Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
La Iglesia,
casa de Dios y comunidad de piedras vivas
(Lunes 9 de
noviembre 2026. Trigésima segunda semana tiempo ordinario, lecturas: Ezequiel
47,1-2.8-9.12; Salmo 45; 1 Corintios 3,9-11.16-17; San Juan 2,13-22)
Introducción
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre la Iglesia como casa de Dios
y comunidad de piedras vivas. Cuando hablamos de la Iglesia, muchas veces
pensamos en el templo, el altar, los bancos, las imágenes y las paredes. Todo
eso tiene su importancia, porque es el lugar donde nos reunimos para celebrar
nuestra fe. Sin embargo, la Iglesia somos todos nosotros, bautizados y llamados
a vivir unidos a Jesucristo.
Un
templo puede ser hermoso, tener buenas instalaciones y estar bien cuidado, pero
si sus miembros viven divididos, se olvidan de los pobres y no practican el
amor, algo fundamental está faltando.
Las
lecturas de hoy nos enseñan cómo debe ser nuestra relación con Dios, cómo
debemos cuidar su casa y cómo estamos llamados a construir una comunidad
cristiana viva, unida y comprometida.
1.
Primera lectura: Ezequiel 47,1-2.8-9.12
1.
La presencia de Dios hace brotar la vida. El profeta Ezequiel
contempla agua que brota del templo y que, al llegar a lugares secos y
estériles, los transforma y les devuelve la vida. Allà donde llega el agua,
todo comienza a renovarse.
Esta
imagen nos recuerda que la presencia de Dios transforma aquello que parecÃa
perdido y hace florecer lo que estaba seco.
¿Qué
elementos concretos nos sirven para nuestra vida?
- Dejar que
Dios renueve nuestro corazón. Hay personas que viven con tristeza,
resentimiento, desesperanza o alejadas de la fe. La oración, la Palabra de Dios
y los sacramentos pueden ayudarnos a recuperar la alegrÃa y la esperanza.
- Ser como el
agua que da vida. En nuestra familia, parroquia y comunidad,
estamos llamados a llevar palabras de ánimo, reconciliación y paz. No debemos
convertirnos en personas que siembran chismes, divisiones y desconfianza.
- Hacer
fecunda nuestra fe. El agua que sale del templo produce frutos. De
la misma manera, nuestra participación en la EucaristÃa debe reflejarse en
obras concretas: ayudar al necesitado, visitar al enfermo, escuchar al que
sufre y acompañar al que está solo.
- No
abandonar a quien atraviesa momentos difÃciles. Asà como el agua llega a
lugares donde no hay vida, también nosotros debemos acercarnos a las personas
que más necesitan apoyo y comprensión.
Enseñanza
para nuestra vida: Una comunidad cristiana está viva cuando la
presencia de Dios se convierte en amor, servicio y esperanza para los demás.
2.
Salmo 45
2.
Dios habita en medio de su pueblo y es nuestra fortaleza. El salmo
proclama: «El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios
de Jacob».
El
salmista nos recuerda que Dios permanece junto a su pueblo. Nuestra seguridad
no depende solamente del dinero, de las posesiones o de las fuerzas humanas.
Nuestra verdadera fortaleza está en el Señor.
¿Qué
elementos concretos nos sirven para nuestra vida?
- Confiar en
Dios en medio de las dificultades. Cuando aparecen enfermedades, problemas
familiares, dificultades económicas o conflictos comunitarios, no debemos
perder la fe.
- Construir
una parroquia donde nadie se sienta abandonado. Si Dios está en medio de
su pueblo, nosotros debemos hacer visible su presencia mediante la cercanÃa, la
fraternidad y la solidaridad.
- Trabajar por
la unidad.
No podemos decir que Dios habita entre nosotros si vivimos enfrentados por
envidias, rivalidades, crÃticas o intereses personales.
- Encontrar en
la oración nuestra fortaleza. La comunidad necesita reunirse para orar,
celebrar la EucaristÃa y escuchar la Palabra. La oración nos ayuda a superar
las divisiones y a descubrir lo que Dios quiere de nosotros.
Enseñanza
para nuestra vida: La Iglesia se convierte en hogar cuando cada
persona encuentra en ella acogida, respeto, fraternidad y una experiencia viva
del amor de Dios.
3.
Segunda lectura: 1 Corintios 3,9-11.16-17
3.
Somos colaboradores de Dios y piedras vivas de su Iglesia San Pablo
presenta una enseñanza fundamental: somos colaboradores de Dios y su Iglesia es
un edificio que se construye sobre Jesucristo. Además, nos recuerda que somos
templo de Dios y que el EspÃritu Santo habita en nosotros.
Esta
lectura nos ayuda a comprender que la Iglesia no depende exclusivamente del
sacerdote, de los catequistas o de los responsables pastorales. Todos tenemos
una responsabilidad en la construcción de la comunidad cristiana.
¿Qué
elementos concretos nos sirven para nuestra vida?
- Construir
sobre Jesucristo. Él debe ser el fundamento de nuestras
decisiones, nuestras relaciones y nuestras actividades pastorales. No podemos
construir una Iglesia basada solamente en simpatÃas, intereses particulares o
protagonismos.
- Reconocer
que todos somos necesarios. En una parroquia hacen falta quienes proclaman
la Palabra, quienes cantan, quienes limpian el templo, quienes preparan la
liturgia, quienes visitan a los enfermos y quienes colaboran silenciosamente.
Cada servicio tiene su valor.
- Cuidar
nuestro cuerpo y nuestra dignidad. Si somos templos del EspÃritu Santo,
debemos respetar nuestra vida y la de los demás. Esto exige evitar aquello que
destruye nuestra dignidad y tratar a cada persona con respeto.
- No destruir
la comunidad con nuestras palabras. Los chismes, las
calumnias, las divisiones y los resentimientos pueden hacer mucho daño a la
Iglesia. Antes de hablar de un hermano, preguntémonos si nuestras palabras
ayudan a construir o a destruir.
- Cuidar la
casa de Dios. Mantener limpio el templo, proteger sus instalaciones y
utilizar responsablemente los bienes parroquiales son formas concretas de
expresar nuestra fe. El cuidado material debe ir acompañado del cuidado
espiritual de la comunidad.
- Servir sin
buscar aplausos. Una piedra puede parecer pequeña, pero es importante dentro
de una construcción. De igual manera, el servicio humilde de cada bautizado
contribuye al crecimiento de la Iglesia.
Enseñanza
para nuestra vida: No basta con asistir al templo; tenemos que
sentirnos responsables de la Iglesia, aportando nuestros dones, nuestro tiempo
y nuestro testimonio cristiano.
4.
Evangelio: San Juan 2,13-22
4.
Jesús purifica la casa de su Padre En el Evangelio, Jesús
encuentra el templo convertido en un lugar de negocios. Entonces expulsa a los
vendedores y cambistas, y declara: «No conviertan en un mercado la casa de mi
Padre».
Jesús
no está rechazando la importancia del templo. Está denunciando que se desfigure
su finalidad y que el lugar destinado al encuentro con Dios pierda su verdadero
sentido.
Después,
cuando habla de destruir el templo y levantarlo en tres dÃas, el evangelista
explica que se referÃa a su propio cuerpo. Jesús anuncia asà su muerte y
resurrección.
¿Qué
elementos concretos nos sirven para nuestra vida?
- Dar a Dios
el primer lugar. No debemos convertir la religión en un negocio, ni buscar a
Dios solamente para conseguir dinero, favores o ventajas personales. Nuestra
relación con Él debe estar fundada en el amor, la fe y la entrega.
- Purificar
nuestro corazón. Jesús quiere entrar en nuestra vida y sacar de ella todo
aquello que nos aleja de Dios: el egoÃsmo, el orgullo, la indiferencia, el odio
y la falta de perdón.
- Respetar el
templo como lugar sagrado. Debemos participar en las celebraciones con
recogimiento, cuidar el ambiente de oración y evitar comportamientos que
distraigan o dificulten el encuentro con el Señor.
- No utilizar
la Iglesia para dividir. El templo es casa de oración y de encuentro, no
un lugar para alimentar rivalidades, humillar a otros o imponer intereses
personales.
- Reconocer a
Cristo resucitado como centro de la Iglesia. La fe cristiana no se
sostiene solamente en las paredes de un edificio, sino en Jesucristo muerto y
resucitado, que reúne a su pueblo y le comunica su vida.
- Renovar
nuestras comunidades. Cuando una parroquia descubre que se ha enfriado
la fe, que hay divisiones o que se ha olvidado de los pobres, necesita dejar
que Jesús la purifique y la conduzca nuevamente al Evangelio.
Enseñanza
para nuestra vida: Jesús quiere una Iglesia donde Dios sea
verdaderamente amado, las personas sean respetadas y los pobres encuentren
acogida y solidaridad.
5.
Compromisos concretos para vivir esta Palabra
A
partir de las cuatro lecturas, podemos asumir los siguientes compromisos:
1.
Cuidar nuestra relación con Dios: dedicar cada dÃa un momento a la oración
y a la lectura de la Biblia.
2.
Ser instrumentos de vida: evitar las palabras que hieren y buscar
oportunidades para animar y ayudar a los demás.
3.
Trabajar por la unidad parroquial: dejar a un lado las rivalidades y
colaborar con quienes realizan distintos servicios en la comunidad.
4.
Cuidar el templo: mantenerlo limpio, respetar el lugar de oración
y utilizar responsablemente los bienes de la Iglesia.
5.
Reconocer nuestra misión bautismal: no ser simples
espectadores de la vida parroquial, sino participar según nuestras capacidades.
6.
Acercarnos a los más necesitados: visitar enfermos, acompañar a las
personas solas y ayudar a las familias que atraviesan dificultades.
7.
Permitir que Jesús purifique nuestro corazón: revisar nuestras
actitudes, reconocer nuestros errores y pedir la gracia de cambiar.
Conclusión
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
hemos descubierto que la Iglesia es mucho más que un edificio. Es la casa de
Dios, el lugar donde su pueblo se reúne y donde el EspÃritu Santo actúa para
transformar nuestras vidas.
Ezequiel
nos presenta el agua que hace florecer la vida. El salmo nos recuerda
que Dios es nuestra fortaleza. San Pablo nos enseña que somos templo del
EspÃritu Santo y colaboradores de Dios. Finalmente, Jesús nos invita a
purificar la casa del Padre y a reconocerlo como el verdadero centro de nuestra
fe.
Por
eso, debemos preguntarnos: ¿Qué clase de piedra estoy siendo en mi
parroquia? ¿Soy una piedra que une o que divide? ¿Ayudo a construir la
comunidad o contribuyo a destruirla? ¿Mi presencia lleva vida, esperanza y paz
a los demás?
No
basta con tener una Iglesia bien construida; necesitamos ser una comunidad bien
unida. No basta con cuidar las paredes del templo; debemos cuidar el corazón de
las personas.
Que
cada uno de nosotros se comprometa a ser una piedra viva, firme en la fe,
generosa en el servicio y constante en el amor.
Que
nuestras parroquias sean verdaderas casas de Dios, donde se ore con fe, se
celebre con alegrÃa, se viva la fraternidad y se reciba con amor a cada
persona.
Pidamos
al Señor que haga de nosotros una Iglesia viva, construida sobre Jesucristo,
animada por el EspÃritu Santo y comprometida con la vida de nuestros hermanos.
Amén.



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