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    Diez años en Mulungushi Agro

    Apuntes Misioneros | Pedro   RUQUOY, cicm


    Con la República Dominicana en el corazón, llegué a Zambia y después de un año en Kamushanga, un barrio popular de la ciudad de Kabwe, me nombraron en Mulungushi Agro, un lugar perdido en la inmensidad de la sabana


    Diez años en Mulungushi Agro
    "Ya está.  Se fue.  Lo lograron.  Amenazado de muerte, Ruquoy salió del país el jueves pasado por orden de su congregación.  Con esto culminó una campaña brutal y asquerosa contra un hombre cuyo único pecado fue defender a los que no tienen quien hable por ellos.  Con él los dominicanos perdemos un hombre que dedicó treinta años de su vida a servir a nuestro pueblo…" Este texto fue escrito por el periodista Nassef Perdomo Cordero y publicado por "Clave Digital" el 22 de noviembre del 2005, cinco días después de mi salida un poco forzada de la República Dominicana. Después de 9 meses de reflexión en Bélgica, yo fui enviado a Zambia, en el sur del continente africano; al despedirse de mí, el padre Román Mouton superior provincial de los cicm en la República Dominicana me dijo: "Pasaste 30 años como misionero en la República Dominicana, te deseo 30 otros años de presencia feliz en Zambia".  Me quedé callado pero pensé: "¡Me quedaré tres o cuatro años en África y después me regresaré a la Isla a como dé lugar!"  ¡Bueno! Con la República Dominicana en el corazón, llegué a Zambia y después de un año en Kamushanga, un barrio popular de la ciudad de Kabwe, me nombraron en Mulungushi Agro, un lugar perdido en la inmensidad de la sabana.
    Al verme llegar, los líderes se dijeron los unos a los otros: "¡Ese blanco no va a aguantar más de un mes aquí. Antes del final del año se nos va a ir!". Fueron 10 años más tarde, hace unos pocos días, que uno de ellos me reveló ese pensamiento colectivo. Sin lugar a duda, esta larga temporada en la sabana africana enriqueció sustancialmente ni experiencia caribeña aunque nunca dejé algunas buenas costumbres como la de tomar un cafecito bien colao en los momentos claves del día; el único problema es que soy el único bebedor de buen café en todos estos montes. Entonces ¿qué es lo que aprendí en estos diez últimos años?
    Aprendizaje en diez años
    En primer lugar, me convencí más de que la nobleza y la dignidad logran siempre irradiar en la debilidad más absoluta.  San Pablo, varias veces ha subrayado esa verdad: "cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Cor 12, 10).  Aquí, viviendo en medio de niños huérfanos, enfermos o abandonados, pasando años en medio de los montes haciendo cosas sin importancia y conviviendo con los más pequeños sin ninguna fuerza ni pretensión alguna, vislumbro más que nunca el amor infinito de un Dios quien, en su humildad incomparable se esconde siempre detrás de los olvidados de nuestra tierra. ¡Ah! ¡Cómo lo he sentido presente a nuestro lado, cuando nuestro pequeño Eduardo, enfermo del SIDA, huérfano y abandonado por todos me sonrió por primera vez! Hace algunas semanas, al llegar a nuestro hogar, durante cuatro días él se quedó con los ojos tristes y sin pronunciar una sola palabra. Y de repente, una mañanita, al compartir un pedacito de pan conmigo, una sonrisa transformó su cara en un sol de alegría. ¡La dignidad divina brilla a través de la debilidad humana!
    En segundo lugar aprendí a mirar la muerte de un poco más cerca. Por un lado, yo vi morir a decenas y decenas de jóvenes quienes habían sido contaminados por el SIDA, Zambia siendo uno de los países del mundo más marcado por ese virus. Vi cómo niños y niñas perdieron no sólo a sus padres pero también a todos sus tíos y tías quedando bajo el cuidado de una abuela viuda. Yo oí los gritos de dolor de centenares de personas agrupadas día y noche frente al morgue del hospital general donde cada día fallecen decenas de personas. Y por otro lado, tuve personalmente que aceptar las limitaciones impuestas por esa enfermedad incurable llamada Parkinson. Nunca como en estos años estuve tan cerca de la señora muerte. Si bien, me estoy preparando a encontrarme con ella, ella sigue siendo un gran misterio que exige una famosa dosis de confianza en el Señor de la Vida. Me falta mucha fe para poder llamar a la muerte "mi hermana" como lo hace el gran San Francisco de Asís.
    En tercer lugar, me di cuenta de la presencia oscura y dañina de malos espíritus. Si bien, en gran parte del mundo occidental, la gente no cree en esa presencia, aquí, tengo que reconocer que el "Maligno" actúa en casa momento, destruyendo y matando. Aquí en África, he experimentado que sólo la oración en el nombre de Jesús era capaz de romper las cadenas impuestas por los espíritus del mal. Antes de llegar aquí, yo consideraba las acciones de Jesús en contra de los malo espíritus como algo más bien simbólico, Ahora veo al exorcismo como parte clave de su ministerio y también del nuestro como sus seguidores: en el mundo de Jesús, como en el nuestro, se da una verdadera guerra entre los espíritus del mal y el Espíritu del bien. Para no dejarnos tragar por el mal, necesitamos estar siempre por debajo de las alas de Dios.
    Y por fin, logré entender que una de las cosas más importantes para tener una vida feliz es tener buenas relaciones con los demás. Aprendí que una visita es algo sagrado y que no hay nada más importante que recibir a un visitante lo mejor que se pueda. Cada vez que recibimos una visita aquí en la casa, organizamos una fiestecita de bienvenida que siempre se termina con unos discursos de circunstancia. "¡Su presencia en medio de nosotros es una verdadera bendición!" Esas palabras vuelven cada vez que recibimos a alguien. Aquí, todo el mundo es convencido de que una visita es un regalo de Dios y una señal de su ternura. Por lo tanto, nunca se dice a un visitante: "¡discúlpenos! Pero la casa está llena y no podemos recibirlo. Vuelva otro día!" Para un visitante, hay siempre una cama y una buena comida listas.
    Para terminar, tengo que confesarles que hasta el día de hoy, cuando visito a la gente, a veces tengo la impresión de estar en un campo del sur de la República Dominicana. El ambiente, la forma de comportarse, la manera de organizar la cocina, los colmaditos y muchos otros detalles demuestran los orígenes africanos de los habitantes de la isla de Quisqueya aunque aquí en la sabana de Zambia, hace falta algo: ¡el cafecito tan sabroso! ADH 811

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