Fe y Vida | Infomadrid
18 de agosto: santa Elena, madre del
emperador Constantino
En un mesón propiedad de sus padres en Daprasano
(Nicomedia) nació pobre en el seno de una familia pagana. Allà pudo, en su
juventud, contemplar los efectos de las persecuciones mandadas desde Roma: vio
a los cristianos que eran tomados presos y metidos en las cárceles de donde
salÃan para ser atormentados cruelmente, quemados vivos o arrojados a las
fieras. Nunca lo entendió; ella conocÃa a algunos de ellos y alguna de las
cristianas muertas fueron sus amigas, ¿qué mal hacÃan para merecer la muerte? A
su entender, solo podÃa asegurar que eran personas excelentes.
San Ambrosio, que vivió en época inmediatamente
posterior, la describe como una mujer privilegiada en dones naturales y en
nobleza de corazón. Y asà debÃa de ser cuando se enamoró de ella Constancio, el
que lleva el sobrenombre de Cloro por el color pálido de su tez, general
valeroso y prefecto del pretorio durante Maximiano. TenÃa Elena 23 años al
contraer matrimonio. En Naïsus (Dardania) les nació, el 27 de febrero del 274,
el hijo que llegarÃa a ser César de Maximiano como Galerio lo fue de Diocleciano.
Pero no todo fueron alegrÃas. Elena fue repudiada por
motivos polÃticos en el 292 para poder casarse Constancio con la hijastra de
Maximiano y llegar a establecer asà el parentesco imprescindible entre los
miembros de la tetrarquÃa. Le costó mucho saberse pospuesta al deseo de poder
de su marido, pero esto lo aceptó mejor que el hecho de verse separada de su
hijo Constantino que pasó a educarse en el palacio junto a su padre y donde se
reveló como un fantástico organizador y estratega.
Muerto Constancio Cloro en el 306, Constantino decide
llevarse a su madre a vivir con él a la corte de Tréveris. En esta época aún no
hay certeza histórica de que su madre fuera cristiana. SÃ, cuando –por
testimonio de Eusebio de Cesarea– aparezca sobre el sol el signo de la cruz con
motivo de la batalla de Saxa Rubra y la
leyenda «con este signo vencerás» que dio el triunfo a Constantino y lo hizo
único Emperador de Roma, en el 312.
Aunque el emperador retrasará su bautismo hasta la
misma muerte, es complaciente con la condición de cristiana que tiene su madre,
que daba sonados ejemplos de humildad y caridad. Incluso parece descubrirse la
influencia materna tras el Edicto de Milán que prohibÃa la persecución de los
cristianos y los edictos posteriores que terminan vetando el culto a los dioses
lares. Agasaja a su madre haciéndola Augusta, acuña monedas con su efigie y le
facilita levantar iglesias.
En el 326, Elena está con su hijo en Bizancio, a
orillas del Bósforo. Aunque se aproxima ya a los setenta años alienta en su
espÃritu un deseo altamente repensado y nunca confesado, pero que cada dÃa
crece y toma fuerza en su alma; anhela ver, tocar, palpar y venerar el sagrado
leño donde Cristo entregó su vida por todos los hombres. Organiza un viaje a
los Santos Lugares en cuyo relato se mezclan todos los elementos imaginables
pertenecientes al mundo de la fábula por tratarse del desplazamiento de la primera
dama del Imperio a los humildes y lejanos lugares donde nació, vivió, sufrió y
resucitó el Redentor. Pero, aparte de todo lo que de fantástico pueda haber en
los relatos, fuentes suficientemente atendibles como Crisóstomo, Ambrosio,
Paulino de Nola y Sulpicio Severo refieren que se dedicó a una afanosa búsqueda
de la Santa Cruz con resultados negativos entre los cristianos que no saben dar
respuesta satisfactoria a sus pesquisas. Sintiéndose frustrada, pasa a indagar
entre los judÃos hasta encontrar a un tal Judas que le revela el secreto
rigurosamente guardado entre una facción de ellos que, para privar a los
cristianos de su sÃmbolo, decidieron arrojar a un pozo las tres cruces del
Calvario y lo cegaron luego con tierra.
Las excavaciones resultaron con éxito. Aparecieron las
tres cruces con gran júbilo de Elena. Sacadas a la luz, solo resta ahora la
grave dificultad de llegar a determinar aquella en la que estuvo clavado Jesús.
Relatan que el obispo Demetrio tuvo la idea de organizar una procesión solemne,
con toda la veneración que el asunto requerÃa, rezando plegarias y cantando
salmodias, para poner sobre las cruces descubiertas el cuerpo de una cristiana
moribunda por si Dios quisiera mostrar la Vera Cruz. El milagro se produjo al
ser colocada en sus parihuelas sobre la tercera de las cruces la pobre enferma
que recuperó milagrosamente la salud.
Tres partes mandó hacer Elena de la Cruz. Una se
trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma
donde se conserva y venera en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén.
No han faltado autores que atribuyan a la fábula el
hecho de la invención por Elena basándose
principalmente en que no hay noticia expresa de tamaño acontecimiento hasta un
siglo después. Ciertamente es asÃ, pero lo resuelven otros estudiosos afirmando
que la fuente histórica que relata los acontecimientos es el historiador contemporáneo
Eusebio de Cesarea, al que en su Vita Constantini solo
le interesan los acontecimientos realizados por Constantino, bien porque sigue
los cánones de la historia contemporánea, o quizá porque solo le interesa
adular a su anfitrión.
Murió Elena sin que sepamos el sitio ni la fecha. Su
hijo Constantino dispuso trasladar sus restos con gran solemnidad a la Ciudad
Eterna y parte de ellos se conservan en la iglesia Ara Coeli, dedicada a Santa Elena, la mujer que dejó
testimonio tangible y visible en unos maderos del paso salvador por la tierra
de Jesús, el Hijo de Dios encarnado.


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