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    viernes, 6 de noviembre de 2026

    No podemos servir a Dios y al dinero


    Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc

     


    No podemos servir a Dios y al dinero

    (Sábado 7 de noviembre 2026. Trigésima primera semana tiempo ordinario, lecturas: Filipenses 4,10-19; Salmo 111; San Lucas 16,9-15)

     

    1. Queridos hermanos y hermanas:

    La Palabra de Dios que escuchamos hoy nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con el dinero y los bienes materiales. Todos necesitamos dinero para vivir, alimentar a nuestra familia, pagar la vivienda, comprar medicinas y responder a nuestras necesidades. El problema no está en tener dinero, sino en permitir que el dinero se convierta en nuestro dueño.

     

    Jesús nos dice claramente en el Evangelio: «No pueden servir a Dios y al dinero» (Lucas 16,13). Estas palabras nos invitan a preguntarnos: ¿Qué ocupa el primer lugar en nuestro corazón? ¿Dios, nuestra familia, el servicio a los demás, o el deseo de tener cada día más?

     

    Las lecturas de hoy nos ofrecen algunos elementos concretos para vivir con responsabilidad, generosidad y libertad interior.

     

    2. Primera lectura: Filipenses 4,10-19. Aprender a vivir contentos con lo que tenemos.

    San Pablo agradece a los filipenses la ayuda que le han enviado. Él reconoce el valor de su generosidad, pero también explica que ha aprendido a vivir en distintas circunstancias: con abundancia y con necesidad, con mucho y con poco.

    De esta lectura podemos destacar los siguientes elementos:

    1. Aprender a vivir con lo necesario.  San Pablo nos enseña que la felicidad no depende de tener muchas cosas. Hay personas que tienen mucho dinero, pero viven preocupadas, mientras otras, con pocas posesiones, viven agradecidas y tranquilas.

    No debemos medir nuestra felicidad comparándonos con los demás. Aprendamos a valorar lo que tenemos y a trabajar honradamente para mejorar nuestras condiciones de vida.

    2. No convertir el dinero en nuestra seguridad absoluta. El dinero puede resolver muchas necesidades, pero no puede comprar la paz del corazón, el amor verdadero, la amistad sincera ni la salvación.

    Nuestra seguridad fundamental debe estar en Dios. Trabajemos y ahorremos con responsabilidad, pero sin olvidar que nuestra vida vale mucho más que nuestras posesiones.

    3. Ser agradecidos con quienes nos ayudan. San Pablo reconoce la ayuda recibida de la comunidad. También nosotros debemos agradecer a quienes nos acompañan, nos dan la mano y nos ayudan en los momentos difíciles.

    No seamos personas que solamente buscan recibir. Aprendamos a reconocer los sacrificios de nuestros padres, familiares, amigos y hermanos de comunidad.

    4. Compartir con los necesitados. Los filipenses demostraron su fe ayudando materialmente a Pablo. Su generosidad fue una expresión concreta de su amor cristiano.

    Hoy también hay familias que no tienen alimentos suficientes, enfermos que necesitan medicamentos, niños que requieren apoyo y ancianos que viven solos. No podemos permanecer indiferentes ante estas situaciones. Una pequeña ayuda, ofrecida con amor, puede devolver la esperanza a una persona.

    5. Confiar en la providencia de Dios.

    San Pablo afirma: «Mi Dios proveerá a todas sus necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús» (Filipenses 4,19).

    Confiar en Dios no significa quedarnos de brazos cruzados. Significa trabajar, luchar, administrar bien nuestros recursos y confiar en que el Señor nos acompaña.

     

    3. Salmo 111: Dichoso quien teme al Señor

    El salmo presenta a la persona que respeta al Señor, ama sus mandamientos y actúa con rectitud. Su vida se caracteriza por la justicia, la confianza en Dios y la generosidad con los pobres.

    De este salmo podemos aprender:

    6. La verdadera riqueza está en el corazón. Una persona puede tener una casa grande, un vehículo costoso y mucho dinero, pero ser pobre en amor, solidaridad y humanidad.

    En cambio, quien tiene un corazón generoso, una conciencia tranquila y una fe sincera posee una riqueza que no se compra en ningún mercado.

    7. Practicar la justicia en nuestros negocios y trabajos. El cristiano debe ser honrado al vender, comprar, pagar, cobrar y cumplir sus compromisos. No debemos aprovecharnos de la necesidad de los demás para enriquecernos.

    No podemos acudir a la iglesia a rezar y después engañar al prójimo. La fe debe manifestarse en la manera como trabajamos y administramos nuestros bienes.

    8. Tener un corazón abierto a los pobres. El salmo alaba a quien reparte sus bienes entre los necesitados. La generosidad no consiste solamente en dar lo que nos sobra, sino también en aprender a compartir lo que tenemos.

    Preguntémonos: ¿Hay alguna persona a la que puedo ayudar? ¿Conozco una familia que esté pasando necesidad? ¿Puedo ofrecer algo de mi tiempo, mis conocimientos o mis recursos? La fe se hace visible cuando nuestras manos se abren para ayudar.

     

    4. Evangelio: San Lucas 16,9-15: No podemos servir a Dios y al dinero.

    Jesús nos invita a utilizar los bienes materiales con sabiduría y termina afirmando que no podemos servir a dos señores. Esta enseñanza no condena el dinero en sí mismo; nos advierte contra la codicia y contra todo aquello que pretende ocupar el lugar de Dios.

    9. Utilizar el dinero para hacer el bien. Jesús nos invita a emplear los bienes de este mundo de manera que produzcan frutos de amor y solidaridad.

    El dinero puede utilizarse para alimentar a una familia, educar a los hijos, ayudar a un enfermo, sostener las obras de la Iglesia y colaborar con personas necesitadas. La pregunta no es solamente cuánto dinero tenemos, sino para qué lo utilizamos.

    10. Ser fieles en las cosas pequeñas. Jesús enseña que quien es fiel en lo poco también será fiel en lo mucho.

    La honradez comienza en las pequeñas decisiones: devolver lo que no nos pertenece, cumplir una promesa, pagar una deuda, cuidar los bienes de la comunidad y no apropiarnos de lo ajeno.

    No esperemos tener grandes responsabilidades para demostrar que somos personas honestas. La fidelidad se demuestra cada día.

    11. No aparentar una cosa delante de Dios y vivir otra. Jesús advierte contra quienes se presentan como justos ante los demás, pero tienen el corazón dominado por el dinero.

    Podemos rezar mucho, participar en la Eucaristía y colaborar con la parroquia, pero si explotamos a nuestros trabajadores, engañamos a los clientes o maltratamos a los pobres, nuestra vida necesita conversión. Dios no mira solamente nuestras apariencias; conoce nuestras intenciones.

    12. Cuidarnos de la avaricia. La avaricia es el deseo desordenado de tener siempre más, sin importar el daño que podamos causar a otros. La persona avara nunca se siente satisfecha: siempre quiere más dinero, más propiedades y más poder.

    Debemos aprender a distinguir entre la necesidad de progresar honradamente y la ambición que nos hace olvidar a Dios y al prójimo.

    Tener bienes no es malo; hacer del dinero el centro de nuestra existencia sí puede convertirse en un grave peligro espiritual.

    13. Poner a Dios por encima de todas las cosas. Jesús concluye: «No pueden servir a Dios y al dinero» (Lucas 16,13).

    Esto significa que, cuando el dinero nos exige mentir, robar, despreciar a nuestra familia o abandonar nuestros principios cristianos, debemos tener la valentía de elegir el camino de Dios.

    El dinero debe ser un instrumento para vivir, no un ídolo al que entreguemos nuestra conciencia.

    14. Revisar nuestras prioridades. Jesús nos invita a examinar qué estamos buscando en la vida. ¿Trabajamos solamente para acumular bienes o también para cuidar a nuestra familia, servir a la comunidad y ayudar a los necesitados?

    No dejemos que la búsqueda del dinero nos robe el tiempo para orar, escuchar a nuestros hijos, acompañar a nuestros padres o visitar a un enfermo.

    El éxito verdadero consiste en tener lo necesario para vivir dignamente, sin perder el amor, la fe ni la paz del corazón.

     

    5. Conclusión: El dinero debe servir a la vida y al amor

    Queridos hermanos y hermanas, las lecturas de hoy nos dejan una enseñanza muy clara: no es malo tener dinero; lo peligroso es que el dinero nos tenga a nosotros.

    San Pablo nos enseña a vivir agradecidos tanto en la abundancia como en la necesidad. El salmo nos invita a practicar la justicia y compartir con los pobres. Jesús, en el Evangelio, nos recuerda que nuestra fidelidad a Dios debe estar por encima de cualquier riqueza material.

    Por eso, al salir de esta Eucaristía, procuremos llevar a la práctica tres compromisos:

    - Vivir con responsabilidad: trabajar honradamente y administrar bien lo que tenemos.

    - Vivir con generosidad: compartir nuestros bienes con quienes atraviesan dificultades.

    - Vivir con fidelidad: no sacrificar nuestros valores cristianos por conseguir dinero.

    Que el Señor nos conceda un corazón desprendido, manos dispuestas a compartir y una fe que se manifieste en nuestras decisiones de cada día.

    Que nunca tengamos tanto apego al dinero que nos olvidemos de Dios, ni tanta preocupación por acumular bienes que dejemos de amar y servir a nuestros hermanos. Amén.







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