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    domingo, 29 de noviembre de 2020

    Relato de la institución y consagración

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, MSC



    d)Relato de la institución y consagración

    «Con las palabras y gestos de Cristo, se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena, cuando bajo las especies de pan y vino ofreció su Cuerpo y su Sangre y se lo dio a los Apóstoles en forma de comida y bebida, y les encargó perpetuar ese mismo misterio» (OGMR 79).

    Llegamos a octubre misionero y del Rosario y seguimos avanzando con la Plegaria eucarística. El cuarto elemento de su estructura es el relato de la institución y consagración. Dice el Catecismo sobre el relato: «En el relato de la institución, la fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para siempre» (CIC 1353).

    El relato de la última cena, con las entrañables palabras y acciones de Jesús sobre el pan y el vino, nos trae a la memoria, cada vez, que lo que celebramos a lo largo de la historia en la Eucaristía no es obra nuestra, sino obediencia e imitación de lo que Cristo quiso dejarnos como herencia “hasta que vuelva”. Eso nos libera del protagonismo que con frecuencia nos arropa.

    En este preciso momento converge la acción del Espíritu Santo sobre los dones de pan y vino, que pasan a transformarse en Cuerpo y Sangre de Cristo, con la fuerza de las palabras y la acción de Cristo. De esta unión de las palabras de Cristo y el poder del Espíritu, resulta la presencia sacramental.

    El mismo Cristo, mediante el ministerio del sacerdote, que actúa en su misma Persona, dice sobre el pan y el vino puestos sobre el altar, las mismas palabras misteriosas que dijo en la Última Cena: “Tomen y coman todos del él; porque esto es mi Cuerpo que será entregado por ustedes”. “Tomen y beban todos de él; porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por todos los hombres para el perdón de los pecados, hagan eso en conmemoración mía”.

    «Por eso, este es el momento culminante de la plegaria eucarística; y atestigua que lo que celebramos en la Eucaristía no es obra nuestra, sino cumplimiento del mandato de lo que Él quiso dejarnos como herencia “hasta que vuelva”».[1]

    Al introducir este relato, la liturgia lo enlaza con el contexto anterior, que termina hablando de Cristo: “El cual, cuando iba a ser entregado” (Pleg. II); “porque Él mismo, la noche en que iba a ser entregado” (III); “porque Él mismo, llegada la hora en que había de ser glorificado por Ti, Padre Santo, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (IV).

    Pero, además, añade algunos elementos que lo enriquecen como lo que afirma el Canon Romano: “El cual, la víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos al cielo, hacia Ti, Dios Padre suyo…”

    En definitiva, este relato, es el “hoy” de la pascua de Cristo, el momento en que proclamamos su misterio, el sacramental de la cena y el histórico de la cruz, con la convicción que él mismo, por su Espíritu, lo actualiza para nosotros en la celebración. Y todo ello sin perder el tono de alabanza dirigida al Padre y presentando las palabras y gestos sobre el pan y el vino en íntima conexión con la muerte salvadora de Cristo. ADH 849



    [1] Abad, José A.; Diccionario del agente de pastoral litúrgica. Monte Carmelo, Burgos 2003. p. 503.

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