Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
(Martes
18 de agosto 2026. Vigésima semana tiempo ordinario, lecturas: Ezequiel
28,1-10. Salmo Dt. 32,26-36. San Mateo 19,23-30)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos invita a examinar nuestro corazón
para descubrir qué lugar ocupa Dios en nuestra vida. El tema que une las
lecturas es claro: dejarlo todo para seguir a Jesús, porque solo quien pone a
Dios en el primer lugar encuentra la verdadera riqueza y la vida eterna.
1.
Ezequiel 28,1-10: El peligro del orgullo y de la falsa
seguridad. En la primera lectura, el profeta Ezequiel dirige un mensaje al
príncipe de Tiro. Este hombre se había llenado de orgullo por su riqueza, su
poder y su éxito. Llegó a decir en su corazón: "Yo soy un dios".
Había olvidado que todo lo que tenía era un don de Dios.
Este
texto nos deja varias enseñanzas:
-
La riqueza, el poder y los bienes materiales no
nos hacen dueños de la vida.
-
El orgullo ciega el corazón y nos aleja de Dios.
-
Cuando el ser humano pone su confianza únicamente
en el dinero, termina perdiendo la paz y la verdadera felicidad.
-
Todo lo que poseemos es pasajero; solo Dios
permanece para siempre.
Hoy
también existe el peligro de creer que podemos vivir sin Dios, confiando
únicamente en nuestras capacidades, en el dinero o en la tecnología. El Señor
nos recuerda que la verdadera grandeza consiste en reconocer que dependemos de
Él.
2.
Deuteronomio 32,26-36: Dios nunca abandona a los que confían en Él. El
cántico de Moisés nos presenta a un Dios justo, que corrige a su pueblo cuando
se aparta de Él, pero también es un Dios lleno de misericordia.
El
Señor dice que Él mismo juzga a su pueblo y tiene compasión de sus servidores.
Esta
lectura nos enseña:
-
Dios permite pruebas para que volvamos a Él.
-
Ningún poder humano puede ocupar el lugar de Dios.
-
Cuando reconocemos nuestra pobreza espiritual,
experimentamos la misericordia del Señor.
-
Dios siempre está dispuesto a levantar al que se
arrepiente. ¡Qué hermoso saber que Dios nunca se cansa de esperarnos! Él no
quiere nuestra ruina, sino nuestra conversión.
3.
Mateo 19,23-30: Dejarlo todo para seguir a Jesús. En el Evangelio,
después de la partida del joven rico, Jesús afirma: "Qué difícil es que
un rico entre en el Reino de los cielos."
Jesús
no condena las riquezas en sí mismas. Lo que denuncia es el corazón esclavizado
por ellas.
Los
discípulos se sorprenden y preguntan: "Entonces, ¿quién
podrá salvarse?"
Jesús
responde:
"Para los hombres es imposible, pero para Dios todo es posible."
Pedro
entonces recuerda: "Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos
seguido."
Y
Jesús promete una recompensa inmensa para quienes renuncian por amor a Él.
¿Qué
significa dejarlo todo?
-
Dejar el egoísmo para vivir la caridad.
-
Dejar el orgullo para aprender la humildad.
-
Dejar el pecado para abrazar la gracia.
-
Dejar los apegos que nos impiden amar plenamente a
Dios.
-
Poner a Cristo por encima de cualquier interés
personal.
No
todos estamos llamados a abandonar nuestros bienes materiales, pero sí estamos
llamados a no convertirlos en nuestro dios.
Elementos
para nuestra vida.
-
Preguntémonos: ¿qué ocupa el primer lugar en mi
corazón: ¿Dios o las cosas materiales?
-
Vivamos con humildad, reconociendo que todo lo
hemos recibido del Señor.
-
Aprendamos a compartir con quienes más necesitan.
-
No pongamos nuestra seguridad únicamente en el
dinero, sino en la providencia de Dios.
-
Tengamos la valentía de dejar aquello que nos
aleja de Cristo.
-
Confiemos en que para Dios nada es imposible; Él
puede transformar nuestro corazón.
-
Sigamos a Jesús con generosidad, sabiendo que toda
renuncia hecha por amor será recompensada con creces.
Conclusión
Queridos
hermanos y hermanas, el Señor nos invita hoy a revisar nuestros apegos. No
basta con creer en Jesús; es necesario seguirlo, aunque eso implique renuncias,
sacrificios y desprendimiento. Quien deja algo por Cristo nunca pierde, porque
Dios siempre devuelve mucho más de lo que somos capaces de entregar: nos
concede la paz del corazón en esta vida y, al final del camino, la alegría
eterna en su Reino.
Que
la Santísima Virgen María, mujer pobre y totalmente disponible a la voluntad de
Dios, nos enseñe a desprendernos de todo aquello que nos impide seguir a su
Hijo con un corazón libre y generoso. Amén.


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