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    viernes, 19 de junio de 2026

    El Papa Francisco y José Mujica


    Actualidad Nacional | Melania Emeterio Rondón

     


    El Papa Francisco y José Mujica

     

    En la actualidad, República Dominicana vive una espiral de violencia que, lejos de disminuir, va de más en más. El país es víctima de un asalto, no solo de la violencia social, que es estacionaria, sino, de violencia individual, policial, familiar, y de vecindario. Todo esto produce un cerco de temor, inseguridad, confusión, y sobresalto. Pero la necesidad de sobrevivencia, en este caso, obliga a tomar un respiro. Es oportuno recordar otros hechos humanos que nos traigan paz, sabiduría, y formas distintas de encarar la vida con perspectivas armoniosas. Luego, volver a la realidad. Pensando en esta necesidad, vinieron a mi memoria las figuras de dos hombres grandes: Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, de nacionalidad argentina, y el expresidente de Uruguay, José Mujica. Ambos murieron en el 2025, pero ninguno pasó por el mundo desapercibido.

     

    “Los ejemplos valen más que las palabras”, es una afirmación a la que se suele acudir con frecuencia para emular a quienes, en estrecha coherencia con su credo, pasan de la palabra a los hechos, virtud que acompañó a estos dos personajes. Ambos salieron de este plano terrenal, pero viven en la memoria colectiva, y ojalá sea por mucho tiempo. El sacerdote Francisco tuvo el honor de ser el primer Papa latinoamericano, y como tal dejó su impronta. El líder católico falleció el 21 de abril del 2025, y Mujica, el uruguayo, el 13 de mayo 2025. Ellos captaron tanta simpatía, respeto y admiración que fueron muchos los países y personalidades que lamentaron su partida. Seguramente que, pasado el tiempo, se apele a ellos buscando fuentes dignas, y referentes de elevación moral desde la justicia social y humana.

     

    El Papa Francisco pasará a la historia y quedará en la memoria como un religioso que perseveró en su vocación,  y que en virtud de esto, realizó meritorios esfuerzos por la paz, por quienes sufren los rigores de las guerras, por las víctimas de abusos sexuales cometidos por algunos sacerdotes. Los esfuerzos apostólicos que hizo por los condenados al hambre y la pobreza. Predicó la compasión hacia los migrantes y desplazados por las guerras. Fue un Papa cercano. No tuvo reservas para acercarse a grupos considerados marginados o excluidos. Su lucha no fue fácil, pues hubo reacciones, pero el esfuerzo y la constancia, siempre lo acompañaron.

     

    La preocupación Papal, por la migración haitiana en República Dominicana, fue tal que, que sin tener precisadas las informaciones históricas, culturales y económicas del país, y de la abusiva situación confrontada con la excesiva migración o invasión haitiana, no fue objetivo. Se confió en las distorsiones de algunos sacerdotes jesuitas, pro-haitianos del entorno Dominicano. Esto lo llevó a hacer pronunciamientos contra nuestro país, pidiéndole más sacrificios. Si él hubiera sabido la verdad que no le contaron, mejor hubiera compadecido a la República Dominicana. Sin embargo, a pesar de este lamentable error, hemos de comprender que el Papa fue algo más que eso. Este jerarca de la Iglesia Católica fue un hombre de una gran dimensión humana con virtudes y valores al servicio de quienes no tienen voz que los defienda. Y ese fue el afán en su apostolado.

     

    Su labor apostólica no fue solo en pro de quienes profesan la fe católica, sino de la humanidad sufriente. El Papa Francisco rehusó privilegios en el Vaticano, prefirió lo humilde, lo sencillo. Aunque el mundo, en sentido general, no está por conducirse de ese modo, reconoció que este pontífice tenía valores esenciales para la convivencia humana. Y así lo recordarán, aunque no sigan sus ideales y lineamientos apostólicos. La humanidad, ya se sabe, no está en imitar ningún modelo que engrandezca el alma, y procure la salvación de la humanidad, pues esto le llevaría a revisar a profundidad su modelo de vida, sus prioridades, y la jerarquización de sus valores.

     

    A la muerte del Papa Francisco le siguió, casi de inmediato, la de otro hombre grande, aunque portador de otra forma de espiritualidad, el exmandatario de Uruguay, José Mujica, quien además de legislador, fue por cinco años (1910-1915) presidente de su país. Su llegada al gobierno uruguayo estuvo precedida de una larga historia de participación política, con militancia en organizaciones de izquierda, como Tupamaros. Es la suya una historia de resistencia. Como revolucionario, fue combatiente del régimen de su país, una dictadura. Así conoció, en carne propia, los rigores de la cárcel y las torturas.

     

    No era un hombre religioso, pero su sensibilidad humana y social, lo retratan como un hombre de Dios, un humanista que predicó por una vida sin rencores, ni resentimientos. Mujica dio cátedra de cómo se puede vivir alejado de la ostentación, prefiriendo lo humilde, y reflexionando sobre ello. Al igual que el Papa Francisco, mostró mucha preocupación por la juventud y su porvenir. Por eso esta población se congregó, cada vez que pudo,  para escucharlo como quien está frente a un verdadero maestro. Su visita a universidades, frente a grupo de jóvenes y personas de todas las edades, fueron bien recibidas. En estos escenarios, a casa llena, siempre dejó los mejores comentarios y reflexiones.

     

    Persiguiendo las huellas de sus discursos en conferencias y los encuentros, pude contactar aquel río de sapiencia. Siempre exponía, como un gran pensador, una serie de propuestas sociales y políticas de mucha elevación. Era un sabio, un erudito que sentía la obligación de socializar sus pensamientos. Llamaba curiosamente la atención el hecho de ver su preocupación constante por la problemática del suicidio, especialmente en la juventud. A pocas personas, incluidas las que trabajan e investigan la salud mental, se le ha visto tanta sensibilidad frente al suicidio. Solo él sabía el motivo por el cual en todos sus discursos estaba la angustia frente a una de las muertes más tristes y violentas.

     

    Más allá de sus cinco años de gobierno en Uruguay, del tiempo que ha pasado, de lo más que se hablará y de seguro se recordará de Mujica, será: su  credo en el valor del perdón, la humildad y el desapego de lo material, el tema de la juventud, y su vida era sobria y austera. Según referencias, su mismo sueldo presidencial lo compartía con las necesidades comunitarias. El mundo, las sociedades y todos los países, necesitan un cambio de mentalidad y de práctica de vida que se asemeje a ese modo personalizado en Mujica. Pero, hasta ahora, de la admiración no pasa, pues la sociedad de consumo es la que sigue pesando y determinando el modo de ser y de pensar colectivo.

     

    José Mujica visitó a República Dominicana en el año 2016, ocasión en la que se reunió con varios sectores, incluidos jóvenes de diferentes universidades, como lo fue la Universidad Autónoma de Santo Domingo, academia de la que recibió el título de Doctor Honoris Causa. En todos los lugares dejó una estela de paz, de sensibilidad humana, de cercanía, decencia, y de sentimientos que desentonan con la cultura actual. Reverenciemos por siempre estos dos hombres de Dios que engrandecieron la raza humana: el Papa Francisco y José Mujica.







     

     

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