Papa León XIV | Silvina Perez
El Papa: “Encontrémonos como
una sola familia, la paz nace de la justicia”
Primera etapa
del viaje apostólico a África, Argelia ha sido el escenario en el que León XIV
ha articulado las líneas centrales de su mensaje ante la comunidad
internacional, la fraternidad entendida no solo como principio espiritual, sino
como fundamento de la vida pública.
En su segundo
discurso, pronunciado en el Centro de Convenciones Djamaa el Djazair de Argel
ante las autoridades, los representantes de la sociedad civil y el Cuerpo
diplomático, el Pontífice se ha presentado como «peregrino de paz» y ha
señalado en la justicia, más que en el equilibrio de intereses, la condición
para una convivencia duradera.
Un peregrino de paz en una tierra de encuentro
Tras las
palabras de bienvenida del Presidente de la República, el Papa ha expresado su
gratitud por la invitación recibida “al inicio de su ministerio petrino”,
evocando su vínculo espiritual con San Agustín. No es una referencia formal,
regresar como Sucesor de Pedro a esta tierra adquiere, en su discurso, el valor
de un signo.
En un mundo
atravesado por enfrentamientos e incomprensiones, León XIV ha insistido en una
idea tan simple como exigente, reconocerse miembros de una única familia
humana. Una certeza, ha advertido, cuya aparente simplicidad encierra una
fuerza capaz de abrir caminos precisamente allí donde todo parece bloqueado.
Solidaridad y justicia, claves de la convivencia
El Pontífice
ha subrayado la fortaleza moral del pueblo argelino, anclada en una cultura
cotidiana de la solidaridad, la acogida y la vida compartida. En ese marco, ha
recuperado el significado de la sadaka, no como gesto asistencial,
sino como principio de justicia en el que compartir no es opcional, es debido.
León XIV ha advertido contra las dinámicas que producen desigualdad y
exclusión, señalando un modelo en el que la acumulación y la indiferencia terminan
erosionando la dignidad humana. Una crítica que se inscribe, sin ruptura, en la
línea del magisterio reciente, desde Benedicto XVI hasta Papa Francisco, sobre
los desequilibrios de una globalización mal gestionada.
Una contribución al equilibrio global
Al evocar la
historia de Argelia, hecha de pruebas y de recomposición, el Papa ha reconocido
al país una posición singular, la de quien puede leer el mundo con una mirada
crítica. No para amplificar tensiones, sino para orientar procesos de diálogo,
respeto del derecho internacional, solidaridad entre pueblos.
Dirigiéndose a
las autoridades, León XIV ha desplazado el foco hacia el interior, una sociedad
civil “viva, dinámica y libre”, con los jóvenes en el centro. La política, ha
recordado, no se legitima por el poder que ejerce, sino por el servicio que
presta; y encuentra en la justicia su medida, no en la eficacia.
Mediterráneo y Sáhara, espacios de vida y no de muerte
El discurso
alcanza uno de sus momentos más tocante en la referencia al Mediterráneo y al
Sáhara. No como geografía, sino como símbolo, lugares de cruce, de memoria y de
promesa. Espacios que no pueden degradarse en “cementerios donde muere también
la esperanza”. Una advertencia formulada con particular intensidad: “¡Ay de
nosotros si los convertimos en cementerios donde muere también la esperanza!”,
subrayó.
De ahí el
llamamiento, directo, a “multiplicar los oasis de paz” y a desactivar las
lógicas que convierten la vida humana en objeto de explotación. La dignidad, ha
insistido, no admite negociación ni subordinación.
Religión y sociedad, entre riesgo y oportunidad
En el tramo
final, el Papa ha abordado una de las tensiones más visibles del presente,
entre fundamentalismo y secularización. Dos derivas opuestas que, sin embargo,
convergen en un mismo riesgo, el de vaciar de sentido la relación con Dios y
con el otro.
León XIV no
esquiva el problema, pero tampoco lo dramatiza. Lo interpreta como signo de una
época en transformación. De ahí la propuesta, educar en el sentido crítico, en
la libertad, en la escucha, en el diálogo. Reconocer en quien es distinto no
una amenaza, sino un compañero de camino.
El Papa ha
encomendado finalmente al pueblo argelino a la bendición del Altísimo,
invocando para el país un futuro de paz, justicia y fraternidad.


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