios, sobre los demás y sobre uno mismo.
Él mismo había
sido el mismo hombre antes y después de la conversión. Lo que cambió, explica,
fue su "mindset": la manera de mirar a Dios y al otro. Después de
múltiples intentos de rehabilitación, encontró en una experiencia centrada en
el conocimiento de Dios, de su propia identidad y de la dignidad humana una
posibilidad de cambio que los tratamientos anteriores no habían conseguido
producir.
Otro instante del encuentro este miércoles 26 de agosto de 2026
Su conclusión
es sencilla y, al mismo tiempo, exigente: colaboración y comunión pueden salvar
vidas. Salvar a una persona con adicción significa también salvar a su familia
y, en última instancia, contribuir a salvar a la sociedad.
"Hay que salir de nuestros espacios"
Desde Italia,
Simone Feder lleva al encuentro la experiencia de diez años de trabajo con
jóvenes y personas afectadas por las adicciones desde la Casa del Giovane de
Pavía. Su conclusión nace de una realidad concreta: ya no basta con esperar que
las personas lleguen a los centros.
"Debemos
salir de nuestros setting", explica. Hay que ir al encuentro de quienes
viven el sufrimiento en los llamados «no lugares», allí donde muchas veces no
llega la respuesta institucional. La presencia debe ser profesional, pero
también humana: un escucha que, en sus palabras, «parte del corazón».
Su experiencia
en Rogoredo comenzó en 2017, después de una observación de su hija. Vivían
cerca de la zona y ella le preguntó por qué, dedicándose desde hacía años a las
adicciones, no había ido a ver qué ocurría allí. Feder fue. Encontró a jóvenes
que se dirigían hacia el bosque como hacia un "santuario de la
desesperación". Jóvenes que no estaban yendo a la universidad ni a la
escuela, sino hacia un lugar donde encontraban una oferta permanente de droga,
incluso por pequeñas cantidades de dinero.
Pero detrás de
esa escena encontró algo todavía más profundo: soledad y desesperación. Por
eso, al regresar de Roma, Feder se lleva una tarea concreta: poner en red los
conocimientos, los saberes, las dificultades y las oportunidades de los
distintos territorios. Y dar voz a quienes no la tienen. Habitar los espacios
donde los jóvenes corren el riesgo de perderse y trabajar con las familias para
que toda la comunidad se convierta en una "comunidad educadora".
La prevención comienza en casa
Desde Brasil,
Denise Ferreira, coordinadora nacional de la Pastoral de la Sobriedad, insiste en otro territorio
decisivo: el hogar.
La Iglesia
brasileña cuenta con una extensa red de voluntarios y comunidades capaces de
llegar a las periferias, a las grandes ciudades y también a las zonas rurales.
Esa capilaridad, sostiene, constituye una de las grandes fortalezas de la
acción preventiva.
Pero la
prevención no comienza necesariamente en una institución especializada. Puede
comenzar con tres preguntas familiares aparentemente sencillas: dónde está el
hijo, con quién está y qué está haciendo.
El diálogo y
la convivencia familiar construyen un lugar seguro. Y cuando un joven encuentra
seguridad, confianza y acogida en su propia familia, disminuye el espacio que
puede ocupar un grupo criminal que se presenta como una alternativa de
pertenencia. Ferreira considera, además, que el reclutamiento criminal debe
dejar de ser un asunto reservado a las pastorales que trabajan directamente con
las adicciones. Tiene que entrar también en la catequesis, la pastoral familiar
y otros espacios de la vida eclesial. Es
necesario, plantea, construir una estrategia específica para prevenirlo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Promueve el diálogo y la comunicación usando un lenguaje sencillo, preciso y respetuoso...