Actualidad | Patricia Ynestroza
Ante el extractivismo en
América Latina: diálogo con las comunidades afectadas
En el IV
encuentro impulsado desde la perspectiva de Fratelli Tutti para abordar entre
otros, los desafíos del extractivismo en América Latina, Monseñor Manuel
Ochogavía Barahona defiende una participación en igualdad de condiciones de las
comunidades, los Estados, las empresas y las organizaciones sociales, y pide
respetar el derecho de los pueblos a rechazar proyectos extractivos en sus
territorios.
En el IV
encuentro impulsado en el marco de Fratelli Tutti para abordar
los desafíos sociales y ambientales de América Latina, la Iglesia reclama un
diálogo en el que tengan voz todos los actores implicados en los procesos
extractivos, especialmente las comunidades que sufren directamente sus
consecuencias. Monseñor Manuel Ochogavía Barahona, obispo agustino de
Colón-Kunayala, Panamá, y miembro de la Red Iglesias y Minería, subraya que no
puede existir un diálogo verdaderamente inclusivo si las víctimas del
extractivismo quedan fuera de la mesa.
Estos
encuentros, se realizan desde 2022 y reúne a representantes de sindicatos,
empresas, organismos internacionales, universidades y organizaciones
eclesiales. Se busca avanzar desde la escucha y el discernimiento hacia
acciones concretas. Para el obispo, uno de los principales desafíos consiste
precisamente en garantizar que quienes viven en los territorios afectados
puedan participar en condiciones de igualdad.
“Es necesario
que los actores estén todos presentes”, afirma. En su opinión, la presencia de
las comunidades afectadas resulta fundamental para comprender las consecuencias
que tienen las actividades extractivas sobre las personas y los territorios. No
se trata únicamente de la minería, sino también de la explotación de la madera,
los recursos hídricos y los recursos pesqueros.
Un momento del IV encuentro sinodal
Una realidad que va más allá de la minería
Ochogavía
Barahona explica a Vatican News que las redes de ecología integral presentes en
América Latina llegan a este tipo de encuentros desde las realidades concretas
de las comunidades. Menciona, entre otras, las redes panamericana,
mesoamericana, amazónica y del Gran Chaco, que han surgido o se han fortalecido
bajo el impulso del magisterio del Papa Francisco y de sus enseñanzas sobre el
cuidado de la casa común.
Desde esa
perspectiva, el extractivismo, dijo, plantea una cuestión que afecta tanto a
las poblaciones como a los ecosistemas. Por ello, sostiene que el diálogo debe
ser inclusivo y desarrollarse desde la equidad, con la participación efectiva
de quienes padecen las consecuencias de determinadas actividades económicas.
El obispo
considera que el acercamiento entre los distintos actores constituye ya un
primer paso. “El poder acercarnos y poder hablar las cosas” representa, a su
juicio, un punto de partida para asumir responsabilidades compartidas, aunque
evita hacer pronósticos sobre hasta dónde podrán llegar estos procesos de
diálogo.
Una llamada a la conversión
Para el obispo
de Colón, asumir estas responsabilidades exige también una conversión. Recupera
así uno de los grandes legados del magisterio del Papa Francisco: la necesidad
de una conversión que no sea únicamente pastoral, sino que alcance a todos los
agentes presentes en los territorios.
La Iglesia,
afirma, debe ofrecer un espacio de encuentro y mantener una misión que
considera irrenunciable: ser “voz de los sin voz”. En este sentido, reclama que
las Iglesias latinoamericanas retomen su opción preferencial por los pobres y
no permanezcan al margen de las situaciones que afectan a las comunidades más
vulnerables.
El obispo
confía además en que el Papa León pueda animar y orientar este diálogo. Destaca
su conocimiento de América Latina y su experiencia en distintos contextos de la
región, incluidos territorios mineros, barrios pobres y zonas marcadas por
conflictos humanos y ambientales.
No existe una solución única para América Latina
Para el obispo
es necesario reconocer que América Latina no constituye una realidad homogénea.
Los países del continente presentan historias, situaciones políticas y
estructuras sociales y económicas diferentes. Por ello, considera que sería un
error pretender aplicar una única solución a todos los conflictos relacionados
con el extractivismo. El punto de partida, sostiene, debe ser reconocer las
particularidades de cada territorio.
Junto a ello,
insiste en la necesidad de fortalecer un verdadero diálogo social y de
incorporar a quienes hasta ahora no han tenido suficiente presencia en estos
espacios: las víctimas y las comunidades afectadas. El extractivismo, advierte,
puede representar una oportunidad económica, pero también puede convertirse —y
ya lo está haciendo en determinados lugares— en una fuente de graves
consecuencias y sufrimiento. Por eso reclama estudios ambientales objetivos,
alejados de posibles intereses vinculados a los sectores extractivos.
Mons. Manuel Ochogavía, obispo de Colón Panamá
El Estado no puede ser sustituido
Otro de los
elementos que considera esenciales es el papel de los Estados. Ochogavía
Barahona advierte del riesgo de que las compañías extractivas ocupen espacios
que corresponden a las instituciones públicas dentro de las comunidades. A
su juicio, esa sustitución puede poner en riesgo la soberanía de los Estados y
debilitar su responsabilidad en la defensa de los derechos humanos y
ambientales. Por ello, el obispo reivindica la gobernabilidad y un Estado que
actúe como garante de los derechos de la sociedad.
Esta
preocupación adquiere especial relevancia, señala, en un contexto de fragilidad
de los procesos democráticos y de participación en América Latina. La Iglesia,
considera, puede contribuir en este ámbito, pero sin sustituir las funciones
propias del Estado. En esta línea, el prelado defiende también el derecho de
las comunidades a disentir. Si una población no quiere un proyecto extractivo
en su territorio, afirma, esa decisión debe ser respetada. El derecho a
expresar el desacuerdo debe protegerse frente a decisiones de empresas o
gobiernos vinculados a intereses extractivos.
El obispo
alerta asimismo sobre las situaciones de persecución que pueden sufrir quienes
se oponen a determinadas líneas oficiales o proyectos, un fenómeno que, según
denuncia, está generando “dolor” y “tristeza” en distintos lugares de América
Latina.
La ética del dinero
Durante su
intervención, Ochoa Gavía Barahona incorpora además una cuestión que considera
poco abordada en estos debates: la ética del dinero.
El obispo no
cuestiona la importancia de los recursos económicos para el desarrollo y
reconoce que estos pueden favorecer el acceso a bienes y servicios esenciales
como la salud, la educación o las comunicaciones. Sin embargo, sostiene que no
puede considerarse legítimo cualquier dinero únicamente por el hecho de
contribuir al desarrollo.
“También tiene
que tener una ética”, señala al referirse al dinero. Para la Iglesia, explica,
resulta necesario preguntarse de dónde proceden los recursos y qué
consecuencias pueden tener las actividades que los generan.
Esta reflexión
alcanza también a la propia Iglesia. Ochogavía Barahona reconoce que la
institución ha recibido en ocasiones recursos que pueden plantear interrogantes
éticos y considera necesario realizar un examen de conciencia. La
transparencia, añade, es fundamental para preservar la credibilidad de la
Iglesia y permitirle acompañar mejor a las comunidades.
Otro momento del encuentro
Una Iglesia transparente y cercana a las comunidades
Para el
obispo, la transparencia no es un elemento secundario, sino una condición
indispensable para el testimonio de la Iglesia. Y recuerda una petición
recurrente del Papa Francisco reclamando una Iglesia transparente, capaz
de hablar desde el Evangelio y de acompañar a los pueblos desde la
credibilidad.
Para el
prelado, el desafío no consiste únicamente en reunir a empresas, sindicatos,
instituciones y organizaciones sociales, sino en garantizar que quienes viven
las consecuencias de las decisiones también puedan participar en ellas.


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