La Familia | LFI
“Me
regalaron un celular a los 12 y mi vida cambió para siempre”: el desgarrador
testimonio de una adolescente
En sus libros “Secuestrados por las
pantallas” y “Atrapados por la red”, la reconocida
influencer chilena Carolina Pérez Stephens aborda con valentía
los riesgos que hoy enfrentan niños y adolescentes en el mundo digital.
A través de historias reales, muestra cómo el uso
temprano y sin acompañamiento de las redes
sociales puede impactar profundamente la vida de una
familia.
A continuación, compartimos el testimonio
desgarrador de una adolescente que vivió en primera persona las consecuencias
de quedar atrapada en esa realidad digital, relato que la autora comparte en su
libro “Secuestrados por las pantallas”.
Testimonio de
una adolescente
“Tengo quince años y a los doce me regalaron mi
primer smartphone, y lo hicieron simplemente porque les dije que
todos los papás o mamás de mi curso se los estaban regalando a mis compañeros.
Al principio me dijeron que no, que no lo necesitaba porque mi mamá me iba a
buscar al colegio, pero insistí, ya que todas mis amigas se ponían de acuerdo
para las tareas y las juntas por WhatsApp. Les dije que ya no me
habían invitado a tres juntas por no tener teléfono. Ese mismo día me compraron
uno. Ahora pienso que ojalá no lo hubieran hecho, porque miro hacia atrás y veo
lo inmadura que era. En todo caso, no los culpo.
Lo primero que hice al recibirlo fue bajar WhatsApp e Instagram,
porque fueron las únicas redes sociales que me permitieron tener. (…) La única
exigencia que me pusieron fue que ellos me iban a seguir en mi cuenta de Instagram,
para saber qué era lo que mis amigas y yo posteábamos.
Yo estaba feliz, pasaba horas sacándome selfies y
editando fotos para ponerles filtros. ¡Qué ganas tenía yo de verme realmente
como me veía con el filtro!
“Mi teléfono
era más entretenido que las clases”
Pasó un tiempo y mis padres me empezaron a
molestar con el tema de la lectura, ya que nunca me ha gustado mucho leer, pero
leía lo que me pedían en el colegio. Mis profesoras les mandaban correos
diciendo que estaba bajando las notas y diciendo que ya no sacaba los libros
exigidos en la biblioteca. A mí realmente no me importaba nada, mi teléfono era
mil veces más entretenido que las clases del colegio.
¡Cuánto me gustaba subir fotos! Mis amigas me
dijeron que todas tenían otras cuentas que sus padres no conocían y que por lo
tanto no veían, así que me inventé otra cuenta aparte, y ahí sí que podía
publicar sin pensar en si les iba a gustar o no a mi papá o mamá. (…).
Cuando cumplí trece mi vida se complicó
demasiado. Todo el día estaba con mi teléfono, durante el día y la noche. Mis
amigas hacían lo mismo y teníamos una competencia de quién tenía más likes en
las publicaciones.
Mientras más cuerpo mostrábamos, más likes teníamos
y a mí me daba mucha vergüenza y miedo. (…).
El paso a los
mensajes directos y a las fotos
Como la competencia era quién tenía más likes,
empecé a aceptar a cualquiera que me enviara una solicitud de amistad, sin
siquiera revisar su perfil. (…). Un día uno de mis seguidores me empezó a
escribir mensajes directos, revisé su perfil, era de mi edad y en las fotos se
veía bastante bonito. Todos los días me escribía, me dijo que era de Arica y
que ojalá algún día nos pudiéramos conocer. Era muy tierno y de verdad lo sentí
como un buen amigo. Le empecé a contar mis problemas y siempre tenía una
palabra amable.
Empezamos a pololear.
Videos en
TikTok
Empecé también a postear videos en TikTok como
todas lo hacían y mientras más corta era mi polera (camiseta) o más apretado mi
pantalón, más likes y más seguidores iba teniendo.
Igual me daba vergüenza cuando en varios grupos
de confesiones de mi colegio hacían preguntas sobre quiénes eran las que
perreaban mejor en TikTok, porque un
día salió mi nombre. Al principio me sentí súper bien, pero después empezaron
las burlas. Se reían de mi pelo, que estaba un poco gorda, que mi ropa se veía
mal. Realmente me quería morir. Por un lado, estaba feliz de que todos hablaran
de mí, pero por otro, no quería salir de mi casa.
Mi papá y mi mamá todo el día me preguntaban por
qué estaba comiendo menos y por qué andaba con la cara triste. Yo sabía por qué
era, pero no quería contarles. Si les decía que me estaban haciendo bullying por
redes sociales estaba segura de que iban a ir al colegio a alegar y que después
me quitarían el teléfono. Prefería callar a que me lo quitaran. Varias de mis
amigas estaban igual que yo y una nos recomendó una cuenta de Instagram en
la que te decían qué hacer para no comer y que nadie de tu familia se diera
cuenta. Yo lo único que quería era adelgazar para que no dijeran que mis videos
eran malos porque era gorda.
“Quién pasaba
más tiempo sin comer nada”
¡Encontrábamos tantas cuentas! No parábamos de
verlas. Con mis amigas empezamos a hacer desafíos de quién pasaba más tiempo
sin comer nada. Rápidamente adelgacé y la ropa me quedaba mucho mejor, ya no
podrían criticarme por mi peso, estaba más flaca que muchas de mi curso.
Mi novio me decía que estaba estupenda y todos
los días le mandaba fotos para que viera los cambios. Al final la mejor técnica
era comer cuando estaba con mi familia y después lo vomitaba. Todo el tiempo
que estaba fuera de mi casa simplemente no comía nada. Me hice amiga por Instagram de
muchas que usaban la misma técnica.
Mis padres no entendían por qué estaba
adelgazando, según mi mamá era porque estaba creciendo. Fue mi profesora de
Historia la que un día me llamó para hablar conmigo porque estaba preocupada
por mí. Me dijo que le sorprendía verme tan pálida y con mis ojos sin brillo;
que podía confiar en ella, que podíamos conversar de lo que quisiera, que me
conocía desde hacía muchos años. Pero no quise decirle nada. Yo tenía una vida
y cosas que contaba en mi casa y el colegio, pero tenía otra en mi teléfono. No
quería que nadie se metiera en mi vida.
Propuestas de
menos ropa
Un día mi novio empezó a pedirme fotos con menos
ropa y yo no quise, me daba vergüenza. Me dijo que pronto vendría a Santiago y
que quería conocerme mejor, que ya llevábamos mucho tiempo con la relación
virtual y que tenía una tía con casa en Santiago donde podíamos ir. ¡Cómo se
enojó cuando le dije que no! No me escribió por cuatro días. Estaba tan triste
que fui al baño, me saqué la ropa y le mandé la foto. Me mandó mil corazones y
quedé feliz. Problema solucionado, además cedí para que nos viéramos cuando
viniera.
(…) El problema explotó cuanto tuve que mandar a
arreglar mi celular por un tema de la batería. Mi mamá, como sospechaba cosas,
le dijo al técnico que desbloqueara todo y revisó mis fotos, videos, las otras
cuentas, ¡todo!
Urgencias…, y
desintoxicación de redes sociales: “volví a sonreír”
Tengo borrada de mi cabeza la conversación que
tuve con ellos después de eso, ya que cuando me dijeron que tenían desbloqueado
el teléfono y que habían revisado todo, me vino un ataque de pánico. Lloré sin
parar, grité y no aguanté que me tocara nadie. Fue ahí cuando me llevaron de
urgencia a la clínica. Me dieron algo para calmarme y pasé la noche ahí. Mi
mamá durmió conmigo. Al día siguiente llegó una psiquiatra y me explicó que
había tenido una descompensación producto de mi ansiedad
y depresión. Lloré mucho y mi mamá lloraba
conmigo.
Ahora estoy en terapia. Me quitaron el celular y
yo pensé que me iba a morir, pensé en matarme. Fue un mes del terror, me
tuvieron que dar remedios para dormir, tiritaba y ahí la psiquiatra me dijo que
estaba pasando por un periodo de desintoxicación de las redes sociales. Pensé
que la vida no tenía ningún sentido, pero poco a poco, con la ayuda y el amor
de mi familia y del equipo médico, volví a sonreír”.
*Fuente: Omnes


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Promueve el diálogo y la comunicación usando un lenguaje sencillo, preciso y respetuoso...