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    La primera vez que se jugó a las escondidas

    Casa de Luz | Juan Rafael Pacheco (casadeluzjn812@gmail.com) 

     

    La primera vez que se jugó a las escondidas

    Todo siempre tiene una primera vez, y así con jugar a las escondidas. Aquella vez, --leo en la internet--, se reunieron todos los sentimientos y cualidades. El aburrimiento bostezaba. La locura propuso jugar a las escondidas.

    La intriga reaccionó… intrigada. La curiosidad preguntó: “¿Cómo se juega eso?”

     “Sencillo. Me tapo los ojos. Cuento hasta un millón. Ustedes se esconden. Cuando termine, al primero que encuentre ocupa mi sitio y continúa el juego.”

    El entusiasmo bailó, la alegría convenció a la duda y a la apatía. La verdad prefirió no esconderse, ya que al final siempre la encontraban. Tampoco la soberbia, molesta porque la idea no fuera de ella. La cobardía prefirió no arriesgarse.

    La primera en esconderse fue la pereza luego de tropezar con la primera piedra. La fe subió al cielo y la envidia se escondió tras la sombra del triunfo.

    La generosidad por poco no se esconde. Cada sitio le parecía maravilloso para alguno de sus amigos, dejando el lago cristalino a la belleza, la hendidura de un árbol a la timidez, el vuelo de la mariposa a la voluptuosidad, la ráfaga del viento para la libertad. Se escondió tras un rayito de sol. El egoísmo encontró un sitio excelente, pero sólo cabía él.

    La mentira hizo creer que se había escondido en el fondo del océano, cuando en realidad se ocultó detrás del arcoíris. La pasión y el deseo, en el cráter de un volcán. El olvido… se me olvidó dónde se escondió, pero eso no tiene mayor importancia.

    Cuando la locura llegó a 999,999, el amor aún no había encontrado un sitio: todo estaba ocupado. Decidió esconderse entre las flores de un rosal.

    “¡Un millón!” – gritó la locura, y comenzó a buscar. Primero encontró a la pereza, bien cerquita.  Escuchó a la fe conversando con Dios. A la pasión y el deseo en el tremor de los volcanes.  En un descuido, encontró a la envidia y pudo deducir dónde estaba el triunfo. Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo: él solito salió disparado de su escondite, que resultó ser un nido de avispas. A la belleza cerca del lago.  Con la duda resultó más fácil: estaba sobre una cerca, indecisa de dónde esconderse.

    Los encontró a todos.  Al talento, entre la hierba fresca; la angustia, en una oscura cueva;  la mentira, detrás del arcoíris... (¡mentira sobre mentira!, ¡estaba en el fondo del océano!).  Y hasta al olvido, que ya había olvidado que estaba jugando  a las escondidas. Tan sólo el amor no aparecía.

    La locura buscó detrás de cada árbol, en cada arroyuelo, en la cima de las montañas y, cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal.  Tomó una horquilla y comenzó a agitar las ramas, cuando, de pronto, escuchó un doloroso grito.

    Las espinas habían herido los ojos del amor.  La locura no sabía qué hacer para disculparse: lloró, rogó, imploró, pidió perdón, y prometió ser su lazarillo.
    Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las  escondidas en la tierra, el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.
     “Todo amor enajena, saca de sí. El amor –y de modo total el amor a Dios—es olvido de sí y pertenencia al amado.” (C. Cardona).
    “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor.” (San Juan de la Cruz).
    Bendiciones y paz. ADH 835.

    Mis cuentos aparecen publicados en Catholic.net.
    Este cuento aparece publicado en la página 95 de mi libro “¡Descúbrete! Historias y cuentos para ser feliz”. Disponible en Librerías Paulinas, La Sirena y Librería Cuesta.

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