Actualidad Nacional | Melania Emeterio Rondón
El Papa
Francisco y José Mujica
En la actualidad, República Dominicana vive una
espiral de violencia que, lejos de disminuir, va de más en más. El país es
víctima de un asalto, no solo de la violencia social, que es estacionaria,
sino, de violencia individual, policial, familiar, y de vecindario. Todo esto
produce un cerco de temor, inseguridad, confusión, y sobresalto. Pero la
necesidad de sobrevivencia, en este caso, obliga a tomar un respiro. Es
oportuno recordar otros hechos humanos que nos traigan paz, sabiduría, y formas
distintas de encarar la vida con perspectivas armoniosas. Luego, volver a la
realidad. Pensando en esta necesidad, vinieron a mi memoria las figuras de dos
hombres grandes: Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, de nacionalidad
argentina, y el expresidente de Uruguay, José Mujica. Ambos murieron en el
2025, pero ninguno pasó por el mundo desapercibido.
“Los ejemplos valen más que las palabras”, es una
afirmación a la que se suele acudir con frecuencia para emular a quienes, en
estrecha coherencia con su credo, pasan de la palabra a los hechos, virtud
que acompañó a estos dos personajes. Ambos salieron de este plano terrenal,
pero viven en la memoria colectiva, y ojalá sea por mucho tiempo. El sacerdote
Francisco tuvo el honor de ser el primer Papa latinoamericano, y como tal dejó
su impronta. El líder católico falleció el 21 de abril del 2025, y Mujica, el
uruguayo, el 13 de mayo 2025. Ellos captaron tanta simpatía, respeto y
admiración que fueron muchos los países y personalidades que lamentaron su
partida. Seguramente que, pasado el tiempo, se apele a ellos buscando fuentes
dignas, y referentes de elevación moral desde la justicia social y humana.
El Papa Francisco pasará a la historia y quedará
en la memoria como un religioso que perseveró en su vocación, y que en
virtud de esto, realizó meritorios esfuerzos por la paz, por quienes sufren los
rigores de las guerras, por las víctimas de abusos sexuales cometidos por
algunos sacerdotes. Los esfuerzos apostólicos que hizo por los condenados al
hambre y la pobreza. Predicó la compasión hacia los migrantes y desplazados por
las guerras. Fue un Papa cercano. No tuvo reservas para acercarse a grupos
considerados marginados o excluidos. Su lucha no fue fácil, pues hubo
reacciones, pero el esfuerzo y la constancia, siempre lo acompañaron.
La preocupación Papal, por la migración
haitiana en República Dominicana, fue tal que, que sin tener precisadas las
informaciones históricas, culturales y económicas del país, y de la abusiva situación
confrontada con la excesiva migración o invasión haitiana, no fue
objetivo. Se confió en las distorsiones de algunos sacerdotes jesuitas, pro-haitianos
del entorno Dominicano. Esto lo llevó a hacer pronunciamientos contra nuestro
país, pidiéndole más sacrificios. Si él hubiera sabido la verdad que no le
contaron, mejor hubiera compadecido a la República Dominicana. Sin embargo, a
pesar de este lamentable error, hemos de comprender que el Papa fue algo más
que eso. Este jerarca de la Iglesia Católica fue un hombre de una gran
dimensión humana con virtudes y valores al servicio de quienes no tienen voz
que los defienda. Y ese fue el afán en su apostolado.
Su labor apostólica no fue solo en pro de quienes
profesan la fe católica, sino de la humanidad sufriente. El Papa Francisco
rehusó privilegios en el Vaticano, prefirió lo humilde, lo sencillo. Aunque el
mundo, en sentido general, no está por conducirse de ese modo, reconoció que
este pontífice tenía valores esenciales para la convivencia humana. Y así lo
recordarán, aunque no sigan sus ideales y lineamientos apostólicos. La
humanidad, ya se sabe, no está en imitar ningún modelo que engrandezca el
alma, y procure la salvación de la humanidad, pues esto le llevaría a revisar a
profundidad su modelo de vida, sus prioridades, y la jerarquización de sus
valores.
A la muerte del Papa Francisco le siguió, casi de
inmediato, la de otro hombre grande, aunque portador de otra forma de
espiritualidad, el exmandatario de Uruguay, José Mujica, quien además de legislador,
fue por cinco años (1910-1915) presidente de su país. Su llegada al gobierno
uruguayo estuvo precedida de una larga historia de participación política, con
militancia en organizaciones de izquierda, como Tupamaros. Es la suya una
historia de resistencia. Como revolucionario, fue combatiente del régimen de su
país, una dictadura. Así conoció, en carne propia, los rigores de la cárcel y
las torturas.
No era un hombre religioso, pero su sensibilidad
humana y social, lo retratan como un hombre de Dios, un humanista que predicó
por una vida sin rencores, ni resentimientos. Mujica dio cátedra de cómo se
puede vivir alejado de la ostentación, prefiriendo lo humilde, y
reflexionando sobre ello. Al igual que el Papa Francisco, mostró mucha
preocupación por la juventud y su porvenir. Por eso esta población se congregó,
cada vez que pudo, para escucharlo como quien está frente a un verdadero
maestro. Su visita a universidades, frente a grupo de jóvenes y personas de
todas las edades, fueron bien recibidas. En estos escenarios, a casa llena,
siempre dejó los mejores comentarios y reflexiones.
Persiguiendo las huellas de sus discursos en
conferencias y los encuentros, pude contactar aquel río de sapiencia. Siempre
exponía, como un gran pensador, una serie de propuestas sociales y políticas de
mucha elevación. Era un sabio, un erudito que sentía la obligación de
socializar sus pensamientos. Llamaba curiosamente la atención el hecho de ver
su preocupación constante por la problemática del suicidio, especialmente en la
juventud. A pocas personas, incluidas las que trabajan e investigan la salud
mental, se le ha visto tanta sensibilidad frente al suicidio. Solo él sabía el
motivo por el cual en todos sus discursos estaba la angustia frente a una de
las muertes más tristes y violentas.
Más allá de sus cinco años de gobierno en Uruguay,
del tiempo que ha pasado, de lo más que se hablará y de seguro se recordará de
Mujica, será: su credo en el valor del perdón, la humildad y el desapego
de lo material, el tema de la juventud, y su vida era sobria y austera. Según
referencias, su mismo sueldo presidencial lo compartía con las necesidades
comunitarias. El mundo, las sociedades y todos los países, necesitan un cambio
de mentalidad y de práctica de vida que se asemeje a ese modo personalizado en
Mujica. Pero, hasta ahora, de la admiración no pasa, pues la sociedad de
consumo es la que sigue pesando y determinando el modo de ser y de pensar
colectivo.
José Mujica visitó a República Dominicana en el
año 2016, ocasión en la que se reunió con varios sectores, incluidos jóvenes de
diferentes universidades, como lo fue la Universidad Autónoma de Santo Domingo,
academia de la que recibió el título de Doctor Honoris Causa. En
todos los lugares dejó una estela de paz, de sensibilidad humana, de cercanía,
decencia, y de sentimientos que desentonan con la cultura actual. Reverenciemos
por siempre estos dos hombres de Dios que engrandecieron la raza humana:
el Papa Francisco y José Mujica.


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