La Iglesia Hoy | Guglielmo Gallone
Haití: La Iglesia permanece
a pesar de la violencia
Maddalena
Boschetti, misionera de fidei donum, da testimonio mientras El Salvador
refuerza su presencia militar en el país tras la desaparición de cuatro
soldados. Casi 1,5 millones de personas han sido desplazadas y la crisis
política persiste. La situación en Puerto Príncipe se deteriora drásticamente,
especialmente en el norte de la capital.
«Lo digo, lo
grito, lo proclamo: debemos estar donde más se necesita. Construir la paz no
significa hacerlo solo en lugares donde no hay guerra. Es precisamente donde
hay guerra, donde hay violencia, donde existe la mayor necesidad de paz, donde
debemos comprometernos a construirla. También a través de estas decisiones».
Este es el clamor de auxilio y valentía que Maddalena Boschetti, misionera de fidei
donum, confió a los medios del Vaticano.
Habla desde
Haití, donde la violencia de las pandillas sigue perturbando la vida de
millones de personas y donde, en los últimos días, la desaparición de cuatro
soldados salvadoreños ha desencadenado una nueva escalada. El país caribeño, ya
marcado por años de inestabilidad política, crisis humanitaria y conflicto
armado, se enfrenta ahora a un refuerzo masivo de la presencia militar
salvadoreña, decidido por el presidente Nayib Bukele, para encontrar a los
cuatro desaparecidos. Y mientras los ejércitos se movilizan, son una vez más
los civiles quienes pagan el precio más alto.
Resistencia en Puerto Príncipe
La misionera
está viviendo esta situación en primera persona. Ella comparte su experiencia:
«El domingo pasado, 18 de octubre, empecé a recibir mensajes sobre uno de los
grupos de seguridad de los que formo parte. Había informes de ataques,
enfrentamientos y explosiones causadas por drones. Todo esto ocurría en una
zona particularmente sensible para mí, porque algunos de mis chicos están allí,
así como un hogar que también administramos en nombre de la Comunidad Papa Juan
XXIII». Se trata de un albergue que lleva varios años brindando apoyo a los
niños y familias más vulnerables obligados a viajar a Puerto Príncipe para
recibir atención médica. Está ubicado cerca de los hospitales San Camilo y San
Luca, en una zona estratégica para la conexión con el resto del país, pero que
desde hace tiempo es objeto de disputa entre bandas criminales.
Se trata de
dos entidades eclesiales que colaboran y se apoyan mutuamente para llevar a
cabo una buena labor. "Una labor -explica Maddalena -que, en cuestión de
horas, se vio inmersa en una guerra que se libraba a pocas cuadras de
distancia. El 18 de octubre, en la zona de Croix-des-Bouquets, en las afueras
de la capital, un vehículo blindado que transportaba a cuatro técnicos de la
Fuerza Aérea salvadoreña fue atacado por hombres armados. Tras recibir impactos
de bala y explosivos, el vehículo se incendió. Los cuatro soldados lograron
escapar, pero desde entonces se encuentran desaparecidos. Eran miembros de la
fuerza internacional que apoyaba a la policía haitiana en la lucha contra las
bandas armadas. El incidente provocó la reacción del presidente salvadoreño
Nayib Bukele, quien anunció una operación militar para rescatar a sus hombres.
El 27 de
octubre, un funcionario de seguridad haitiano declaró a Reuters que
aproximadamente 1.000 soldados salvadoreños ya habían sido enviados al país. El
29 de octubre surgió la posibilidad de un despliegue total de más de 2.000
soldados, acordado durante los contactos entre Bukele y el primer ministro
haitiano Alix Didier Fils-Aimé. Sin embargo, la cadena de mando y la duración
de la operación aún no están claras.
«En tan solo
cuatro o cinco días pasamos de unas pocas docenas de soldados salvadoreños, en
su mayoría técnicos especializados, a la llegada de un contingente mucho mayor,
entrenado para operaciones de guerra», afirma Boschetti. «Están llegando más
recursos y se percibe claramente la posibilidad de una respuesta muy
contundente. La población ha comenzado a desplazarse. Miles de personas ya han
abandonado esas zonas».
Rescatando a los más necesitados
En este
escenario, la principal preocupación de la misionera fue salvar a los niños del
albergue. «En cuanto pude, pedí que evacuaran a los más vulnerables. Entre
ellos, había una niña ciega, a quien conocemos desde pequeña. Estaba allí
también porque hay una escuela para ciegos cerca. Nuestros niños y jóvenes
tienen historias muy especiales, y tratamos de protegerlos en todo lo posible».
Sin embargo,
no todos abandonaron el albergue. Davide, el joven encargado, decidió quedarse.
«Es uno de los niños que, hace tres años, vino a saludar al Papa Francisco. Es
una de las personas en las que más confío. No se quedó por imprudencia, sino
porque vive en una situación en la que todos los que no tienen alternativas
concretas eligen quedarse. Se quedan porque es su hogar»- continuó diciendo
Maddalena.
La decisión de
Davide ilustra uno de los aspectos más dramáticos de la crisis haitiana.
Abandonar tu hogar puede significar perderlo para siempre: "Cuando una
persona se marcha, los delincuentes suelen aprovecharse: entran, ocupan la casa
y se apoderan de ella, sin luego devolverla a sus legítimos dueños. Es una situación extremadamente delicada".
Una red de solidaridad
Mientras
tanto, se ha desarrollado una red de solidaridad en torno al centro entre las
comunidades religiosas que aún permanecen allí. Los Padres Scalabrinianos
también trabajan en las cercanías, con quienes la misionera mantiene contacto
constante. «Cuando vimos cómo evolucionaba la situación, empecé a contactarlos
para asegurarme de que se quedarían. Su presencia representa una señal
importante: Davide y los demás pueden contar con ellos, al igual que los Padres
pueden contar con Davide y su capacidad para afrontar situaciones tan
difíciles».
Esta
solidaridad adquiere un significado aún más profundo en un país donde la
violencia ha alcanzado proporciones nacionales. Según las Naciones Unidas, casi
1,5 millones de haitianos se han visto obligados a huir de sus hogares debido a
la inseguridad. Más de 740.000 son niños. Entre julio y septiembre de 2026, las
agencias de la ONU documentaron más de mil muertes y más de cien secuestros.
El 28 de
octubre, un nuevo análisis del Programa Mundial de Alimentos, basado en
estudios realizados por la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria
(IPC), reveló que entre marzo y junio de 2027, 6,35 millones de haitianos
podrían enfrentar una grave inseguridad alimentaria. Esto representa un aumento
de más de medio millón de personas en comparación con el mismo período de 2026.
Dentro de este grupo, casi dos millones de personas podrían enfrentar niveles
de hambre de "emergencia" (Fase 4 de la IPC), lo que significa que
sufrirán una grave escasez de alimentos y podrían verse obligadas a recurrir a
medidas extremas para satisfacer sus necesidades alimentarias básicas.
La respuesta internacional
La respuesta
internacional hasta el momento no ha logrado revertir esta tendencia. La Fuerza
de Represión de Pandillas, la fuerza multinacional autorizada por el Consejo de
Seguridad de la ONU para apoyar a la policía haitiana, aún cuenta con muchos
menos efectivos que los 5.500 previstos. A finales de octubre, la fuerza
contaba con aproximadamente 2.000 efectivos, según la información disponible
antes del refuerzo salvadoreño.
La parálisis
de las instituciones haitianas complica aún más la situación. Haití no ha
celebrado elecciones nacionales desde 2016, y en las últimas horas, el Consejo
Electoral Provisional ha vuelto a modificar el calendario: la primera vuelta de
las elecciones presidenciales y legislativas, inicialmente prevista para
diciembre de 2026, se ha pospuesto hasta el 18 de julio de 2027.

Miembros del ejército salvadoreño desfilan durante las celebraciones del
205 aniversario de la independencia de El Salvador, en septiembre de 2026.
(AFP or licensors)
"Seguimos al lado del pueblo"
Se trata de
una crisis entrelazada con la violencia de las pandillas, la debilidad del
Estado, la intervención extranjera y una emergencia humanitaria cada vez más
grave. Pero es precisamente en este contexto que Maddalena Boschetti nos insta
a no olvidar la presencia diaria de la Iglesia y de quienes siguen trabajando
junto a las comunidades más vulnerables.
«Las
comunidades religiosas con las que contacté - relata la misionera - me dijeron
de inmediato con claridad: “Seguimos al lado del pueblo”. Creo que este es el
testimonio más grande y hermoso que nuestra Iglesia sigue ofreciendo en medio
de tanta violencia». Los jóvenes que trabajan con ella también han desarrollado
la misma convicción. «A pesar de todo lo que está sucediendo, siguen ahí porque
quieren estar presentes. Con sus decisiones, demuestran su voluntad de asumir
responsabilidades, su deseo de ayudar y su anhelo de continuar la labor
misionera».



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