Testigos de la Fe | Paulo Teixeira
Un santo es un héroe en la fe, es decir, alguien que
se esforzó en cumplir la voluntad de Dios, por eso cultivar la devoción por
alguno sí tiene sentido
La santidad no es algo que nazca ya hecho, colgado en
un oratorio. Es, ante todo, una construcción que comienza en medio del pueblo,
en medio de las necesidades, y termina en el silencio de las salas de mármol
del Vaticano que proclama al santo. Y cuando eso sucede, la gente comienza a cultivar la devoción por él o
ella, pero ¿tiene sentido?
Se oye decir que el santo ya nace con un brillo
diferente, que desde la cuna ya obraba prodigios. Pero la verdad es que el
santo es un «producto» de la fe y del tiempo. El pueblo, en su sabiduría, va
esculpiendo la imagen de aquel que puede velar por él.
Es lo que los estudiosos llaman «retroproyección»: la
gente ve al adulto virtuoso y enseguida imagina que ya era un santito en el
vientre de su madre. Así fue con personajes bíblicos como Isaac y Samuel. En
Brasil, personas como Nhá Chica y el padre Vitor, negros de Minas Gerais, ya
empiezan a ser descritos como iluminados desde la infancia. Es el pueblo
queriendo que su héroe sea perfecto de principio a fin.
La persona santa
Pero se equivoca quien cree que para subir al altar
basta con el clamor del pueblo. Hay un camino lleno de obstáculos, una
burocracia que la Iglesia denomina «Derecho Canónico«. Es la ley de la
casa, la norma que organiza la vida de
fe. Sin ella, la devoción sería un laberinto sin fin.
Fíjese en el caso de Fray Galvão, el primer santo
nacido en tierras brasileñas. ¡Su proceso duró casi cien años! Fueron cuatro
intentos, tribunales abiertos y cerrados, papeles que iban y venían. Para la
Iglesia, no basta con que el pueblo diga que es santo; hay que demostrar las
«virtudes heroicas».
Son las tres teologales —fe, esperanza y caridad— y
las cuatro cardinales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza—. Es un
examen minucioso, como si se pasara la vida del sujeto por un tamiz fino.
Y está la prueba de fuego: el milagro. Para el devoto,
un santo que no hace milagros es como una lluvia que no moja la tierra. En el
catolicismo popular, el santo es el mediador, aquel que tiene contacto con el
Creador para resolver la sequía, la enfermedad o la falta de dinero.
Santos, justo al lado
El Papa Francisco decía algo que nos hace reflexionar:
que la santidad no necesita alarde ni milagros que salgan en portada. Habla de
los «santos de al lado», esa gente corriente que se enfrenta al cansancio del
día a día, a los éxitos y a los fracasos, pero que no pierde la ternura.
Al fin y al cabo, el santo es aquel que nos representa
en lo que queremos ser. La gente tiene un santo preferido para cada necesidad.
Por eso, el sentido real de cultivar la devoción por un santo en especial es
que se trata de un ser humano transfigurado, alguien que ha gastado la suela de
sus zapatos en el mismo suelo que nosotros, pero que ha aprendido a caminar
mirando las estrellas.
Y así, de promesa en promesa, de proceso en proceso,
el mundo va poblando el cielo con sus mejores hijos.
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