Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
Ser del Señor: Servirle con fidelidad
(Miércoles
21 de octubre 2026. Vigésima novena semana tiempo ordinario, lecturas: Efesios
3,2-12; Salmo Isaías 12; San Lucas 12,39-48)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios que hoy escuchamos nos invita a reflexionar sobre nuestra
identidad cristiana y nuestra responsabilidad como discípulos del Señor. Ser
del Señor no significa solamente estar bautizados, asistir a la Iglesia
o participar en la celebración de la Eucaristía. Ser del Señor significa
pertenecerle con todo el corazón, vivir de acuerdo con su Palabra y poner
nuestros dones al servicio de los demás.
El
tema de nuestra reflexión es: «Ser del Señor: servirle con fidelidad».
Dios nos ha llamado a cada uno por nuestro nombre, nos ha confiado una misión y
espera que la realicemos con amor, responsabilidad y perseverancia.
1.
Primera lectura: Efesios 3,2-12. Somos llamados a anunciar el misterio de Dios.
San
Pablo nos habla de la gracia que ha recibido de Dios para anunciar a los
pueblos el misterio de Cristo. El apóstol comprende que su misión no es un
mérito personal, sino un regalo que el Señor le ha confiado.
Pablo
ha sido llamado para anunciar que todos los pueblos están invitados a
participar de la salvación de Dios por medio de Jesucristo. Nadie queda
excluido de su amor. Todos podemos acercarnos al Padre con confianza, gracias a
la fe en Cristo.
¿Qué
nos enseña esta lectura para nuestra vida?
-
Reconocer que nuestra vocación es un regalo de Dios. Nuestra
vida, nuestra fe y nuestros talentos son dones recibidos. No debemos creernos
superiores a los demás, sino agradecer lo que Dios nos ha concedido.
-
Comprender que todos tenemos una misión. No solamente el
sacerdote, el diácono o los agentes pastorales tienen responsabilidades en la
Iglesia. Cada bautizado está llamado a anunciar a Jesucristo con su palabra,
sus obras y su manera de vivir.
-
Vivir una fe abierta a todos. El amor de Dios no tiene fronteras. Por eso, no
podemos excluir a nadie por su condición económica, su origen, sus errores o su
situación familiar.
-
Servir sin buscar protagonismo. San Pablo no anuncia su propia grandeza,
sino la riqueza de Cristo. También nosotros debemos procurar que nuestras
acciones conduzcan a los demás hacia el Señor y no hacia nuestra propia
vanidad.
-
Acercarnos a Dios con confianza. La fe nos permite vivir sin desesperación,
incluso en medio de las dificultades, porque sabemos que tenemos un Padre que
nos ama y nos sostiene.
Hermanos
y hermanas, ser del Señor es reconocer que nuestra vida tiene una finalidad.
Dios nos ha confiado una misión en nuestra familia, en nuestro trabajo, en
nuestra comunidad y en nuestra parroquia. No podemos vivir solamente pensando
en nosotros mismos. El cristiano que ha conocido el amor de Dios siente la
necesidad de compartirlo.
Preguntémonos: ¿Estoy
poniendo mis dones al servicio del Señor? ¿Mi manera de vivir ayuda a otras
personas a acercarse a Dios? ¿Soy instrumento de unidad o motivo de división?
2.
Salmo de Isaías 12: Demos gracias al Señor y anunciemos sus maravillas
El
cántico de Isaías es una oración de confianza, alegría y agradecimiento. El
profeta proclama que Dios es nuestra salvación, nuestra fuerza y nuestro
refugio. Por eso, invita al pueblo a darle gracias, invocar su nombre y
anunciar sus maravillas entre las naciones.
Esta
lectura nos recuerda que el servicio cristiano nace de un corazón agradecido.
Quien descubre cuánto ha recibido de Dios no vive quejándose continuamente ni
utiliza sus dones únicamente para su propio beneficio. Aprende a dar gracias y
a compartir.
Algunos
elementos para nuestra vida son los siguientes:
-
Agradecer antes que lamentarnos. Aunque tengamos problemas, siempre
podemos encontrar motivos para agradecer a Dios: la vida, la familia, la fe, la
salud que conservamos y las personas que nos acompañan.
-
Hacer de Dios nuestra fuerza. No todo depende de nuestras capacidades.
Cuando nos sentimos débiles, podemos acudir al Señor mediante la oración y
encontrar en Él fortaleza para continuar.
-
Anunciar las maravillas de Dios. Nuestra fe no debe quedarse encerrada
en el templo. Hay que llevar esperanza a los hogares, consuelo a los enfermos,
solidaridad a los pobres y reconciliación a las familias.
-
Dar testimonio con alegría. Un cristiano que vive amargado, lleno de rencor
y sin esperanza puede oscurecer el mensaje que anuncia. Nuestra alegría no
consiste en carecer de problemas, sino en saber que Dios permanece con
nosotros.
Hermanos
y hermanas, cuando damos gracias a Dios, aprendemos también a valorar a las
personas que Él ha puesto en nuestro camino. El esposo agradece a su esposa;
los hijos reconocen el sacrificio de sus padres; los servidores de la Iglesia
valoran el trabajo de sus compañeros; y todos aprendemos a reconocer el bien
que hacen los demás.
La
fidelidad al Señor se manifiesta también en un corazón agradecido, capaz de
reconocer que todo lo bueno que tenemos es una oportunidad para amar y servir.
3.
Evangelio: San Lucas 12,39-48. El Señor espera que seamos servidores fieles
En
el Evangelio, Jesús nos exhorta a estar preparados porque no sabemos el momento
en que llegará el Hijo del hombre. Después presenta la imagen del administrador
fiel y prudente, encargado de cuidar y alimentar a los servidores de su señor.
El
administrador fiel no vive despreocupado ni utiliza su autoridad para maltratar
a los demás. Cumple su responsabilidad y permanece atento a lo que se le ha
confiado.
Jesús
concluye con una enseñanza importante: a quien mucho se le dio, mucho se le
exigirá. Esto significa que los dones y las responsabilidades que recibimos de
Dios deben utilizarse para el bien.
¿Qué
elementos concretos podemos llevar a nuestra vida?
-
Vivir preparados para encontrarnos con el Señor. Estar preparados no
significa vivir con miedo, sino vivir cada día en gracia de Dios, procurando
hacer el bien y reconciliándonos con quienes hemos ofendido.
-
Ser fieles en las pequeñas cosas. La fidelidad se demuestra en lo
cotidiano: cumplir la palabra dada, trabajar honradamente, respetar a la
familia, cuidar a los enfermos y atender con responsabilidad nuestras
obligaciones.
-
No abusar de la confianza recibida. Quien tiene autoridad en la familia,
en la Iglesia o en la sociedad debe ejercerla para servir, no para humillar,
dominar o aprovecharse de los demás.
-
Administrar bien los dones de Dios. El tiempo, el dinero,
los conocimientos, los cargos y las capacidades no son solamente para nuestro
beneficio. Debemos emplearlos con responsabilidad y generosidad.
-
Ser responsables según lo que hemos recibido. A cada persona se le
pide responder por los dones y las oportunidades que ha tenido. No basta con
decir: «Yo no hago mal a nadie»; también debemos preguntarnos qué bien estamos
dejando de hacer.
-
No confundir la paciencia de Dios con permiso para hacer el mal. Que el Señor
nos dé tiempo para cambiar no significa que podamos vivir irresponsablemente.
Su misericordia es una invitación a la conversión.
Pensemos
especialmente en nuestros servicios dentro de la Iglesia. El que proclama la
Palabra, el que distribuye la Eucaristía, el que visita a los enfermos, el que
organiza una actividad parroquial y el que ayuda discretamente a una familia
necesitada deben recordar que su servicio es una responsabilidad ante Dios.
No
se trata de ocupar un puesto importante, sino de cumplir fielmente la misión
recibida. No es más grande quien tiene más autoridad, sino quien sirve con
mayor amor.
Conclusión:
Que el Señor nos encuentre sirviendo
Queridos
hermanos y hermanas, las tres lecturas nos dejan un mensaje que debemos llevar
en el corazón: San Pablo nos recuerda que hemos recibido una misión; el cántico
de Isaías nos invita a vivir agradecidos y anunciar la salvación; y el
Evangelio nos exhorta a permanecer vigilantes y ser administradores fieles.
Ser
del Señor es vivir para Él, servir a los hermanos y responder con fidelidad a
la misión que hemos recibido.
Por
eso, al terminar esta reflexión, preguntémonos:
1.
¿Estoy viviendo como una persona que pertenece verdaderamente al Señor?
2.
¿Utilizo mis dones para ayudar a los demás o solamente para mi propio
beneficio?
3.
¿Soy fiel a mis compromisos familiares, laborales, sociales y cristianos?
4.
Si el Señor viniera hoy a mi encuentro, ¿me encontraría sirviendo con amor o
viviendo indiferente a las necesidades de los demás?
Pidamos
al Señor que nos conceda un corazón humilde, agradecido y generoso. Que no nos
cansemos de hacer el bien, que no abandonemos nuestra misión ante las
dificultades y que sepamos servir incluso cuando nadie nos aplauda ni reconozca
nuestro trabajo.
Porque
la verdadera fidelidad no consiste solamente en comenzar bien, sino en
perseverar en el amor hasta el final.
Que
cuando el Señor venga, nos encuentre con la lámpara de la fe encendida, las
manos dispuestas a servir y el corazón lleno de amor. Amén.



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