Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc
Mantener encendida la lámpara de la fe
(Domingo
8 de noviembre 2026. Trigésima segunda semana tiempo ordinario, lecturas:
Sabiduría 6,13-17; Salmo 62; 1 Tesalonicenses 4,12-17; San Mateo 25,1-13)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de hoy nos invita a mantener encendida la lámpara de nuestra
fe, a vivir preparados para el encuentro con el Señor y a no permitir que las
preocupaciones de la vida apaguen nuestra esperanza. Ser cristiano no consiste
solamente en estar bautizado o asistir a la iglesia; significa vivir cada día
unidos a Dios, practicando el bien y permaneciendo fieles a su amor.
Veamos
algunos elementos concretos de las lecturas que nos pueden ayudar en nuestra
vida.
1-
Primera lectura, (Sabiduría 6,13-17). La sabiduría
está al alcance de quienes la buscan.
Elementos:
1ro.
Buscar a Dios cada día.
La
primera lectura nos presenta la sabiduría como algo que sale al encuentro de
quienes la buscan. Dios no se esconde de nosotros; quiere que lo conozcamos,
que aprendamos a escuchar su Palabra y que descubramos su voluntad.
En
la vida diaria, muchas personas buscan dinero, reconocimiento, bienestar y
comodidades, pero dedican poco tiempo a buscar a Dios. Nos preocupamos por
resolver los problemas de la casa, el trabajo y la familia, pero a veces
olvidamos alimentar nuestra vida espiritual.
- Dediquemos
unos minutos cada día a la oración.
- Leamos la
Palabra de Dios y procuremos ponerla en práctica.
- Antes de
tomar decisiones importantes, preguntémonos: ¿Esto agrada a Dios? ¿Me
ayuda a crecer como persona y como cristiano?
2do.
La fe necesita alimentarse.
Así
como el cuerpo necesita alimento, nuestra fe necesita oración, Eucaristía,
formación cristiana y buenas obras. Una fe que no se alimenta puede debilitarse
ante las dificultades.
No
esperemos a tener problemas para buscar a Dios. Busquémoslo también
cuando las cosas marchan bien, cuando tenemos salud, cuando hay trabajo y
cuando nuestra familia disfruta de tranquilidad.
3ro.
La sabiduría nos enseña a vivir correctamente.
No
basta con tener muchos conocimientos; necesitamos aprender a vivir con
humildad, justicia y amor. Una persona sabia sabe perdonar, controlar sus
palabras, reconocer sus errores y tratar a los demás con respeto.
Hermanos,
mantengamos encendida la lámpara de la fe buscando la sabiduría que viene de
Dios y aplicándola a las situaciones concretas de nuestra vida.
2.
Salmo 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor.
El
salmista expresa su deseo profundo de encontrarse con Dios. Su alma tiene sed
del Señor, como la tierra reseca necesita agua.
4to. Reconocer que necesitamos a Dios.
Todos
experimentamos alguna clase de sed: sed de amor, de paz, de
comprensión, de esperanza y de felicidad. Muchas veces intentamos llenar ese
vacío con cosas materiales, diversiones o éxitos pasajeros, pero seguimos
sintiendo que nos falta algo.
Solo
Dios puede dar sentido profundo a nuestra existencia. Esto no significa
despreciar las cosas buenas de la vida, sino reconocer que ninguna de ellas
puede ocupar el lugar que le corresponde a Dios en nuestro corazón.
5to. Orar incluso en los momentos difíciles.
La
fe no nos libra de todos los problemas, pero nos ayuda a enfrentarlos con
esperanza. Cuando llega una enfermedad, una dificultad económica, un conflicto
familiar o la pérdida de un ser querido, no dejemos de orar.
Podemos
decir sencillamente: «Señor, no entiendo todo lo que me sucede, pero confío en
ti. Dame fuerzas para seguir adelante».
6to. Dar testimonio de nuestra fe con alegría.
Quien
vive unido a Dios procura transmitir paz, esperanza y confianza. En lugar de
vivir quejándonos continuamente, aprendamos a agradecer lo que tenemos y a
compartir con quienes necesitan ayuda.
La
lámpara de nuestra fe ilumina cuando nuestras palabras y acciones ayudan a
otros a acercarse a Dios.
3.
Segunda lectura: (1 Tesalonicenses 4,12-17) Vivir con esperanza ante la muerte.
San
Pablo consuela a los cristianos que estaban tristes por la muerte de sus seres
queridos. Les recuerda que no deben entristecerse como quienes no tienen
esperanza, porque Jesús murió y resucitó, y nuestra esperanza está puesta en
él.
7mo. La muerte no tiene la última palabra.
Para
nosotros, los cristianos, la muerte es una realidad dolorosa, pero no es el
final definitivo de la existencia. Creemos en Jesucristo resucitado y esperamos
participar de su vida eterna. Esta esperanza nos invita a vivir preparados, no
con miedo, sino con confianza en la misericordia de Dios.
8vo. Valorar a nuestros seres queridos mientras
están con nosotros.
A
veces esperamos que una persona muera para expresarle cuánto la queríamos.
Mientras tenemos a nuestros padres, hijos, hermanos, amigos y compañeros,
debemos demostrarles nuestro amor.
- Visitemos a
los enfermos y a las personas mayores.
- Busquemos
la reconciliación cuando haya conflictos familiares.
- No dejemos
que el orgullo nos impida pedir perdón.
- Dediquemos
tiempo a quienes se sienten solos. La mejor preparación para
encontrarnos con el Señor es aprender a amar hoy.
9no.
Mantener viva la esperanza en medio del
sufrimiento.
Hay
personas que han perdido la alegría porque atraviesan situaciones difíciles.
Nuestra misión como cristianos es acompañarlas, escucharlas y recordarles que
Dios no las abandona. Una palabra de consuelo, una visita o una ayuda concreta
pueden convertirse en una luz en medio de la oscuridad.
Hermanos,
mantengamos encendida la lámpara de la fe, recordando que nuestra vida está en
manos de Dios y que estamos llamados a vivir eternamente con él.
4.
Evangelio:(San Mateo 25,1-13) Las diez vírgenes y la lámpara encendida
Jesús
nos presenta diez vírgenes que salieron al encuentro del esposo. Cinco eran
prudentes y llevaron aceite para sus lámparas; las otras cinco eran descuidadas
y no se prepararon suficientemente. Cuando llegó el esposo, las prudentes
estaban listas para entrar al banquete. La enseñanza de Jesús es clara: «Estén
preparados, porque no saben ni el día ni la hora».
10mo.
No dejar para mañana nuestra conversión.
Las
jóvenes descuidadas pensaban que podían resolver después lo que no habían
preparado a tiempo. También nosotros podemos caer en ese error: mañana
comenzaré a orar, mañana dejaré ese vicio, mañana perdonaré, mañana volveré a
la Iglesia.
Pero
la vida cristiana se construye hoy. No esperemos a que llegue
una enfermedad, una crisis o una situación dolorosa para reconciliarnos con
Dios.
11mo.
El aceite representa nuestra vida de fe
y nuestras buenas obras.
La
lámpara puede representar nuestra fe, y el aceite, aquello que la mantiene
viva: la oración, el amor, la fidelidad, la caridad y la perseverancia. No
basta con llevar una cruz al cuello, tener una imagen religiosa en casa o decir
que somos cristianos. Es necesario que nuestra fe se manifieste en la manera de
tratar a los demás.
Preguntémonos:
- ¿Estoy
ayudando a quien necesita de mí?
- ¿Estoy
siendo honesto en mi trabajo y en mis negocios?
- ¿Estoy
cumpliendo mis responsabilidades familiares?
- ¿Estoy
perdonando o guardo rencor?
- ¿Estoy
dedicando tiempo a Dios?
Las
respuestas nos ayudarán a descubrir si nuestra lámpara está verdaderamente
encendida.
12do.
Nadie puede vivir nuestra fe en nuestro
lugar.
Las
jóvenes prudentes no podían entregar su aceite a las descuidadas. Esto nos
recuerda que otras personas pueden acompañarnos, aconsejarnos y ayudarnos, pero
cada uno debe asumir su propia responsabilidad ante Dios.
No
podemos vivir de la fe de nuestros padres, de la oración de nuestra abuela o de
la fidelidad de nuestro esposo o esposa. Cada uno necesita cultivar su relación
personal con Jesucristo.
A
los padres les corresponde enseñar la fe a sus hijos; a los hijos, responder
con responsabilidad; y a toda la comunidad cristiana, ayudarse mutuamente a
perseverar.
13.
No permitir que se apague nuestra lámpara.
El
cansancio, los problemas económicos, las decepciones, las tentaciones y las
dificultades familiares pueden debilitar nuestra vida espiritual. Sin embargo,
no debemos abandonar a Dios cuando las cosas se ponen difíciles.
Si
hemos caído, levantémonos. Si nos hemos alejado, regresemos. Si hemos
perdido el entusiasmo, volvamos a la oración y a la comunidad. La misericordia
de Dios siempre nos llama a comenzar de nuevo.
14.
Vivir preparados para el encuentro definitivo con el Señor.
Jesús
no nos invita a vivir asustados por la muerte, sino a vivir responsablemente,
con el corazón dispuesto para encontrarnos con él.
Prepararnos
significa
amar, servir, perdonar, cumplir nuestros deberes y permanecer fieles al
Evangelio. Así, cuando el Señor nos llame, podremos presentarnos ante él con
una vida que haya procurado dar frutos de amor.
Conclusión
Queridos
hermanos y hermanas, las lecturas de hoy nos dejan una invitación muy concreta:
busquemos la sabiduría de Dios, mantengamos nuestra alma sedienta de
él, vivamos con esperanza en la resurrección y preparemos nuestras
lámparas para recibir al Señor.
No
permitamos que el odio apague nuestra lámpara, que el egoísmo la
debilite, que la indiferencia la oscurezca ni que las preocupaciones
nos alejen de Dios.
Que
cada familia sea una pequeña luz; que cada comunidad parroquial sea un lugar de
esperanza; que nuestras palabras consuelen y que nuestras obras manifiesten el
amor de Jesucristo.
Pidamos
al Señor la gracia de ser cristianos prudentes, constantes y fieles, que no
vivamos solamente de apariencias, sino de una fe que se demuestra con obras.
Que
cuando llegue el Señor nos encuentre con la lámpara encendida, el corazón lleno
de amor y la esperanza puesta en su promesa de vida eterna. Amén.



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