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    viernes, 12 de marzo de 2021

    El don de Inteligencia

    Rincón de la Palabra | Hna. Ángela Cabrera, MDR

     



    Don de Inteligencia

     

    El don de inteligencia permite a la persona “leer dentro”, “penetrar hasta el interior”, “conocer a fondo”, “penetrar en la verdad”; es un viaje de lo externo a lo interno, de lo visible a lo invisible, en sentido trascendente, y en perspectiva de fe. Esta gracia divina, como indica su nombre, es superior a la capacidad natural, o sea, no se adquiere por las propias fuerzas. No se trata de una inteligencia comprendida a la manera humana, sino de una asistencia especial, del Espíritu Santo, quien permite asimilar lo que la divinidad, en su misericordia, revela. Las cosas del Espíritu son sondeadas por el Espíritu (1Cor 2,10).

     

    Este don puede compararse a una luz, una luz que llega a la mente confusa, limitada y oscura. La súplica del ciego de Jericó a Jesús nos ilumina: “¿Qué quieres que haga por ti?”: “¡Señor, quiero ver!” (Lucas 18,35-43). En este sentido, los evangelios muestran el empeño de Jesús para que los discípulos sean partícipes de su propia visión de fe. Les cuestiona para estimularlos (Mc 7,18): “¿Están faltos de entendimiento?”. “¿Aún no entienden ni comprenden?” (Mc 8,17-21). “¿Quién dice la gente que soy?”. Él desea que sus seguidores superen la rigidez mental. Marcos presenta a Pedro como modelo de quien, en un momento concreto, recibe la asistencia del don del entendimiento, confesando, por luz divina, que Jesús es el “Cristo” (Mc 16,17).

     

    En sentido creyente, se trata de ver aquellas verdades inalcanzables con el intelecto. Se trata de una inteligencia espiritual. Inteligencia que experimentaron los discípulos de Emaús cuando, al atardecer, se les abrieron los ojos y pudieron interpretar el ardor del corazón mientras Jesús les explicaba las Escrituras (Lucas 24,28-32).

     

    En contacto con la Sagrada Escritura, el don de inteligencia actúa de manera especial. Con tal asistencia pueden descifrarse los secretos bíblicos. Pablo intercede por los cristianos para que reciban dicho espíritu de revelación y sean iluminados mediante los ojos del corazón (Ef 1,15-19). En este contacto íntimo y orante con la Palabra, la persona recibe la predicación directa de los textos bíblicos. Esta predicación especial permite que la Palabra penetre, germine, y produzca frutos de conversión y evangelización. De ahí que la Palabra predique antes de ser predicada.

     

    Los salmistas desean que Dios le comunique inteligencia suficiente para comprender su Palabra: “Enséñame, Señor, el camino de tu Palabra… Dame inteligencia para guardar tu Ley y observarla de todo corazón” (Sal 119,33-34). Se trata de la inteligencia que acude a las almas sencillas, quienes piden asistencia (Sal 119,130).

     

    Para que el don de inteligencia se geste y desarrolle, se le exige a la persona purgar su alma, sus intenciones. La pureza interior, junto a la humildad, son elementos indispensables para recibir este don que busca, en su naturaleza misma, “iluminar y no brillar”. Junto e íntimamente con la pureza y la humildad está el amor, ya que todo don, por su propia esencia, nace del amor y se vuelve amor, relación, vínculos solidarios y fraternos. Por tanto, se robustece amando de forma consciente, usándolo para llevarle los hijos y las hijas a Dios, renunciando libremente a cualquier rasgo maldoso que pudiera empañar la permanencia en esta divina luz. Quiere decir que no se admite un don de inteligencia sin una actitud cooperativa con los demás necesitados. “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). ADH 847

     

     

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