Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
No podemos servir a Dios y al dinero
(Sábado
7 de noviembre 2026. Trigésima primera semana tiempo ordinario, lecturas:
Filipenses 4,10-19; Salmo 111; San Lucas 16,9-15)
1.
Queridos hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios que escuchamos hoy nos invita a reflexionar sobre nuestra
relación con el dinero y los bienes materiales. Todos necesitamos dinero para
vivir, alimentar a nuestra familia, pagar la vivienda, comprar medicinas y
responder a nuestras necesidades. El problema no está en tener dinero, sino en
permitir que el dinero se convierta en nuestro dueño.
Jesús
nos dice claramente en el Evangelio: «No pueden servir a Dios y al dinero»
(Lucas 16,13). Estas palabras nos invitan a preguntarnos: ¿Qué ocupa el primer
lugar en nuestro corazón? ¿Dios, nuestra familia, el servicio a los demás, o el
deseo de tener cada dÃa más?
Las
lecturas de hoy nos ofrecen algunos elementos concretos para vivir con
responsabilidad, generosidad y libertad interior.
2.
Primera lectura: Filipenses 4,10-19. Aprender a vivir contentos con lo que
tenemos.
San
Pablo agradece a los filipenses la ayuda que le han enviado. Él reconoce el
valor de su generosidad, pero también explica que ha aprendido a vivir en
distintas circunstancias: con abundancia y con necesidad, con mucho y con poco.
De
esta lectura podemos destacar los siguientes elementos:
1.
Aprender a vivir con lo necesario. San
Pablo nos enseña que la felicidad no depende de tener muchas cosas. Hay
personas que tienen mucho dinero, pero viven preocupadas, mientras otras, con
pocas posesiones, viven agradecidas y tranquilas.
No
debemos medir nuestra felicidad comparándonos con los demás. Aprendamos a
valorar lo que tenemos y a trabajar honradamente para mejorar nuestras
condiciones de vida.
2.
No convertir el dinero en nuestra seguridad absoluta. El dinero
puede resolver muchas necesidades, pero no puede comprar la paz del corazón, el
amor verdadero, la amistad sincera ni la salvación.
Nuestra
seguridad fundamental debe estar en Dios. Trabajemos y ahorremos con
responsabilidad, pero sin olvidar que nuestra vida vale mucho más que nuestras
posesiones.
3.
Ser agradecidos con quienes nos ayudan. San Pablo reconoce la
ayuda recibida de la comunidad. También nosotros debemos agradecer a quienes
nos acompañan, nos dan la mano y nos ayudan en los momentos difÃciles.
No
seamos personas que solamente buscan recibir. Aprendamos a reconocer los
sacrificios de nuestros padres, familiares, amigos y hermanos de comunidad.
4.
Compartir con los necesitados. Los filipenses demostraron su fe ayudando
materialmente a Pablo. Su generosidad fue una expresión concreta de su amor
cristiano.
Hoy
también hay familias que no tienen alimentos suficientes, enfermos que
necesitan medicamentos, niños que requieren apoyo y ancianos que viven solos.
No podemos permanecer indiferentes ante estas situaciones. Una pequeña
ayuda, ofrecida con amor, puede devolver la esperanza a una persona.
5.
Confiar en la providencia de Dios.
San
Pablo afirma: «Mi Dios proveerá a todas sus necesidades con magnificencia,
conforme a su riqueza en Cristo Jesús» (Filipenses 4,19).
Confiar
en Dios no significa quedarnos de brazos cruzados. Significa trabajar, luchar,
administrar bien nuestros recursos y confiar en que el Señor nos acompaña.
3.
Salmo 111: Dichoso quien teme al Señor
El
salmo presenta a la persona que respeta al Señor, ama sus mandamientos y actúa
con rectitud. Su vida se caracteriza por la justicia, la confianza en Dios y la
generosidad con los pobres.
De
este salmo podemos aprender:
6.
La verdadera riqueza está en el corazón. Una persona puede tener
una casa grande, un vehÃculo costoso y mucho dinero, pero ser pobre en amor,
solidaridad y humanidad.
En
cambio, quien tiene un corazón generoso, una conciencia tranquila y una fe
sincera posee una riqueza que no se compra en ningún mercado.
7.
Practicar la justicia en nuestros negocios y trabajos. El cristiano
debe ser honrado al vender, comprar, pagar, cobrar y cumplir sus compromisos.
No debemos aprovecharnos de la necesidad de los demás para enriquecernos.
No
podemos acudir a la iglesia a rezar y después engañar al prójimo. La fe debe
manifestarse en la manera como trabajamos y administramos nuestros bienes.
8.
Tener un corazón abierto a los pobres. El salmo alaba a quien
reparte sus bienes entre los necesitados. La generosidad no consiste solamente
en dar lo que nos sobra, sino también en aprender a compartir lo que tenemos.
Preguntémonos: ¿Hay alguna
persona a la que puedo ayudar? ¿Conozco una familia que esté pasando necesidad?
¿Puedo ofrecer algo de mi tiempo, mis conocimientos o mis recursos? La fe se
hace visible cuando nuestras manos se abren para ayudar.
4.
Evangelio: San Lucas 16,9-15: No podemos servir a Dios y al dinero.
Jesús
nos invita a utilizar los bienes materiales con sabidurÃa y termina afirmando
que no podemos servir a dos señores. Esta enseñanza no condena el dinero en sÃ
mismo; nos advierte contra la codicia y contra todo aquello que pretende ocupar
el lugar de Dios.
9.
Utilizar el dinero para hacer el bien. Jesús nos invita a
emplear los bienes de este mundo de manera que produzcan frutos de amor y
solidaridad.
El
dinero puede utilizarse para alimentar a una familia, educar a los hijos,
ayudar a un enfermo, sostener las obras de la Iglesia y colaborar con personas
necesitadas. La pregunta no es solamente cuánto dinero tenemos, sino para
qué lo utilizamos.
10.
Ser fieles en las cosas pequeñas. Jesús enseña que quien es fiel en lo poco
también será fiel en lo mucho.
La
honradez comienza en las pequeñas decisiones: devolver lo que no nos pertenece,
cumplir una promesa, pagar una deuda, cuidar los bienes de la comunidad y no
apropiarnos de lo ajeno.
No
esperemos tener grandes responsabilidades para demostrar que somos personas
honestas. La fidelidad se demuestra cada dÃa.
11.
No aparentar una cosa delante de Dios y vivir otra. Jesús advierte contra
quienes se presentan como justos ante los demás, pero tienen el corazón
dominado por el dinero.
Podemos
rezar mucho, participar en la EucaristÃa y colaborar con la parroquia, pero si
explotamos a nuestros trabajadores, engañamos a los clientes o maltratamos a
los pobres, nuestra vida necesita conversión. Dios no mira solamente
nuestras apariencias; conoce nuestras intenciones.
12.
Cuidarnos de la avaricia. La avaricia es el deseo desordenado de tener
siempre más, sin importar el daño que podamos causar a otros. La persona avara
nunca se siente satisfecha: siempre quiere más dinero, más propiedades y más
poder.
Debemos
aprender a distinguir entre la necesidad de progresar honradamente y la
ambición que nos hace olvidar a Dios y al prójimo.
Tener
bienes no es malo; hacer del dinero el centro de nuestra existencia sà puede
convertirse en un grave peligro espiritual.
13.
Poner a Dios por encima de todas las cosas. Jesús concluye: «No
pueden servir a Dios y al dinero» (Lucas 16,13).
Esto
significa que, cuando el dinero nos exige mentir, robar, despreciar a nuestra
familia o abandonar nuestros principios cristianos, debemos tener la valentÃa
de elegir el camino de Dios.
El
dinero debe ser un instrumento para vivir, no un Ãdolo al que entreguemos
nuestra conciencia.
14.
Revisar nuestras prioridades. Jesús nos invita a examinar qué estamos buscando
en la vida. ¿Trabajamos solamente para acumular bienes o también para cuidar a
nuestra familia, servir a la comunidad y ayudar a los necesitados?
No
dejemos que la búsqueda del dinero nos robe el tiempo para orar, escuchar a
nuestros hijos, acompañar a nuestros padres o visitar a un enfermo.
El
éxito verdadero consiste en tener lo necesario para vivir dignamente, sin
perder el amor, la fe ni la paz del corazón.
5.
Conclusión: El dinero debe servir a la vida y al amor
Queridos
hermanos y hermanas, las lecturas de hoy nos dejan una enseñanza muy clara: no
es malo tener dinero; lo peligroso es que el dinero nos tenga a nosotros.
San
Pablo nos enseña a vivir agradecidos tanto en la abundancia como en la
necesidad. El salmo nos invita a practicar la justicia y compartir con los
pobres. Jesús, en el Evangelio, nos recuerda que nuestra fidelidad a Dios debe
estar por encima de cualquier riqueza material.
Por
eso, al salir de esta EucaristÃa, procuremos llevar a la práctica tres
compromisos:
- Vivir con
responsabilidad: trabajar honradamente y administrar bien lo que tenemos.
- Vivir con
generosidad: compartir nuestros bienes con quienes atraviesan dificultades.
- Vivir con
fidelidad: no sacrificar nuestros valores cristianos por conseguir dinero.
Que
el Señor nos conceda un corazón desprendido, manos dispuestas a compartir y una
fe que se manifieste en nuestras decisiones de cada dÃa.
Que
nunca tengamos tanto apego al dinero que nos olvidemos de Dios, ni tanta
preocupación por acumular bienes que dejemos de amar y servir a nuestros
hermanos. Amén.



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