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    viernes, 18 de septiembre de 2020

    Con un corazón compasivo y misericordioso

    Espiritualidad del Corazón | Redacción Amigo del Hogar

     


    Con un corazón compasivo y misericordioso

     

    La expresión histórica del amor de Dios es Jesús, su hijo, quien nos enseñó a practicar la fe del corazón, es decir, a vivir un auténtico amor cristiano desde la misericordia y la compasión. La relación viva con el Padre, la que sostiene la fe de cada día, encuentra su cauce histórico-eclesial en el Sagrado Corazón de Jesús. Jesús mismo anunció con acciones y palabras que Él es el camino, la verdad y la vida. Su corazón es camino posible de un amor histórico, comprometido con la causa del Reino de Dios.

    Desde el principio de la Iglesia comenzó a profundizarse este amor incondicional de Dios, con la mirada puesta en el corazón humano de Jesús. San Agustín dirá de san Juan Evangelista en la última cena que “bebía de lo íntimo del corazón del Señor los secretos más profundos”. El papa Pablo VI afirmó en su momento que el Corazón de Jesús es “síntesis de nuestras relaciones con aquel Cristo cuyos misterios de presencia en el mundo el año litúrgico nos ha enseñado a conocer, imitar y amar”.

     

    El mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús precisamente para que, centradas nuestras vidas durante el año en vivir, celebrar y testimoniar el amor de Dios, estemos orientados hacia la misericordia y la compasión en todo momento y no nos distraigamos por los falsos caminos que nos proponen desde dentro nuestras propias tendencias pecaminosas; y desde fuera, el atractivo de estilos de vida y de relaciones sociales mundanales, que no toman en cuenta la fraternidad, el valor de la persona y la urgencia de justicia y solidaridad.

     

    Decir hoy espiritualidad del corazón nos remite de inmediato al modo como Jesús se relacionó con las personas y les comunicó el amor compasivo del Padre. Sus palabras, sus gestos, sus acciones y su propio estilo de vida provocaron admiración y respeto, no se impuso por medio del poder, su autoridad procedía precisamente de su autenticidad, de ser siempre para los demás, de su capacidad de cercanía, escucha, comprensión y aceptación de las personas en la situación en que se encontraban. De ese modo aparecía clara la presencia bondadosa del Padre en la humanidad de su Hijo.

     

    Con el teólogo Juan José Tamayo vamos ahora a profundizar la unidad entre ser personas y ser compasivos, tomado de su artículo “La compasión en un mundo desigual y en tiempos de pandemia”, publicado recientemente.

     

    La compasión es principio de humanidad

     

    La persona puede ser definida como ser compasivo. Sin compasión, no hay humanidad, se cierne la impiedad, la dureza de corazón, la cerrazón de mente y el bloqueo de la inteligencia. En cuanto compasivo, el ser humano se siente solidario con la suerte del resto de los seres humanos y de la Naturaleza, de forma que todo acto de homicidio y de ecocidio se convierte en suicidio: matar a otra persona o destruir la naturaleza es matarse o destruirse a uno mismo. Caín, matando a Abel, se está matando a sí mismo. Sin compasión, el ser humano se torna lobo estepario que se guía por la ley de la selva. Sin compasión, no hay respeto por la vida de los otros y las otras, sino la guerra de todos contra todos.


    La compasión, opción y actitud fundamental de Dios ante el sufrimiento y la opresión


    La compasión es la opción y la actitud fundamental de Dios, ejemplo de sensibilidad ante el sufrimiento y la opresión. La palabra hebrea que se traduce por compasión es rahamin, derivada de rahem, vientre, entrañas. En la antropología bíblica, vientre es el lugar de la compasión y se le aplica a Dios capaz de actuar compasivamente desde sus entrañas. Nos lo recuerda la tradición bíblica del Éxodo, que presenta a Yahvé movido a compasión por los sufrimientos del pueblo hebreo y los gritos de auxilio que llegan al cielo, y comprometido con la liberación de la esclavitud de Egipto:

     “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos (conocer= compartir, sufrir con). He bajado para librarlo de la mano de los egipcios y para subirlos a de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel... Así, pues, el clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto la opresión con que los egipcios los afligen. Ahora, pues, ve: yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto. Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte” (Éx 3,7-12).

    La compasión está en la base de la legislación hebrea que defiende los derechos de los huérfanos, las viudas y los extranjeros, desatendidos en la práctica. Es el mensaje y la práctica de los profetas y las profetisas de Israel/Palestina, para quienes la religión verdadera no consiste en ofrecer sacrificios, sino en hacer el bien, establecer el derecho y practicar la justicia. En la tradición profética uno de los nombres de Dios es “Justicia”, como afirma el profeta Jeremías: “Este es el nombre con el que lo llamarán: ‘Yahvé, nuestra Justicia” (Jr 23,6). 


    La compasión, opción fundamental de Jesús

     

    La compasión conforma el ser de Jesús de Nazaret, su estilo de vida, su forma de pensar y de vivir a Dios, su manera de entender al ser humano, su relación con los demás, su modo de conocer, de creer, de esperar, de amar, su lectura de las Escrituras, su actitud ante las víctimas, ante las personas hambrientas (misereor super turbas).

    En el trasfondo de la actuación de Jesús aparece siempre el sufrimiento de las mayorías, de los empobrecidos, de las personas discapacitadas, enfermas, privadas de dignidad. Ante ellas no queda impasible, sino que se le remueven las entrañas. Jesús pone como ejemplo de persona compasiva, de “persona cabal” a un Samaritano, a quien convierte en sacramento del prójimo, cuando los judíos ortodoxos lo consideraban enemigo y hereje. El Samaritano, “movido a compasión”, atendió a la persona malherida, maltrecha, a diferencia del sacerdote y del levita, que pasan de largo porque su prioridad era la práctica cultual en el templo, ajena a la justicia.

    En el desarrollo de su reflexión, Tamayo justifica como Jesús, siguiendo la mejor tradición profética, contrapone la compasión a los sacrificios: “Misericordia quiero, que no sacrificio” (Mateo 12,1-9, citando a Oseas 6,6), “N he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,12-13). La compasión es la virtud por excelencia proclamada en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los misericordiosos...” (Mt 5, 7). ADH 846.

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