Actualidad Nacional | Martín Rodríguez Amiama
80 aniversario del peor terremoto que
ha impactado a la RD
Aquella tragedia continúa enviándonos
un mensaje
El 4 de agosto de 1946, a las 12:51 de la tarde, la
República Dominicana sufrió el peor terremoto y tsunami de su historia. Con una
magnitud estimada entre 7.8 y 8.1, el movimiento telúrico devastó la región
noreste y provocó olas gigantescas.
No era un domingo cualquiera, en la ciudad de Santo
Domingo oprimida por la férrea dictadura que controlaba hasta los más
recónditos pensamientos, se celebraba el 450 aniversario de su fundación. Era
festivo, las personas compartían y festejaban tranquilamente por todos lados,
por igual en todas las provincias la vida seguía su curso cotidiano, la gente,
muy ajena a lo que estaba por suceder cuando de repente el tiempo se detuvo, el
suelo comenzó a rugir con una fuerza jamás experimentada por los dominicanos.
Un mortífero terremoto de magnitud 8.1 sacudía con
fuerzas los cimientos de la isla con la potencia de 1000 bombas atómicas de
Hiroshima que durante casi un minuto convertía la celebración en un episodio de
terror colectivo. Ese día, hace ya ocho décadas, la República Dominicana vivió
la mayor tragedia sísmica de su historia: un terremoto seguido por un
devastador tsunami que transformó para siempre el paisaje y la vida de miles de
familias.
Solo el ciclón San Zenón había provocado una pérdida
de vidas comparable.
Aquella tarde transcurría con aparente normalidad. Mi
madre tenía apenas doce años.
Se encontraba en casa junto a sus hermanos cuando un
estruendo profundo, como si la tierra se estuviera desgarrando desde sus
entrañas, interrumpió la tranquilidad de la tarde. El piso comenzó a sacudirse
violentamente. Los muebles se desplazaban, las paredes crujían y el tendido
eléctrico frente a la vivienda se convirtió en una trampa mortal.
Sus padres intentaron sacar a los niños, pero los
postes se inclinaban peligrosamente de un lado a otro, casi tocándose entre sí.
Esperaron el instante preciso. Contaron hasta tres y, en medio del vaivén de
los cables, cruzaron corriendo la calle buscando un lugar seguro. Décadas
después, aquel recuerdo sigue tan vivo como si hubiera ocurrido el día
anterior.
Mientras tanto, en la entonces comuna de Julia
Trujillo, hoy Nagua, otro episodio revelaba el lado más humano de la tragedia.
Mi tío abuelo Hernán Cabral, medio hermano de mi
abuela Belén y primer alcalde del hoy Juzgado de Paz de la comunidad,
comprendió que algo extraordinario estaba por suceder cuando observó que el mar
comenzaba a retirarse. Aquella imagen, desconcertante para muchos, era el
anuncio silencioso de una ola gigantesca.
Sin vacilar, ordenó abrir las puertas de la cárcel
para que los presos pudieran salvar sus vidas.
La decisión pudo haberle costado caro, pero eligió
salvar personas antes que custodiar barrotes.
Lo extraordinario ocurrió después: terminada la
tragedia, todos los privados de libertad regresaron voluntariamente para
continuar cumpliendo sus condenas. No hizo falta perseguirlos. Años más tarde,
la ciudad reconocería la calidad humana de Hernán Cabral dando su nombre a una
de sus calles, recordándolo también como educador y filántropo.
El terremoto de aquella tarde no fue un evento
aislado.
La naturaleza volvería a estremecerse cuatro días
después con otro gran sismo de 7.6. Entre ambos terremotos se produjeron miles
de movimientos posteriores, conocidos por los especialistas como aftershocks,
una larga secuencia que mantuvo en vilo a toda la población.
Las cifras oficiales nunca lograron reflejar la
verdadera dimensión del desastre.
Se estima que más de dos mil personas perdieron la
vida, aunque jamás se conoció el número exacto. Como ocurrió con otros
acontecimientos durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, las
estadísticas fueron reducidas y controladas por el régimen.
Durante muchos años se creyó que el epicentro del
primer terremoto se encontraba en tierra firme, cerca de Samaná.
Investigaciones posteriores demostraron que realmente se ubicó en el mar, al
noreste de Miches, una explicación mucho más coherente con el enorme tsunami
que se generó inmediatamente después.
Las olas del Tsunami alcanzaron picos por encima de
los cinco metros en la franja comprendida entre Cabrera y El Limón, y un máximo
de ocho metros en Playa Boca Nueva penetrando cientos de metros tierra adentro.
Sin embargo, las cifras nunca cuentan toda la
historia.
Los verdaderos relatos sobreviven en la memoria de
quienes estuvieron allí.
Don Francis me contó con los ojos aguados, recordaba
que siendo apenas un niño vio cómo el mar comenzaba a retirarse mientras miles
de peces quedaban varados y brincando donde antes hubo agua. Corrió a avisarle a su
madre. Nadie le creyó.


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