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    sábado, 19 de diciembre de 2020

    Renovar la esperanza cristiana

    Adviento | Andrea Safier



    Renovar la esperanza cristiana


    Jesús era el Mesías esperado. Pero la gente de su tiempo -desgraciadamente también la gente religiosa que debía reconocerlo- no tuvieron la sabiduría para acogerlo y seguirlo. Peor aún, lo criticaron, rechazaron, persiguieron y finalmente murió clavado en la cruz. Eso nos dice que las prácticas religiosas sin la profundidad de la fe en el Señor, no son suficientes para que, al decir: ¡Señor, Señor!, nos estemos dirigiendo al Hijo de Dios que fue igual a nosotros en todo, menos en el pecado.


    El tiempo de adviento es una invitación a orientar nuestras vidas según la propuesta de Jesús para seguirle, hacerlo presente en nuestra realidad y asumir la misión que encomendó a su Iglesia, a favor del Reino de Dios, que es una opción por la vida, el amor, la verdad, la justicia. Es cierto que mucha gente al principio se entusiasmó con Jesús. Pero no era suficiente el momento de la emoción, de verle como un gran hombre o un profeta. El entusiasmo inicial -como cuando hacemos un retiro, una experiencia de conversión- tiene que dar paso a la presencia de Jesús en nuestras vidas, para que haya efectivamente un cambio de mentalidad y de corazón.


    Jesús vivió a profundidad el amor, pues se sentía amado del Padre y así amaba la humanidad concreta de los necesitados, rechazados y estigmatizados como pecadores


    Tenemos la ventaja, en el seguimiento de Jesús, que él fue igual a nosotros, nació en las condiciones que nace la mayoría de la humanidad, fue rechazado por el poder que intentó temprano matarlo. José lo tomó con su madre, María y se lo llevó a Egipto. El hijo de Dios fue un migrante amenazado. Siendo humano como nosotros, menos en el pecado, Jesús se dedicó a realizar su misión y en ella se fue dando cuenta de la oposición creciente del mal a su proyecto humanizador.


    Jesús tuvo expectativas mientras cumplí la voluntad del Padre, se conmovió ante tanta gente que andaba como oveja sin pastor; experimentó momentos de alegría y tristeza; se alegró y agradeció al Padre por revelar sus planes a la gente sencilla y humilde de corazón. Podemos decir que nunca perdió la esperanza, lo cual requiere también paciencia y comprensión ante lo realidad que no es todavía como se desea.


    Sabemos por los evangelios que atravesó las situaciones humanas donde tenía que discernir si hacía su propia voluntad o la del Padre. En las tentaciones se podía inclinar a ser Mesías desde el poder, el éxito y la religión maravillosa. Pero como eso estaba al margen del modo como se encarnó, asumiendo como suyo todo lo nuestro, mantuvo la esperanza en el proyecto del Padre a pesar de las dificultades del camino. Jesús vivió a profundidad el amor, pues se sentía amado del Padre y así amaba la humanidad concreta de los necesitados, rechazados y estigmatizados como pecadores; su fe se manifestó como una confianza plena en su Padre y así como confió en su comunidad de discípulos.


    Jesús fue un hombre de esperanza firme, actuante; una esperanza que hace caminar, confiar, construir. Esa esperanza tiene que ser visible en nosotros y el tiempo de Adviento nos hace aquilatarla, revisar su profundidad y renovarla, especialmente en los tiempos difíciles que estamos atravesando.

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