Actualidad Nacional | Leonor Asilis
Celebrando la Restauración de
la República Dominicana
Cada 16 de agosto, nuestro país se detiene para
recordar uno de los momentos más gloriosos de su historia: la Restauración de
nuestra Independencia.
Se podría decir que resuena con fuerza en
nuestros corazones el eco vivo de un pueblo que, en 1863, se negó a vivir bajo
la anexión española y decidió recuperar su soberanía con sangre, con sacrificio
y con mucha fe.
Con estas líneas pretendo que esta nueva
celebración se convierta en un llamado profundo al amor de nuestra patria y a
nuestro compromiso, y me refiero al personal, al tuyo y al mío desde el lugar
exacto donde nos encontremos para poder así fortalecerla y engrandecerla no
sólo con propósitos y palabras sino con acciones concretas en favor de la
nación, siempre a la luz de los valores cristianos que han forjado nuestro
espíritu nacional.
Recordemos que la Guerra de la Restauración no
fue un accidente histórico sino la respuesta de un pueblo que ya había conocido
la libertad y no estaba dispuesto a renunciar a ella. Vemos como después de la
anexión a España en 1861, impulsada por quienes creyeron ver en la corona una
solución a los problemas internos, el descontento creció rápidamente teniendo
su génesis en Capotillo el 16 de agosto de 1863, desde donde se extendió
como fuego por todo el territorio. Evocamos a Gregorio Luperón, Santiago
Rodríguez, Benito Monción y tantos héroes anónimos que defendieron la patria
hasta con la vida.
La Restauración nos enseña que la independencia
es un don conquistado traducido en libertad. Hoy, más de un siglo y medio
después, los desafíos son distintos, pero la necesidad del compromiso es la
misma. Hoy son otros flagelos que nos afectan. No pienso detallarlos porque
todos los conocemos. Es preferible sumarnos a la proactividad y preguntarnos ¿desde
dónde puedo contribuir a fortalecer y engrandecer esta tierra que nos vio
nacer?
Desde ese espacio concreto donde Dios nos ha
colocado podemos construir o destruir la patria. Un padre y una madre que
educan a sus hijos en la fe cristiana, el respeto, la honestidad y el amor al
trabajo ya están restaurando la nación. Un maestro que enseña no solo
matemáticas o historia, sino dignidad y responsabilidad cívica sobre todo con
su ejemplo está formando ciudadanos capaces de defender lo que es nuestro. Un
empresario que genera empleos dignos, un agricultor que cuida la tierra, un
médico que atiende con vocación, un policía que sirve con integridad: todos
ellos, desde su trinchera, son verdaderamente restauradores.
Nuestro compromiso tiene un fundamento espiritual
importante que no podemos ignorar. La República Dominicana es una nación de
profundas raíces cristianas. Desde los tiempos de la evangelización hasta los
días de la Restauración, la fe ha sido faro y consuelo. Muchos de los héroes de
1863-1865 lucharon no solo por la independencia política, sino por la
posibilidad de vivir según su conciencia y su creencia. Los valores cristianos
—la dignidad de la persona, la justicia, la solidaridad, el perdón, la esperanza—
no son adornos opcionales de nuestra identidad; son el cimiento sobre el cual
se puede edificar una sociedad verdaderamente libre y próspera.
Cuando Jesús enseña que debemos amar al prójimo
como a nosotros mismos, está señalando el camino para el amor a la patria.
Porque la patria no es solo un terreno; es mucho más que eso, es nuestra gente,
es nuestro pueblo. Es nuestro compañero de trabajo, el niño que juega en la
esquina, el anciano que espera atención en el hospital etc... Amar a la patria
es amar a cada uno, y trabajar por ellos. Es rechazar lo mal hecho en nuestras
instituciones. Es practicar la honestidad aunque, nadie nos vea. Es rechazar la
violencia y promover la paz.
La celebración de la Restauración debe, por
tanto, convertirse en un examen de conciencia personal y colectivo.
Debemos preguntarnos si estamos usando nuestro radio de acción para fortalecer
o para debilitar. ¿Estamos educando a las nuevas generaciones en el orgullo de
ser dominicanos, o mejor dicho estamos siendo irresponsables en no educarles en
valores y advertirles e incentivarles a no caer en los antivalores que
promueven ciertos medios? ¿Estamos cultivando la unidad nacional por encima de
las diferencias políticas, regionales o sociales, o alimentamos divisiones que
solo benefician a quienes desean ver a la República dividida?
Los valores cristianos nos ofrecen un antídoto
poderoso contra la desesperanza. La fe nos recuerda que ningún esfuerzo por el
bien es inútil. Que la cruz, símbolo de sacrificio y victoria, nos invita a no
rendirnos ante las dificultades. Los restauradores de 1863 no esperaron
condiciones perfectas para actuar; actuaron en medio de la adversidad porque
creían que la libertad valía la pena. Hoy, en medio de nuestros propios
desafíos, estamos llamados a la misma determinación.
Desde el campo y la ciudad, desde el norte y el
sur, desde el este y el oeste, cada dominicano tiene una misión. El joven que
estudia con disciplina está preparándose para servir mejor a su país. El
profesional que ejerce su carrera con ética está levantando el prestigio de la
nación. El servidor público que resiste la tentación de la corrupción está
defendiendo el bien común. El artista que canta, pinta o escribe sobre nuestra
historia y nuestras esperanzas está fortaleciendo el alma colectiva. El creyente
que ora por su país y vive su fe con coherencia está invocando la protección
divina sobre esta tierra.
La Restauración nos legó una lección esencial: la
soberanía se gana y se mantiene con el esfuerzo de todos. No hay héroes
suficientes si el pueblo permanece pasivo. No hay gobierno capaz de transformar
la realidad si los ciudadanos no asumimos nuestra cuota de responsabilidad. Por
eso, el verdadero homenaje a los próceres de la Restauración no es solo
recordar sus nombres, sino imitar su espíritu de entrega. Es decidir, cada
mañana, que desde nuestro radio de acción vamos a contribuir a que la República
Dominicana sea más justa, más próspera, más unida y más fiel a los valores que
la han sostenido a lo largo de su historia.
Que esta celebración no sea solo un día de
fiesta, sino el inicio renovado de un compromiso permanente. Que cada
dominicano, al mirar la bandera ondear el 16 de agosto, sienta no solo orgullo,
sino responsabilidad. Que surja la pregunta en nuestro interior: ¿qué puedo
hacer yo, desde donde estoy, para fortalecer y engrandecer esta patria? Y que
la respuesta no quede en palabras, sino se traduzca en hechos concretos de
honestidad, servicio, solidaridad y fe.
Porque la patria no se construye solo en los
grandes momentos históricos. Se construye todos los días, en los pequeños actos
de quienes aman de verdad. Y porque, como nos recuerda la fe en Cristo nuestro
Señor, el amor verdadero se demuestra con obras. Que el espíritu de la
Restauración viva en nosotros. Que nuestro amor a la patria no sea solo un
sentimiento, sino una decisión cotidiana. Y que, desde cada radio de acción,
contribuyamos a que la República Dominicana sea cada día más digna de los
sacrificios de quienes la liberaron y de la esperanza de quienes aún no han
nacido.
Solo así podremos decir, con legítimo orgullo y
profunda responsabilidad, que somos dignos herederos de la Independencia y de
la Restauración y constructores activos de una nación más fuerte, más justa y
más fiel a su vocación cristiana y patriótica.
¡Que Dios bendiga a nuestra República Dominicana!


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