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    Rostros Sacerdotales

    Rostros sacerdotales que des-colocan (1)

    Resulta sorprendente constatar la variedad de rostros “sacerdotales” que existe actualmente en la Iglesia católica.
    La gama es impresionante: tanto desde la apariencia externa, como desde el mundo interno de cada uno. Quizá la palabra “sacerdote” o “sacerdotes” no sea la más adecuada para hablar de ese conjunto de personas y tal vez la expresión “ministros ordenados” resulte demasiado genérica y elástica. De todos modos, sabemos bien a quiénes nos referimos. A aquellos varones que han recibido el sacramento del Orden en cualquiera de sus grados (diaconado, presbiterado o episcopado).

    En su apariencia exterior sacerdotes
    La variedad de rostros “sacerdotales” a la que me refiero comienza por la apariencia exterior: unos van vestidos ordinariamente con un hábito talar (la sotana o el hábito de la propia orden o congregación religiosa, o los paramentos propios del rango episcopal); otros suelen utilizar -sea en todo momento, sea en circunstancias especiales- el clergyman negro o gris o incluso con los más sorprendentes colores como azul, blanco, morado, rojo...; otros nunca utilizan un vestido que los distinga, aunque tal vez puedan llevar alguna cruz o alguna insignia: y, entre estos, los hay vestidos con el mono de trabajo del obrero, o con la bata del médico o enfermero, o con la corbata del profesor universitario o del director de una gran institución, o con un sencillo vestido acomodado a las condiciones climáticas o la mayor o menor prosperidad de la gente con que conviven. Unos van afeitados, otros se dejan la barba o el bigote. Unos llevan larga melena, otros el pelo cortado, otros lucen su calva.
    No hablemos ya de las diferencias culturales y raciales. Hay ministros ordenados de muchas de las razas de nuestro planeta, que hablan las más variadas lenguas, que tienen las más diversas sensibilidades culturales. Es más, los candidatos más numerosos provienen frecuentemente de las culturas y razas -hasta ahora- más extrañas al cristianismo. Ello permite que un clero que tiende a envejecer en las iglesias más antiguas, sin embargo, esté equilibrado por el clero joven de las iglesias nuevas.
    Toda esta variedad exterior y tan contrapuesta, queda unificada, cuando los ministros ordenados ejercen su función sacramental: quedan revestidos con sus vestiduras litúrgicas y celebran los ritos cristianos.

    En su mundo interior
    Los rostros “sacerdotales” son muy variados en su interioridad. Desde siempre me impresionó descubrir que los ministros ordenados difieren mucho unos de otros en su sensibilidad religiosa: hay quienes se sienten muy a gusto y en su papel “sacral” dirigiendo el culto, presidiendo celebraciones litúrgicas, actuando en el ámbito religioso, y quienes, por el contrario, sienten una espontánea lejanía e inadecuación, actuando más por obligación que por devoción. Éstos últimos suelen sentirse más centrados en el ámbito de la proclamación de la Palabra, de la acción pastoral social o pastoral liberadora. Hay ministros ordenados muy cumplidores de sus deberes sagrados (oración íntegra del oficio) que mantienen una reserva intencionada ante lo profano (no asistencia a ciertos espectáculos o reuniones sociales); y los hay también que sienten la necesidad de alternar con la gente, de no medir en exceso los tiempos de oración, pero tienen como proyecto la “encarnación” en la vida de la gente, la inserción que hace el ministerio mucho más cercano y relevante.
    Me he encontrado también como ministros ordenados muy ortodoxos y otros a quienes no preocupa tanto la ortodoxia de las ideas, y sí la recta conducta u ortopraxis. He visto ministros ordenados muy preocupados por la fe y a otros muy preocupados por la caridad.
    Desde el punto de vista ministerial existen también notables diferencias entre unos y otros. Oficialmente suelen ser reducidas a dos: los ministros ordenados del clero secular o diocesano, y los ministros ordenados del clero regular. Los primeros están dedicados sobre todo a la diócesis y a la parroquia, los otros dependen de proyectos apostólicos que los pone al servicio de las iglesias particulares pero no de forma permanente y no siempre al servicio de una parroquia o iglesia: se trata de servicios más móviles y carismáticos.
    Finalmente, también la conducta moral del clero marca entre nosotros diferentes líneas divisorias: el poder, el dinero, la sexualidad en sus aspectos luminosos y también oscuros. Hay rostros “sacerdotales” que tienen marcada su vida por los consejos del Evangelio respecto a esas fuerzas ambiguas que ’hay en nosotros; y hay rostros “sacerdotales” que en ocasiones sucumben ante los lados más negativos del poder, del dinero y de la sexualidad.¡Esa es la verdad!: que este grupo de referencia es muy plural y muy variado; hay quienes en su conciencia no pueden tolerarlo; lo deploran, se escandalizan, denuncian la secularización de unos mientras aplauden la rectitud y coherencia de los otros. Y por parte de otros, hay disgusto y crítica ante el formalismo, el uniformismo, el sacralismo que resiste, se impone disciplinarmente y se hace más poderoso en las nuevas generaciones. Ese “cuadro sacerdotal impresionista” que de alguna manera he tratado de delinear resulta, para unos y otros, demasiado oscuro, ambiguo, indeterminado.

    1 comentario :

    1. Bendiciones para todos Magnifica revista católica a, nos edifica y nos hace crecer, me gusto la reflexión del P. Plinio muy interesantes, me voy a inscribir para recibirla mensual. Me gustaría imprimirla
      Con mucho respeto
      Danelia Rosario

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