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    sábado, 19 de septiembre de 2020

    Distancia física, no social

    Opinión | Cristina Inoges


    Distancia física, no social

    Me sorprende enormemente la ligereza con la que hablamos y lo poco que pensamos antes de repetir consignas que escuchamos como si fueran mantras tranquilizadores, y repetimos sin cesar que hay que mantener la «distancia social».

    La «distancia social» la tenemos grabada y la venimos practicando generosamente desde antiguo. Así, la biblia nos recuerda que todos fuimos extranjeros en algún momento —y que a todo extranjero hay que dar hospitalidad— y que «mi padre fue un arameo errante» (Dt 26, 5), en clara alusión a que todos nos hemos movido por el mundo —más o menos lejos— en busca de una vida mejor para nosotros y nuestras familias.

    La «distancia social», casi siempre, conlleva el desentendimiento del prójimo porque no lo conozco, no es de los míos, tiene mala pinta, vete a saber qué habrá hecho, es extranjero y no lo entiendo… La «distancia social» es lo peor que podemos poner en práctica en estos momentos porque puede derivar rápidamente en soledad.

    Buscar la soledad por uno mismo se puede hacer por mil motivos y hasta puede ser buena —basta con leer a Christian Bobin, ganador del Grand Prix Catholique de Littérature (1993), y percibir la soledad de la que habla—; pero si no se busca la soledad y se padece y se sufre, es porque se está viviendo el vacío que hacemos los demás, aunque sea disfrazado de «distancia social». La soledad no es aislamiento; la soledad no buscada es castigo para quien la padece.

    La soledad causa daños extremos que no somos capaces de imaginar y que, a quien la padece, le hace sentir culpable de algo, aunque no sepa muy bien de qué y llega a pedir perdón como si hubiera provocado la situación. Lo expresa muy bien Pedro Miguel Obligado en su poema «Soledad»:

    «¡Soledad, soledad y siempre soledad! […] Hermano: estoy muy triste
    —¿me perdonas?— muy triste.
    ¡Soledad, soledad y siempre soledad!».

    Otra cosa muy distinta es la «distancia física» que reduce el peligro de contagio mientras estemos inmersos en esta pandemia que nos afecta. No son lo mismo y no debemos confundir ambas distancias. La «distancia física», sobre todo ahora y debido a la COVID-19, no implica desentendimiento del otro, al contrario, más bien implica el cuidado extremo de todos y para todos.

    La «distancia física» puede impedir que nos abracemos y hasta que nos veamos porque se impone el bien común, sin embargo, esa distancia no puede impedir que nos sigamos queriendo, acompañando y hasta mimando. No creo que haya nadie en este mundo que no haya pasado por la experiencia de querer y amar en la distancia —aunque haya sido por unos pocos días ¡y no digo nada si son meses! — y esa vivencia le ha llevado a sentir que se puede estar el tiempo que sea sin verse, pero ni un solo día sin quererse. Lo que tenemos que aprender es a querer y a manifestar amor en la distancia, algo ya nos enseñaron los trovadores medievales cuando hablaban de «l’amour de loin», el «amor lejano», dentro de la vivencia del amor cortés, que creo nos cuesta asimilar en situaciones mucho más dramáticas. Si la lectura que hagamos de los acontecimientos que nos están tocando vivir, la hacemos —sin dejar de reconocer el inmenso dolor causado— en clave de oportunidad, habremos ganado mucho. No estamos solos y nadie debería sentirse solo. Los modos de proximidad en la distancia son tantos como nuestra capacidad creativa nos permita. No olvidemos, por nada del mundo, que «somos, nos movemos y existimos en Él», aunque estemos lejos unos de otros.

     


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