La Iglesia Hoy | Sebastián Sansón Ferrari
León XIV: La Iglesia es
humana y divina, unida en el amor de Cristo
En la
Audiencia General, el Papa explica que la “complejidad” de la Iglesia no es
confusión, sino la unión armoniosa de su dimensión humana y divina. Solo la
caridad -afirma- hace visible hoy la presencia de Cristo en medio de las
fragilidades humanas.
¿Qué significa
que la Iglesia sea “una realidad compleja”? A partir de esta pregunta, el Papa
León XIV centró su catequesis de este miércoles 4 de marzo durante la Audiencia
General en la Plaza de San Pedro, retomando el primer capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, donde se aborda la naturaleza
profunda de la Iglesia. De este modo, el Santo Padre prosigue sus meditaciones sobre los documentos
conciliares en el marco de un ciclo que comenzó el 7 de enero pasado.
"Alguien
podría responder, explicó el Pontífice, que la Iglesia es compleja en cuanto
que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar
que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con
dos mil años de historia, y con características diversas respecto a cualquier
otra agrupación social o religiosa".
Una unidad de dimensiones diversas
El Santo Padre
comentó que el término latino utilizado por el Concilio no alude a confusión,
sino a una unión ordenada de dimensiones diversas de una misma realidad. Por
eso, Lumen gentium puede afirmar que la Iglesia es un
organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina
“sin separación y sin confusión”.
“La primera
dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de
hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y
el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la
presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida.”
Pero este
aspecto, aclaró el Obispo de Roma, "no basta para describir la verdadera
naturaleza de la Iglesia" pues ella posee una dimensión divina, y esta no
consiste en "una perfección ideal" o en una "superioridad
espiritual de sus miembros".
Más bien, en
el hecho de que "la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la
humanidad, realizado en Cristo. Por esto, la Iglesia es al mismo tiempo
comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio
espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el
cielo".
“La dimensión
humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a
la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana
y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.”
A la luz de Cristo
Para iluminar
esta condición eclesial, la Lumen Gentium -manifestó Prevost-
remite a la vida de Cristo: "Efectivamente quien se encontraba con Jesús
por los caminos de Palestina experimentaban su humanidad, percibía sus ojos,
sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado
precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus
manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación".
"Pero al
mismo tiempo, aseguró el Sucesor de Pedro, siguiendo a aquel Hombre, los
discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su
rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios
invisible".
No una Iglesia ideal, sino encarnada
Citando a
Benedicto XVI, León XIV recordó que no existe oposición entre Evangelio e
institución: "Las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la
realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo", decía
Ratzinger en su discurso a los obispos de Suiza el 9 de
noviembre de 2006.
“No existe una
Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de
Cristo, encarnada en la historia.”
La caridad, corazón de la Iglesia
Evocando la
exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco, León XIV
recordó la invitación a “quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del
otro”.
"Esto
-precisó Su Santidad- nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día:
no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese
edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la
caridad entre nosotros".
“La caridad,
en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo
-decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence
todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae
todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).”


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