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    miércoles, 24 de marzo de 2021

    Carta al profeta Jonás


    Teología en broma y en serio | José María Diez-Alegría



    Carta al profeta Jonás


    Mi querido Jonás:

    Empiezo mi librito de Teología en broma y en serio escribiéndote a ti. Y esta carta va a ser como una introducción al librito, que no puede llevar una introducción propiamente dicha, porque una introducción tiene el peligro de ser una cosa «seria», y el librito no es «serio».

     

    A lo mejor, Jonás, me replicas a esto que el librito es «Teología en broma y en serio» y que, por lo tanto, es, por lo menos en parte, serio.

     

    Pero es que yo hago una distinción entre serio y «serio», puesto entre comillas. «Serio», puesto entre comillas, es lo contrario de humorista. Mientras que simplemente serio no es incompatible con el humor. (Bueno, la palabra humorista tiene también su peligro, incluso empleada como adjetivo. porque puede parecer orientada hacia una especie de profesionalización del humor. Y el humor más auténtico, es gratuito y vital).

     

    Una teología en broma y en serio no es nunca «seria», aunque tenga cosas simplemente serias.

     

    Pero además, en el mundo de la fe (digamos, en la teología, sin tomarnos la palabra en «serio»), frente a lo humorístico (o, quizá mejor, humorista o, con un neologismo, humoroso), está casi siempre no lo simplemente serio, sino lo trágico.

     

    Lo trágico es la negación de lo «serio», (puesto entre comillas), mucho más fuertemente todavía que pueda serlo lo humoroso.

     

    El mundo de lo «serio» es el mundo de la chistera (caballeros) y del corsé (señoras). Un conjunto de convencionalismos, de conveniencias, de buenas maneras, de manos enguantadas (limpias o sucias importa menos, sobre todo si los guantes están discretamente perfumados de tabaco o de lavanda). Un equilibrio algo hipócrita.

     

    Chesterton, que fue en su tiempo un gran escritor, miró con humor la «seriedad» victoriana de la sociedad inglesa del siglo XIX.

     

    En el humor hay un cierto cosquilleo que es incompatible con el estático equilibrio de la «seriedad».

     

    Pero el tremendo desequilibrio de lo trágico es todavía mucho más opuesto al hieratismo de peluquería de lo «serio».

     

    Espero que acierte a terminar mi librito con algunas reflexiones sobre la cruz de Jesús y su significación histórico-escatológica. Aquí la dimensión trágica será evidente. Pero quizá haya también, en función de una teología de la cruz, algo de humoroso en lo que se vislumbre del sentido de la historia.

    * * *

    Si quieres que te dé ahora una idea del contenido del Libro encabezado por esta carta dirigida a ti, puedo intentar satisfacer tu curiosidad. (En realidad —¿sabes?— es mi editor quien me ha pedido que te meta aquí este cuento. Dios perdone a los editores).

     

    Verás: pienso tratar del sentido auténtico de la religión de Jesús, procurando deshacer malentendidos peligrosos, que tienden a convertirla en «opio del pueblo». Esto lo tocaré muy humorísticamente en el capítulo «Fútbol trinitario», con un toque de humor en «Los cristianos, el socialismo y el coco», y con dimensión trágica en «Teología de la cruz e historia humana».

     

    Hablaré mucho de desviaciones autoritarias que se han producido en la iglesia a través de la historia, sin negar con ello los «ministerios» cualificados ni la legítima «autoridad pastoral», pero tratando de reconquistar de veras para todos la «libertad» cristiana. Utilizaré mucho el humor. No habrá ni una gota de hiel contra los pobres jerarcas, pero habrá bastante cachondeo.

     

    Siempre con un afecto benévolo, sin la amargura de la cólera. Y con «los debidos respetos», que adelanto aquí. No pienso negar nada de lo que tenemos en el Nuevo Testamento acerca de la estima y docilidad a los que nos presiden y dirigen. Ni ningún dogma definido. No hace falta eso para rechazar con firmeza el yugo de la esclavitud, como nos exhorta a hacer San Pablo (Gálatas, 5, 1).

     

    Trataré dramáticamente de «Jesús y la iglesia», humanamente del follón que hubo en el cristianismo primitivo, y con mucho humor de la estructura empresarial a que se ha visto abocada la iglesia, del derecho canónico y de los avatares históricos y humanos de la herencia de Pedro. No habrá en el libro negación de la «función petrina», sino una gran nostalgia de ella y de su perpetuación entre nosotros. El libro constituirá un cariñoso homenaje a Pedro. Y contendrá alguna crítica afectuosa del grande y admirado Pablo. (Era un hombre tremendo, a quien puede ser saludable tomarse a veces con un poco de humor, estoy seguro de que me lo perdonará).

     

    En el libro habrá también algunas anécdotas de mis relaciones con obispos y superiores, que espero podrán «enseñar deleitando». Recuerdos nada amargos y significativamente divertidos.

     

    En un capítulo que se titulará «Sexo, matrimonio y curas» pienso hacer un llamamiento al sentido común, recordando la límpida benevolencia de Yahve Dios, que es el culpable de que los hombres y las mujeres gocen tan bellamente haciéndose el amor.

     

    Pienso terminar el libro con una proclamación esperanzada del bien inaudito que es «querer a Jesús».

     

     

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