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    “Nos tratan como si no fuéramos personas”

    Solidaridad | Fr. Miguel Ángel Gullón Pérez, O.P. 


    “Nos tratan como si no fuéramos personas”  

    A sus 11 años, Dangelyn enciende la mecha del clamor por la justicia con un poderoso discurso ante su Comunidad de El Guaral de Mata de Palma en la provincia de El Seybo: “Nos cortaron todas las matas de guayaba y de plátanos. Las vacas y las ovejas no encuentran comida porque todo lo han arrancado. No nos quieren dejar nada, absolutamente nada. Nos quitan nuestro territorio como si no fuésemos nada. Nos tratan como si no fuéramos personas. Pero debemos seguir luchando por lo que es nuestro, pues estamos aquí desde hace muchos años”.

    Manuel Antonio Hinojosa es una de las víctimas: “A mis 81 años vengo trabajando esta tierra desde 1953, cuando el Estado nos la entregó para ponerla a producir. La gente subsistía con las vaquitas, los chivitos y cultivando en sus conucos. Esto es lo que he visto desde mi niñez. Hasta ahora, en que los tractores del Grupo Vicini están destruyendo todo lo que nos pertenece y nos están dejando en la más absoluta miseria”. Domingo Hernández no acepta que se les obligue a más pobreza desde la violencia: “Guardias del Grupo Vicini destruyeron nuestras empalizadas, los pastos y mataron animales, incluidas muchas vacas preñadas. Fue un ataque cruel a quienes venimos trabajando esta tierra desde hace más de 150 años. Hemos denunciado a estas personas a los tribunales pero la justicia es demasiado lenta. Mientras hemos tenido que vender los animales. No podemos seguir así, las Comunidades necesitan esta tierra, pero ellos la quieren toda. Incluso pretenden adueñarse del play donde se han jugado tantos partidos y muchos jóvenes firmaron para los equipos de grandes ligas. Toda la Comunidad corremos peligro”.

    Como denuncia Miguel Hernández, él fue “amenazado de muerte por el general Ramón Antonio Bautista Calderón, que me encañonó con su pistola y de me dijo que, si no salgo de aquí, me mata. Ese día vinieron con el militar 20 personas con pistolas, machetes y armas largas; destruyeron todas las cercas y cortaron árboles de caoba centenarios”. El pastor Ramón Marte muestra su profundo pesar: “Me pregunto qué va a suceder con todas las familias, porque de repente lo destruyeron todo. Tenemos que unir nuestras voces para que nos escuchen y se ponga fin a esta violación de nuestra sagrada dignidad”. Como bien sabe Elizabeth Rodríguez, mamá de Dangelyn, es la hora de luchar, aunque sea en contra de quienes manejan todas las claves de poder: “Quiero exhortar a mis Comunidades a que no nos dejemos vencer por esos buitres que están invadiendo nuestros terrenos, nuestro pan diario. Vicini han truncado los sueños de nuestros hijos e hijas, pues no tendrán a donde ir. Pero no, ¡nos dejáremos vencer!”.

    Dios nos habla a través de los profetas como Isaías (5, 8): “Ay de los que juntan casa con casa, y campo a campo anexionan, hasta ocupar todo el sitio y se quedan solos en medio del país”. En la misma sintonía está el profeta Miqueas (2, 2): “Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; se apoderan de la casa y de su dueño, de un hombre y de su propiedad”. Pues estos grupos como el Central Romana y el Grupo Vicini, de violento poder económico y político, viven todo lo contrario al ideal de igualdad del Pueblo de Dios donde nadie debe sufrir pobreza y necesidad por causa de su ambición sin límites. Todas las personas tenemos derecho a cierto dominio particular sobre las cosas, pero no como propietarios absolutos, sino como administradores. Ante estas flagrantes injusticias, Dios nos anima a acompañar a quienes sufren las cruces del olvido, la persecución y la violación de su sagrada dignidad. Nos inspira el Papa Francisco: “Expresamos la misma sed, sed de justicia, y el mismo clamor, tierra, techo y trabajo para todos”. Soñemos con ese otro mundo posible convirtiendo nuestros miedos en esperanzas por una humanidad preñada de utopías de justicia, paz y fraternidad pidiendo que no obliguemos al Señor a arrepentirse de habernos dado las llaves de la tierra. ADH 815.

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