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    Año Sacerdotal

    Rostros sacerdotales que descolocan (2) ¡No basta el “¡todo vale!”
    Acabamos de iniciar el “año sacerdotal”. Y este asunto del pluralismo sacerdotal debe interesarnos y también preocuparnos. La interpretación del fenómeno de los múltiples rostros sacerdotales no se nos da espontáneamente. No se debe “simplificar” un fenómeno tan complejo, pero tampoco es solución el liberalismo de quien defiende que “¡todo vale!”, “que cada uno siga el camino que le marque su conciencia”. Tampoco es válida -a mi modo de ver- la actitud oficialista de quienes defienden un único modelo, que todo lo hace más fácil: según ese principio, el modelo de sacerdote sería el diocesano, implicado en una parroquia, bajo la guía de su obispo y con una fuerte espiritualidad y celo apostólico, como puede verse en el santo cura de Ars. También hay otros rostros “sacerdotales” que no se atienen a esas características: por ejemplo el modelo itinerante y supraparroquial y supradiocesano del misionero, o el modelo carismático de artista, del científico, del educador, del médico o enfermero, del asistente social, del obrero. Ahí cabría referirse a modelos como Teilhard de Chardin, el Abbé Pierre, Maximiliano Kolbe...
    La gran pregunta
    Ante tanta variedad y diversidad -especialmente palpable en una gran concelebración, cuando uno conoce la identidad de cada uno de los concelebrantes-, yo me he preguntado muchas veces: ¿porqué habremos sido elegidas para el ministerio ordenado personas tan diversas, con tan diferentes sensibilidades, formas de ser y de actuar? ¿Es que necesita el Señor resucitado tanta diversidad para hacer presente en su Iglesia su misión y ministerio? ¿No le bastaría con un modelo muy definido, con ministros ordenados de un solo perfil? ¿Qué querrá Dios decirnos con estas tensiones en el cuerpo ministerial ordenado de la Iglesia católica?
    Lo primero que salta a la vista, con toda su evidencia, es que Jesús no ha optado por el elegir a los mejores y, por lo tanto, que no es la perfección y la excelencia, aquello que persigue a través del ministerio. Si el ministerio ordenado es cosa de Dios, de Jesús el Señor, entonces ¡no nos hagamos demasiadas ilusiones! ¡No es el liderazgo perfecto el que con este ministerio se pretende!
    Lo segundo que salta a la vista es que nadie suple al Buen Pastor, al Único, Sumo y Eterno Sacerdote, que nadie puede arrogarse y monopolizar el ser voz de Dios, Palabra de Dios. ¡Sólo Jesús es la Palabra de Dios! Lo que caracteriza a los ministros ordenados es el “mysterium lunae”. Evoco aquí la imagen preciosa, utilizada por el Papa Juan Pablo II, en su exhortación “Novo Millenio Ineunte”. Así como la luna no tiene luz propia, pero refleja la luz del sol, así también los ministros ordenados no tienen luz propia, pero reflejan la luz del Sol que es Jesús. Poco importa que unos ministros sean piedras preciosas y otros sólo pedriscos o arena, que unos sean tierra fértil y otros terreno baldío, la realidad es que todos reflejan la luz del Sol. En un momento u otro, en una circunstancia u otra, harán verdad aquello para lo que fueron escogidos. Lo dijo muy bien san Agustín al pensar en cualquiera de las peores eventualidades en un ministro ordenado; su afirmación categórica fue: “¡Jesucristo mismo bautiza!”.
    Por otra parte, nunca ha resultado en la iglesia las actitudes puristas de quienes intentan separar “su” trigo de “su” cizaña, a quienes consideran puros de quienes consideran impuros. Esas líneas divisorias son muy equívocas y engañosas. ¡Sólo Dios conoce lo que hay en los corazones y en los espíritus humanos!
    Creo que, ante todo, es bueno atender el consejo del Maestro: “No juzguéis y no seréis juzgados”, “con la medida con que midiéreis seréis medidos”. No miremos nunca a nuestros hermanos en el “sacerdocio ministerial” con ojos de juez, porque no estamos habilitados para ello.
    Esto no quiere decir que hayamos de olvidar la advertencia de nuestro Maestro: “Ay de aquel por quien vinieren los escándalos, más le valiera no haber nacido”. Ser piedra de tropiezo en el camino de los demás, de los más pequeños, de los más indefensos, es para Jesús un mal terrible. O aquello otro de que en el “Sancta Sanctorum” puede establecerse la “abominación de la desolación”. Los casos de escándalo en el ministerio ordenado revisten una especial gravedad: en ellos la profanación de lo santo es más que evidente.
    No debemos imponer a nadie un “modelo humano” de ministerio ordenado. Aun reconociendo la validez de las personas ejemplares, nuestra única referencia es Jesús y sus primeros discípulos misioneros’(los apóstoles), que colaboraron con el Espíritu y con Él en la creación y guía de las comunidades cristianas. Esa es la referencia de todas las referencias, el criterio que nos permite distinguir entre lo sustancial y lo accesorio. A lo largo de nuestra historia -gracias al Espíritu- se ha mantenido y regenerado lo sustancial, pero también han entrado elementos accesorios que siendo válidos en unas épocas han dejado de serlo en otras.
    Finalmente, la comunión de esta “biodiversidad ministerial ordenada” hace que unos seamos gracia para los otros, que nos volvamos más evangélicamente tolerantes, que en todos y cada uno aparezca el “rostro apostólico” que apareció en aquellos Doce u Once hombres tan diversos a los que Jesús eligió y envió.

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