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    El lenguaje del cuerpo

    ESPIRITUALIDAD LITURGICA | Roberto Núñez, msc. 

    El lenguaje del cuerpo en la liturgia  
    «El gesto y la postura corporal… deben contribuir a que toda la cele­bración resplandezca por su decoro y noble sencillez, de manera que pueda percibirse el verdadero y pleno significado de sus diversas partes y se favorezca la participación de todos» (OGMR 42). 

    El mes de febrero nos invita a entrar en el camino cuaresmal, hacia la experiencia de la resurrección. Desde esa perspectiva, les invito a continuar nuestro recorrido por el lenguaje no verbal en la liturgia. Este mes sobre el lenguaje del cuerpo.
    El valor del cuerpo en nuestra sociedad es cada vez más importante. Y la liturgia no es ajena a esta realidad. No es indiferente la postura corporal que acompaña nuestra oración. El cuerpo expresa lo que es la persona. La manera de estar corporalmente expresa actitudes internas como el respeto, la disponibilidad, la humildad, la cercanía, la adoración, la fe, etc. Por eso se puede afirmar que en la liturgia no tienen la misma expresividad las acciones que realizamos sentados, de pie o de rodillas. Las posturas expresan claramente la fe con la que se toma parte de una celebración litúrgica. La expresividad del lenguaje corporal favorece  la actitud interior.
    Y si lo miramos desde la dimensión comunitaria de nuestras asambleas litúrgicas, notaremos que las posturas corporales pueden acentuar o desdibujar la uniformidad de las actitudes interiores de la asamblea celebrante. Esta es la razón por la que la Ordenación General del Misal insiste en la importancia de la unión entre los que participan en la celebración litúrgica: «La postura corporal que han de observar todos los que toman parte en la celebración, es un signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para celebrar la sagrada Liturgia, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes» (OGMR 42).
    El Misal busca que las posturas corporales expresen en la liturgia: la belleza y noble sencillez de la celebración, que ayuden a entender mejor el sentido de cada parte y que favorezca la participación plena en lo que celebramos. Sin perder de vista, además, que toda celebración es eclesial, no del gusto personal del que preside o del equipo de liturgia. Lo que debe primar siempre es el bien de toda la comunidad celebrante.
    En una gran apertura el Misal afirma: «Corresponde, no obstante, a la Conferencia de los Obispos según la norma del derecho, adaptar los gestos y posturas descritos en el Ordinario de la Misa, según la índole y las razonables tradiciones de cada pueblo. Pero siempre se habrá de procurar que haya una correspondencia adecuada con el sentido e índole de cada parte de la celebración…» (OGMR 43).
    Algo que es sumamente importante es que cada miembro de la comunidad celebrante, «consciente de la dirección expresiva de estas posturas, se ejercite a sí mismo en las actitudes de fe que manifiestan: con presteza y atención, cuando está de pie escuchando el Evangelio o la Plegaria Eucarística; con adoración y humildad, cuando se arrodilla; con paz y apertura cuando escucha las otras lecturas o después de recibir la comunión. Es toda una pedagogía, en la que cada uno es maestro, para ir identificando la postura exterior con las actitudes interiores que supone».[1]
    Con la misma apertura del Misal, es importante ni endiosar ni absolutizar ninguna postura. También tomar en cuenta la índole de cada pueblo y cultura, además de la índole de la misma celebración, que por su carácter dinámico, pide en cada momento una dinámica distinta en la postura corporal y en la acción.
    No asumir posturas mecánicas ni rutinarias, sino posturas verdaderas, donde el gesto exterior sea expresión del sentimiento espiritual que encarna. Que el lenguaje corporal sea expresión de una mejor participación en el misterio en el que tomamos parte al celebrar la sagrada liturgia.




    [1] Aldazábal, José. Gestos y símbolos. CPL 40. p 122.

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